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Un cuento de Ariel Urquiza (Argentina)

Compartimos el cuento “Perro fiel, perro muerto”, de Ariel Urquiza que forma parte del libro «No hay risas en el cielo», texto que ganó el premio Casa de las Américas en 2016 y fue publicado por Corregidor.
Un cuento de Ariel Urquiza (Argentina)

  Ariel Urquiza nació en Tres Arroyos, Argentina, en 1972. Estudió Periodismo y Traductorado de Inglés. En 2013, su novela Ya pueden encender las luces fue finalista del III Premio Eugenio Cambaceres organizando por la Biblioteca Nacional. Ha publicado cuentos en diversas antologías y periódicos. Con No hay risas en el cielo ganó el premio Casa de las Américas 2016 en la categoría cuento, y fue publicado por Corregidor el mismo año.


  Cuando entré me miraron como si fuera un fantasma, los hijoeputas. Sacaron sus pistolas y me apuntaron. ¿Qué tú no estabas muerto?, dijo uno. Muerta la que tienes entre las piernas, le dije, y me agarraron entre dos y me limpiaron los mocos contra la pared. Entonces les dije: tranquilos, compas, vean que no estoy armado, pero no me creyeron hasta que me requisaron de arriba abajo.
  ¿Qué buscas, Vaqueiro?, me dijo el Gorila Montero, un bato bien derecho, mis respetos. Soy hombre incondicional del Señor, le digo, busco hablar con él. ¿Dónde está el hombre?, a tu edad deberías estar en la escuela, me dijo otro, uno al que le dicen el Colmillo. Lo que tenía para aprender, ya hace tiempo me lo enseñó tu madre, le grité al muy pendejo. Hizo que no me escuchó. Tonio, mira quién está acá, decía el Colmillo llamando a otro, y me señalaba con una Browning. Nadie podía creer que fuera yo, seguro que ya me habían mandado hacer un pijama de madera.
  Lo que pasó fue que antier salimos seis hombres en una Hummer del Señor, dizque íbamos a apretar a unos que no querían entregar la lana. Pero a poco que anduvimos, los dos que iban adelante y el Catracho, que iba atrás con nosotros, sacaron sus pistolas y nos desarmaron a Carmona, al Pollo Peralta y a mí. Nos acusaron de traidores, nos iban a ejecutar. Le quise explicar al Catracho que se habían equivocado, pero no alcancé a decir oye que me dio un putazo con el codo y me hizo tragar dos dientes. Ya me le iba encima cuando me puso la pistola en la nariz, el muy puto. Yo creía que solo a los que cambian de chaqueta se los ejecutaba, como seguro era el caso del Pollo. Recio miedo tenía ese bato, se notaba que había traicionado al Señor.
  Nos llevaron hasta un lugar en los suburbios por una carretera que cruza con la 45, nos salimos del camino y a unos cien metros nos hicieron bajar y nos pusieron de rodillas. Uno de los pinches traidores lloriqueaba, no sé si Carmona o el Pollo. Yo entonces me paré, porque así muere un hombre. ¡Arrodíllate, chingado!, me dijo el Pelón Ramírez, uno de los verdugos. Yo solo me arrodillo en la iglesia, le contesté. Pinche güey, pa qué iba a obedecerle si igual me iban a matar.
  Ahí es cuando tenía que haber visto pasar mi pinche vida en un minuto y todas esas mamadas, pero la verdad es que no pensé en nada de eso, nada más me quedé mirando el automático que cargaba Ramírez. No es que el cuerno del Catracho no tuviera lo suyo, un AK-12 ni más ni menos, pero nunca había visto un fusil como el de Ramírez, que más que para matar a tres pendejos estaba para invadir Tejas. En eso estaba pensando cuando empezaron a escupirnos con las rusas. Entonces no sé bien qué pasó. Tuf tuf tuf tuf y me fui al suelo, y ya no me acuerdo más. Fin de la película. Títulos y música triste. Cualquier parecido con la realidad es pinche coincidencia.
  Pero como en toda buena película, había una segunda parte. Me despierto. La cabeza me dolía como si me hubieran dado de chingazos con una barra de acero. Estaba todo desmadrado, me dolían hasta los huesos del pobre Carmona, que en paz descanse, hecho un colador ahí al lado mío con la cabeza abierta. Peralta también estaba bien muerto, como para no estarlo con la tremenda balacera de las rusas, no sé cómo yo sigo vivo, bendita sea la Señora de Guadalupe que me protege.
