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Leé un fragmento de «Nadie está muerto mucho tiempo» de Sebastián Miguez Conde

Compartimos los dos primeros capítulos del libro Nadie está muerta mucho tiempo (Criatura Editora, 2019), la primera novela de Sebastián Miguez Conde: un viaje de Montevideo a Buenos Aires que desemboca en los ambientes más sórdidos y personajes olvidados de la Ciudad de la Furia. 

Leé un fragmento de «Nadie está muerto mucho tiempo» de Sebastián Miguez Conde

Sebastián Miguez Conde (Montevideo, 1979). En el 2012 su cuento «Las mujeres del diablo» fue parte de la antología del Centro Cultural de España Entintalo. En el mismo año, el relato «Ángel del Claustro» fue reconocido en un concurso de Casa de los Escritores del Uruguay. «Un corazón latiendo en un puño» fue publicado en Cuentos de poder: Antología de cuento hispanoamericano (México, 2015). Su cuento «El gallinero» (Buenos Aires, 2014) fue editado en formato de libro ilustrado para niños.
En 2015 obtuvo una mención en el concurso literario Juan Carlos Onetti por la colección de cuentos que dio origen a su primer libro La raíz de la furia (Criatura editora, 2016). En 2018 recibió el Segundo Premio del Ministerio de Educación y Cultura en Obra Inédita por Los fantasmas de la Cerrazón, que es una versión primaria de Nadie está muerto mucho tiempo, su primera novela.


1

Estaciono frente al asilo. No puedo despegar las manos del volante. Buenos Aires hierve en verano. Es 2 de enero. Llovizna apenas. Me tiemblan los brazos, los labios, las piernas, la mirada; el alma me tiembla, los pies que no despegué de los pedales. Siento el corazón palpitando en los oídos. Estoy sordo. Me aturde mi respiración pesada, lenta, aterrorizada. Quiero irme, largar todo a la mierda, arrancar el auto y perderme entre el tránsito.

Tardé once días en encontrar a mi amigo. El único que tuve en la vida, el más antiguo, el más querido. Estoy acá, él está cerca, es todo cuestión de levantarme y entrar a buscarlo, pero no me dan los huevos para salir del auto.

Se ve a los viejos en el jardín. Las columnas griegas hacen que la casona colonial despida un aire de distinción que contrasta con lo decadente del resto del cuadro: algunos perros flacos y despelucados olisqueando, la mierda de las palomas en el suelo y las paredes, y la humedad implacable que creció desde el pasto, ajando la piel de la mansión hasta dejar expuesta su carne aladrillada.

La regenta me mira desde lejos, parada al lado de una de las columnas. Pasa una a una las cuentas de un rosario de madera que le hace juego con el color de la camisa de manga larga y la pollera de pana que llega hasta el suelo. Sé que no es una monja aunque lo parece. Me la imagino enferma de calor. Es una imagen anacrónica escapada de una postal religiosa. Ella también está aterrorizada. Los ojos desmesuradamente grandes no se despegan de mi auto. Parece una lechuza vigilando el nido. Entiende el peligro. Yo también lo entiendo.

Respiro profundo, me seco el sudor de la frente y salgo. Voy hacia la puerta con la determinación de un caballo de carreras. Algunos enfermeros me ven llegar y se esconden para evitar problemas, otros corren a buscar sus cosas y escaparse antes de que pase lo inevitable, o tal vez se apuran a llamar a los milicos. La no monja se me para en frente y la ignoro. Ella es inteligente y se mueve de mi camino un segundo antes de que la atropelle.

Paso rápido por la estancia entre los viejos que caminan errantes, como fantasmas confundidos. Llego al parque trasero. Hay algunos árboles, yuyos altos, desprolijos. Al final del paisaje, lo que parecen piedras enormes y erguidas que tumoran en silencio me miran como ídolos. Voy hasta las piedras, casi corriendo. La no monja me sigue como puede.

—Váyase —ruega aferrada al rosario—. Señor, usted sabe, no puede entrar acá, los muchachos están llamando a la policía. Váyase, hágame el favor, señor. —Se le nota el miedo en la voz.

No le contesto. Soy absolutamente consciente de que las cosas se van a complicar de un momento para otro. Sé que podría recibir un tiro desde cualquiera de las ventanas de la casa.

