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Tres capítulos de «Estanque», de Claire-Louise Bennett

Presentamos tres fragmentos de este híbrido, «Estanque», que roza el límite entre la novela y los relatos, de la escritora británica Claire-Louise Bennett, publicado en 2016 por Eterna Cadencia.
Foto: Conor White

Claire-Louise Bennett vive en Irlanda y, según sus propias palabras, como el clima no es muy bueno allí, resulta un lugar perfecto para escribir. Estanque es su primer libro y fue publicado en inglés en el 2015, y traducido al español por Laura Wittner, en el 2016, a través de la editorial Eterna Cadencia. Ha escrito algunos textos breves, y ensayos, sobre una serie de temas que incluyen compositores electrónicos de posguerra, pinturas de naturalezas muertas y danza contemporánea. Los textos han sido publicados en diversas revistas como The New York Times, Harper’s, Frieze Masters y The White Review.

 


 

A UN DIOS DESCONOCIDO



Una hoja entró por la ventana y cayó directamente al agua por entre mis rodillas cuando estaba sentada en la bañera mirando hacia afuera. Era una ventana plenamente cuadrada y la tenía completamente abierta, con el vidrio bajado y hacia atrás, contra la pared. Estaba ahí, a la misma altura que el borde de la bañera – no tenía que estirarme ni inclinarme; era casi como estar en la conífera que continuaba hacia arriba, qué alto. Había una tormenta, una vieja tormenta, dando vueltas por la montaña, visitando otra vez las montañas después de quién sabe cuánto tiempo, tratando de llegar a alguna parte, yendo a ninguna parte.
Y al principio fue nada, solo una tormenta, nada original, nada que no hubiera oído antes. Me dediqué por un rato a mis cosas hasta que me di cuenta de que tenía que desconectar los cables y así se apagaron las luces sobre todas esas pequeñas cuestiones a las que intento prestarles atención y no me importó demasiado porque las cuestiones eran sencillas y ya estaban redactadas y al mismo tiempo estaban más allá de mis posibilidades en ese momento. Realmente no tenía mucha importancia. Me metí en el agua que esperaba ya hacía tiempo, con la temperatura aflojando, y entonces tuve la idea de abrir bien la ventana, lo que hice sin ninguna dificultad a pesar del aspecto rígido del gancho.
Y así, desde donde estaba, era posible, en realidad inevitable, escuchar cómo la tormenta daba vueltas y vueltas, y supe que era una antigua que había regresado – parecía saber exactamente dónde estaba y había tanta intimidad en su movimiento y en el sonido que hacía a medida que avanzaba y daba vueltas y vueltas. Sí, pensé, conoces estas montañas y las montañas también están familiarizadas contigo. No – no era furia, no era simplemente furia – de hecho no oí ningún elemento de enojo. Lo ruidosa que era y sin embargo tan frágil, parando y recomenzando durante un largo rato – no sabía dónde comenzar, pero de ningún modo estaba frenética, en absoluto. Moví una red de espuma por las raíces de mi pelo y me sumergí en el cuerpo de la tormenta; conocí su estruc-tura, vi sus ojos, sentí su pasado y empaticé con su ruego. Tenía estilo, era experimentada; y volvía, y volvía a volver.
Dando vueltas y vueltas, tratando de llegar a alguna parte, yendo a ninguna parte. Y aunque la montaña no hacía nada la montaña no era inmune a la tormenta y de hecho te-mía su retirada y deseaba que siempre volviera, y volviera a volver. Después se acercó todavía más y la lluvia entró obli-cua a través de la ventana bien abierta y entonces me hundí todavía más en el agua turbia y blanquecina y sostuve bien en alto mi libro. La tormenta continuó hacia el crepúsculo y yo me paré en bata delante de la gran ventana sostenien-do con las dos manos una taza con su platito. Sabía exacta-mente lo que estaba pasando. Reconecté las lámparas y por fin me enfrenté a la hilera de vestidos que colgaban con tan buena voluntad a lo largo del biombo japonés.

 


 

HACE DOS SEMANAS

 

Sube por camino de atrás, sosteniendo sombrero, lo que él llama un canotier, ve primero un caballo luego otro. Sigue caminando. Trepa portón, salta, aterriza torcido. El corazón es enorme. El lago cautiva una nube de lluvia que se suelta.

Piensa en anochecer, cercos de ligustro y una biblioteca que cae hacia adelante. Desea algo. Levanta dobladillo del barro. Cae forro deshilachado, se engancha en una espina, lágrimas. Nube de lluvia se derrama a cántaros en el lago.

Baja por camino de atrás, sosteniendo sombrero, lo que ella llama un gondolero, ve antes el segundo caballo. Blanco. Un caballo blanco de pie, mira para acá, después se da vuelta. Mientras tanto dio a luz. Sangre fresca baja por patas traseras, cordón cuelga. Un potrillo negro resbala ahí cerca, frente diminuta abre pálida estrella tibia. El corazón se extiende; el cordón se balancea.

Se saca el sombrero y susurra algo. Vuelve a susurrar algo. Mira atrás, envidia el diluvio, se mete entre los pastos altos. Deja pasar una camioneta.

 


 

SALTEADO



Acabo de tirar mi cena a la basura. Supe mientras la preparaba que iba a hacerlo,
   así que le puse todo lo que no quiero volver a ver nunca.

 

***

Estanque
Claire-Louise Bennett
Eterna Cadencia (2016)
Páginas: 160
UYU 660

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