  Me toqué la cabeza y vi que tenía mucha sangre, pero enseguida realicé que no era mía, que tenía pedazos de los sesos de Carmona pegados en mi pelo. Me ardía la pierna derecha, una bala me había rozado pero ya se había cerrado la herida. Lo que sí me sangraba era el brazo izquierdo, así que me hice un torniquete con un pedazo de la Lacoste de Peralta. Al principio perdía tanta sangre que el lagarto puso cara de asco, pero ajusté más el nudo y dejó de sangrar. Y sin más cuento empecé a caminar para la carretera, y estuve dándole al pulgar hasta que desde una camioneta me dijeron ándale, sube.
  Por eso los hombres del Señor no podían creer lo que veían. Después que me revisaron en la entrada, me dejaron subir al piso del Señor, que es algo así como el paraíso en la tierra, sala a todo lujo por acá, jacuzzi de diez metros por allá, y al final, al fondo, su oficina. Me paró uno al que le dicen el Rino, un guarura con músculos hasta en las cejas. ¿Qué onda? ¿Qué haces aquí? ¿Desde cuándo andas tú de camisa y pantalón? ¿Te escapaste de tu velorio o qué? ¿Cuál es el cuete que te traes, eh? El pinche cabrón era una metralla de preguntas. Vengo en paz, amigo, le dije, si estoy aquí es porque soy buena leña, ¿no crees? Bien ya me podría haber pintado, a estas horas ya estaría en Guatemala.
  Se acercó otro musculoso. Hablaron por línea interna con el Señor. Le explicaron que uno de los hombres que había mandado a ejecutar no solo no estaba muerto, pero además quería verlo. Antes de entrar en la oficina del Señor me revisaron otra vez, los putos cabrones. Tanto me esculcaron que me quedaron los calzones encima del pantalón.
  Por lo que me contaron después, parece que cuando se enteró que ahí estaba yo queriendo verlo, el Señor se comunicó con el Catracho y le preguntó cómo había quedado el cuerpo de Vaqueiro, su humilde servidor, porque dizque mi familia se había enterado que me habían puesto a chupar gladiolos y querían hacerme un velorio. El Catracho le dijo que se me habían salido los sesos, el muy culero, que iba a ser difícil ponerme presentable. Pensándolo bien, la neta es que no mentía. El Catracho seguro había visto los sesos de Carmona desparramados encima de mi cabeza y pensó adiós Vaqueiro, pero el muy buey no se dio cuenta que era un cerebro muy grande para ser mío.
  El Señor me hizo pasar y mandó a hacerse una puñeta a los custodios, por’ el Señor no es culo, él no le tiene miedo a nada.
  Verdad que al verme entrar el Señor se quedó con el ojo cuadrado, no sé si le asombró más verme vivo o que estuviera bien vestido, sin la jersey de los Raiders, con una camisa blanca y el pantalón de traje.
  Le conté todo al Señor. Que sobreviví a la ejecución, que me recogió una camioneta y que camino a la ciudad me desmayé de tanta sangre que perdía, porque el torniquete se me había aflojado. Le conté que desperté en un hospital, ahí me extirparon la bala, y ya en la tarde de ayer, cuando estuve mejor y las enfermeras se descuidaron, pelé gallo. Le conté también que corrí por las calles hasta que caí al suelo del cansancio. Me fui hasta lo de una tía abuela que me acordé que vivía por allí, cerca de Reforma. Comí bien y dormí toda la noche. Pero esta mañana me dije que tenía que verlo a él, al Señor en persona pa explicarle que no soy un traidor, que soy más leal que un perro, que él me dio entrenamiento y ahora es mi guía. Le dije a esta abuela que me tenía que ir a trabajar y ella fue la de la idea de vestirme de tacuche, porque mi ropa parecía que la había masticado un tiburón. Me prestó el traje de un hijo que se le fue hace mucho a California.
  Cuando terminé de contarle toda la historia, el Señor se me quedó mirando.
  ¿Y cómo llegaste hasta acá?, me preguntó.
  Caminando. Caminé más de dos horas.
  ¿No te han seguido?
  No, Señor.
  ¿Y para eso vienes? ¿Para decirme que estás vivo?
  Vengo pa que se cumpla su orden, Señor. Usted mandó una orden y alguien no supo ejecutarla. Así que aquí vengo a poner mi cuerpo pa que se haga su voluntad. Aunque es cierto que les faltó poco para hacer bien el trabajo, porque me dieron aquí y aquí también, mire.
