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Dos cuentos de Leo Maslíah

Compartimos dos cuentos del último libro de Leo Maslíah, «Literatura con vallas. 52 Cuentos, un tratado, un test y un alegato», publicado recientemente por Criatura Editora.
Dos cuentos de Leo Maslíah

Leo Maslíah nació en 1954 en Montevideo. Estudió música, y, a partir de 1978, desarrolló una intensa actividad como autor e intérprete de música popular, presentándose en muchos países de América y Europa.
También es compositor e intérprete de música del género llamado «culto». Editó más de cuarenta trabajos discográficos (canciones o música instrumental).
Publicó también cerca de cuarenta libros, entre los que se cuentan novelas, recopilaciones de cuentos y obras de teatro.
Con Criatura Editora, ha publicado varios títulos. Litearatura con vallas. 52 cuentos, un tratado, un test y un alegato es su último libro, bajo este sello, publicado hace muy poquito tiempo.


 

LITERATURA CON VALLAS

 

El ómnibus se detuvo en el kilómetro doscientos once. Marisa bajó y el chofer también, para entregarle su equipaje. Cuando el ómnibus retomó su marcha Marisa empezó a caminar. Eran parajes de tierras rojizas. Ignoro por qué tenían este color; en verdad no sé nada de geología.

Marisa caminó un par de kilómetros y se sentó a descansar sobre su equipaje. Ignoro si hacía calor o frío porque no sé nada de meteorología (además yo no estaba allí). Marisa quería levantarse y seguir su camino, pero tenía dolores en la pelvis. Nada puedo decir, por desgracia, sobre el origen de estos dolores, porque carezco de los más elementales conocimientos de ginecología.

Marisa hizo acopio de fuerzas y se levantó. Para orientarse mejor sacó de su bolso unos binoculares (o quizá fuera un catalejo; no sé nada sobre instrumentos ópticos) y echó una ojeada a los confines de su visibilidad. Avistó una figura humana, mosqueando en el horizonte. Caminó hacia ella. La figura caminaba a su vez hacia Marisa. Esto es lo que creo, aunque no me respalda en ello ningún conocimiento de geometría.

Unos minutos después la figura se hizo reconocible para Marisa. Era un hombre. Andaba casi desnudo y estaba peinado y maquillado con arreglo a las normas vigentes en el grupo humano, tribu, clan o a lo que fuera que él pertenecía. No quiero dar detalles sobre esto por miedo a meter la pata, ya que no sé absolutamente nada de antropología.

Cuando lo tuvo cerca, Marisa sacó su cámara fotográfica. Creo que se puso a regular el fotómetro, y no sé cuántas cosas más. Marisa era una excelente fotógrafa, pero yo no solamente no lo soy sino que no tengo la más puta idea de cómo se saca una foto. Parece que aquel hombre tampoco la tenía, porque cuando vio el artefacto se asustó. Se acercó a Marisa y le arrancó la cámara de las manos. No conforme con esto, le arrancó también la ropa y —ya con más delicadeza— se sacó él mismo la poca que traía puesta.

Entonces ocurrió algo que me veo incapacitado de describir, quizá por falta de experiencia personal en la materia. No sé nada sobre sexo, y creo que por ahí corría el asunto. (Perdón si en algún momento me expreso de forma confusa o incorrecta; es que no sé nada de gramática.) En verdad la única disciplina que domino es la literatura. Sinceramente, creo que sé más que nadie en esta materia. Pero ya no puedo escribir más, lo siento. Mi falta de formación en otras disciplinas me lo impide, interponiéndose constantemente entre mi pluma y mis lectores. Esta traba merecería de mi parte, sin duda, un profundo estudio, pero yo no lo puedo hacer porque no sé nada de epistemología.

Sólo me queda entonces decir adiós, y gracias (no sé si corresponde despedirme así; perdón, pero es que no sé nada sobre modales).

 


 

VENENO

 

Los invitados van llegando poco a poco a la fiesta. Señoras muy elegantes, señoritas refulgentes, caballeros de traje o de ropa sport, y todos lucen prendas que reflejan en gran medida las principales corrientes de la moda en Francia, Italia, Estados Unidos, Libia, Irán y Chile. Se forman grupos de tres, cuatro o más personas, que conversan amablemente sobre temas que también reflejan los principales problemas que ocupan el pensamiento del hombre contemporáneo en aquellos países y, en general, en todo el globo. Se escuchan citas de Foucault, Chomsky, Pinochet y otros. En la cocina, un ejército de cocteleros trabaja a toda máquina. Los mozos ajustan sus moñitas, cargan sus bandejas y empiezan su ronda por el salón. Uno de ellos se acerca a un animado grupo de mujeres y hombres que conversan frente a un cuadro de García Márquez.

—¿Veneno, señorita? ¿Veneno, señor? —dice, ofreciendo las copas que lleva en la bandeja.

Algunos se sirven. Otros dicen  «después, gracias». Los que se sirvieron toman un sorbo y fallecen de inmediato, cayendo inertes. Los demás continúan enfrascados en sus conversaciones, las cuales se van viendo privadas de los invalorables aportes de quienes prefieren retirarse de circulación mediante el contacto con el líquido letal. Algunos mozos, como van teniendo trabajo a medida que la gente muere, dejan de servir y se dedican a retirar los cuerpos fríos del salón.

—¿Veneno, señor? ¿Veneno, señora?

—Sí, por favor —contestan los pocos que van quedando, y están apenas mojándose los labios cuando ya son violentamente transferidos al más allá.

Cuando todo termina, los cocteleros y los mozos se sacan su ropa de trabajo y se aprontan para irse. Uno de ellos, antes de hacerlo, no puede contener su curiosidad y prueba un poquito de veneno. Otro, que lo mira, le pregunta:  «¿Y? ¿Qué tal está? ¿Está rico?». Pero él no contesta. El otro resta importancia al asunto y se va.

El salón queda muerto, como todos los que yacen envenenados en el piso. Sin embargo al rato empiezan a revivir y a levantarse. Pero por desgracia un segundo efecto del veneno, retroactivo, los tumba nuevamente y ya no se levantan más. Al menos por un tiempo, creo.

 


Literatura con vallas. 52 Cuentos, un tratado, un test y un alegato
Maslíah, Leo
Criatura Editora (2017)
Páginas: 200
UYU 420

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