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La imaginación desafiada

Robar es un arte: sobre las «Obras» de Édouard Levé

Quinientos treinta y tres proyectos son los recogidos por Édouard Levé en la publicación Obras. Francisco Álvez Francese nos habla del escritor francés y sus obras artísticas, que nacen de la imaginación y la palabra para materializarse en la mente del lector.

Robar es un arte: sobre las «Obras» de Édouard Levé

Ed le cuenta su amigo Bruno de la vez que completó el test de personalidad que hacen los cienciólogos, intrigado por sus famosas doscientas preguntas. Al terminar, recuerda el amigo, el encargado de hacer la entrevista le explicó a Ed que, según sus resultados, sufría de muchos problemas psicológicos y relacionales y que debía empezar una cura espiritual cuanto antes, tras lo cual le pidió un cheque por un monto inmenso.

Tras revelar que no tenía intenciones en unirse al culto, Ed recibe insultos del cienciólogo, que lo sigue hasta la calle a los gritos, amenazándolo, pero Ed lleva consigo el cuestionario, «una mezcla de marketing, psicologismo barato y desarrollo personal a la manera anglosajona, todo mal traducido del inglés americano». Para Ed, un artista todavía desconocido al que le faltaban años para convertirse en Édouard Levé, el cuestionario era en sí mismo un ready-made literario.

A continuación (al menos en Les forçats, libro publicado hace unos meses que Bruno Gibert escribió en memoria de su amigo, que se suicidó en 2007), Ed está leyendo un texto nacido de ese cuestionario, de sus respuestas, todo armado en torno a un «yo» que se define y se esconde a la vez. Una noche, cuenta Gibert, un amigo en común, Tom, le reclama a Ed haberle robado la idea, a lo que este responde (¿citando al conde de Lautréamont o a Marcel Duchamp?) que las ideas le pertenecen a todo el mundo y, sobre todo, a aquellos que las saben explotar y le explica que él tiene un cuaderno lleno que está pronto a poner a disposición de todos.

Œuvres, publicado años después, en 2002, parece ser una de las formas de ese cuaderno y comienza con una adorable paradoja. La primera oración, en efecto, postula la idea de un libro que describa las obras pensadas por el autor que no ha realizado. Si el volumen que estamos leyendo es esa precisa colección, entonces estamos ante una obra que desde el principio se rebela contra sí misma, realizándose.

Pintor autodidacta, Édouard Levé (Neuilly-sur-Seine, 1965) expuso por primera vez en 1992 y al tiempo destruyó su carrera, quemó sus cuadros y se dedicó a la fotografía. Siempre regidas por un concepto claro, sus series establecen un juego entre las palabras y las imágenes, como lo hará en la serie Angoisse (2002), una serie de fotos de los pueblos con ese nombre (Angustia) que hay por toda Francia. En el mismo camino, aunque la ejecución sea distinta, se pueden pensar sus obras literarias, de las que Obras es no sólo el primer exponente, sino también el más representativo.

En la senda trazada por el grupo Oulipo, pero también por el conceptualismo de la neoavanguardia, Levé arma un catálogo, por decirlo de algún modo, sin referente material. Aunque luego llevará a cabo algunos de los proyectos, el poder de esta pieza inicial reside en todo lo no visto, en todo lo que el lector debe poner de sí para que el arte suceda. Como Borges con sus prólogos y reseñas de libros que no existían, Levé juega con lo ausente y, a la vez, con el poder creador de las palabras.

En un estilo que se parece en cierta medida a las instrucciones que impregnan el clásico de Yoko Ono, Grapefruit (1964), y que dialoga fuertemente con la obra de George Perec, Levé se permite crear con libertad absoluta, a la vez que reescribe las historias del arte y establece líneas de unión con la tradición. El proyecto 481, por ejemplo, hace de algún modo eco (aunque en una versión más moderada) de un hito del arte del siglo XX, cuando en 1953 Robert Rauschenberg borró un dibujo de Willem de Kooning. Refiere, en efecto, a «una serie de cuadros, destruidos después de haber sido copiados» de los que «no restan sino las réplicas, expuestas en lugar de los originales»; otros, que parecen hacer guiños a obras como el impersonal Diario de Andy Warhol, también establecen conexiones curiosas con las redes sociales, como el 224, que describe a un hombre que vive durante una semana siguiendo indicaciones y consigna «en un estilo neutro» sus acciones; por momentos, además, Levé alcanza un lirismo casi surrealista, como en su casa-pecera, sus enfermedades imaginarias o en el proyecto 104, que describe «el haz de una linterna» que «dibuja el perfil de un hombre». De este modo, cuando más copia, cuando más deliberadamente anti-original es, cuando menos crea, más se acerca Levé a algo que se parece a la verdad. El libro, por eso, es una invitación, un desafío a la imaginación, la idea pura suelta a su propia felicidad, sin realización, sin nudos, liberada.

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