  Así que según tú dices, no eras compa de Peralta, y del otro, de Carmona.
  No, Señor, yo soy fiel, le dije, mirándolo a los ojos pa que viera que no mentía. No soy como otros que las van de lambehuevos y después hacen cualquier cabronada. Yo hago siempre lo que usted me mande, sin ponerme a hacer cálculos.
  No hay perro más fiel que perro muerto, dijo el Señor y sacó un revólver del escritorio y me apuntó. A esto viniste, ¿verdad?, me dijo. Terminemos de una vez.
  Yo ni pestañeé. No tenía un gramo de miedo. Desde bien chico andaba en la calle haciendo fintas a las balas. Antes de los quince ya le había arrancado el cuero a tres o cuatro. No temo a la muerte, confío en mi suerte, nada me pervierte, aunque ya no despierte, el peligro me divierte, soy fuerte y luchador, confío en el Señor, no soy un traidor, él sabe mejor, no tengo rencor, demostrar valor y morir con honor, sin temor y sin dolor.
  Miraba fijo el dedo del Señor que iba queriendo afirmarse en el gatillo. Pero entonces dejó de apuntarme y hasta me ofreció el revólver.
  Tómalo. Tómalo te digo.
  Lo agarré.
  Ahora apúntame, me dijo. Apúntame, chingado, no me gusta repetir las cosas.
  Le apunté al Señor con mano firme. Puede que alguna voz en el fondo de mi cabeza me haya dicho «este es el hijoeputa que mandó a matarte», pero si es así, era la voz del demonio.
  ¿Me dispararías?, me preguntó.
  No, Señor.
  ¿Y por qué no?
  Como ya le dije, siempre le he sido fiel y lo seguiré siendo, así viva hasta hoy o muchos años.
  Bien. Entonces vamos a tener que encontrar una chamba para el 38, porque tanto acariciarle el gatillo, se quedó cachondo. ¿Cómo lo ves a Márquez?
  ¿A quién?
  A Márquez, hombre, el hondureño.
  Disculpe, Señor, no sabía que se llamaba así el Catracho, le dije, ya pensando en la jeta que pondría el muy culo cuando me viera aparecer y apuntarle con el cuete cromado que me había dado el Señor.
  ¿Te encargarías de él?
  Si usted me lo ordena, claro que sí.
  No sé si serías capaz, Vaqueiro. Sería una lástima que cuando ya tenía pensado dispensarte la vida me fallaras.
  Descuide, no le voy a fallar.
  Ok. Mira, está en el garaje, revisando el motor de la Escalade. Baja y salúdalo de mi parte, ya no le tengo confianza. Encima se cree mecánico. Ahora que lo pienso, mejor ve rápido antes de que termine de madrearme la camioneta. Yo me encargo de que tengas vía libre. Tú ve directo a lo tuyo, no le andes platicando. Mira que el Catracho tiene una automática muy celosa y tú solo tienes un revólver.
  Una bala me sobra, Señor. Ese mojón a mí me viene guango.
  Bajé entonces a buscarlo con el pecho inflado de la alegría que tenía. Ni siquiera me puse a pensar que nunca había disparado un revólver, que siempre usé pistolas y fusiles de asalto, pero nunca un pinche revólver. No me importaba nada de eso, estaba más que contento por haber recuperado la confianza del Señor. El Señor está conmigo, pensaba, nada me puede pasar.
 

  Cuando le avisaron que Lucas Vaqueiro quería verlo nuevamente y que tenía un arma y la camisa roja de sangre, ordenó que lo hicieran pasar, con el revólver también, sí. Que sí, cabrones, que el revólver se lo di yo.
  —Disculpe, Señor. No tenía con qué limpiarlo –le dijo.
  Vaqueiro, dejando el revólver ensangrentado sobre el escritorio.
  —Vaqueiro, esta es un arma de fuego, y se llama así porque se usa para hacer fuego, no para martillar.
  —Es que no tenía balas, Señor.
  —¿No? Qué raro, me habré olvidado de cargarlo.
  —Ni modo, no se preocupe. Ya le dije yo que para matar a ese Catracho una bala me sobraba. Apreté el gatillo varias veces y como el fierro no chillaba, antes que él sacara la pistola le partí la culata en la cabeza. Así y todo me hizo agitar, pinche cabrón. Estos catrachos tienen la cabeza que parece barro cocido. Y hablando de barro, vi que la Escalade está muy sucia. ¿Qué le parece, Señor, si se la lavo?


No hay risas en el cielo
Urquiza, Ariel
Corregidor (2016)
Páginas: 160
UYU 560

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