La adrenalina me inflama los músculos. Llego a la última parte del parque. Los contornos de las piedras enormes que se veían de lejos empiezan a tomar forma. Son esculturas de cemento. La no monja me alcanza cuando estoy parado frente a un portón de lanzas, herrumbrado y viejo, que separa el campo desprolijo del jardín de estatuas. El metal grita cuando lo muevo y una manada de mariposas brujas estalla en una nube gris dejando al descubierto el rojo enfurecido de las flores que lo cubren todo.

Me detengo un momento en medio de las esculturas a recuperar el aire. La mujer no se anima a entrar al jardín. Queda sosteniéndose con una mano del portón de lanzas destrozado y con la otra, del rosario al que está aferrada como a un remordimiento. Váyase, por favor, repite casi sin voz. Al final del jardín, escondido entre arbustos altísimos, una especie de galpón con las ventanas tapiadas con cemento.

Casi dos semanas buscando a Adrián. Los pulmones me arden de miedo. La adrenalina se diluye en un respiro y me invade un cansancio que pesa el tiempo que llevo sin verlo.

El terror tiene tanta fuerza que me obliga a arrepentirme de haber ido a buscarlo. El reloj empieza a caminar más lento. Me ahoga la densidad del aire. Tengo que sentarme en el suelo porque las rodillas se me volvieron de algodón. Me apago, cada vez más sordo y agotado. La mujer dice algo desde su refugio en el portón de lanzas, pero yo no la escucho, ni la miro. No quiero escuchar, ni ver nada, me quiero ir.


2

22 de diciembre

Decido buscar a Adrián. Es de madrugada, voy manejando por la Ruta Interbalnearia hacia Montevideo.

Hay pocas cosas más intensas que la ruta en las noches sin luna. Es una intensidad peligrosa, traicionera. Las líneas blancas intermitentes son hipnóticas, invitan a los pensamientos más enterrados a escalar desde el pecho a la parte de atrás de la cabeza, abriéndose paso en silenciosa ferocidad con sus uñas duras y mugrientas. Por suerte esta noche hay luciérnagas.

El timbre del teléfono celular interrumpe un despiadado impulso suicida del que apenas soy consciente. Estaba distraído. Traía la mirada aplastada por esa desesperación sorda que me genera ese sentimiento de tedio eterno que tan bien conozco. Empecé a subir la velocidad de a poco. Sin darme cuenta estaba atravesando la negrura a ciento cincuenta kilómetros por hora. Me imagino desviándome a propósito de la ruta e incrustando el auto contra un árbol. Me veo a mí mismo destrozado entre los fierros retorcidos. Pienso con regocijo en cómo me vuela el cráneo en el choque, reventando al monstruo que se esconde ahí, el que ha convertido mi vida en una perpetua tarde de domingo.

La imagen de mi osamenta destrozada estalla cuando suena el teléfono celular con la madre de Adrián esperando del otro lado.

La madre de Adrián se llama Malena, como la que canta el tango. Malena tiene la voz cascada de las personas que lloran mucho y luego quedan afónicas. Como si llorar les lijara la garganta. Ella está sentada en la mesa del comedor con la baraja de adivinar extendida sobre el mantel, casi tan a oscuras como yo. Apenas un par de velas prendidas de su lado, y la luz blanca del celular en la oreja del mío. Estaciono a un lado de la ruta para recibir la llamada en paz. Estoy sudando mucho.

Me dice que está preocupada. Hace casi un año que no tenemos noticias de mi amigo. La última vez que se había comunicado con alguien de su familia había sido el 31 de diciembre del año anterior. Malena me está llamando para decirme que se le apareció mi nombre entre los dibujos de su baraja de adivinar.

Le pregunto si tomó los medicamentos. Ella miente que sí. Adrián es un desprolijo y ya ha desparecido antes. Sigue siendo un adolescente pese a que ya cumplió treinta y nueve años.

—Duerma tranquila. No deje de tomar los medicamentos que sus hijos se enojan, y no llame a esta hora que es tarde.

—Disculpame, Mateo.

—No pasa nada, Malena, cuídese.

Y corto. Loca de mierda.

Después de que la luz del teléfono se apaga, me quedo estacionado. Dejo los picapica prendidos. Las luciérnagas se acercan hasta la ventanilla. Miro la guantera. Desde adentro palpita un manojo frío de hojas de afeitar. Hace días que siento el hongo de la tristeza creciéndome desde la raíz de los huesos. Ese hongo que vive escondido en algún lugar de mi cerebro. Desde ahí coloniza todo. Casi nunca me corto fuera de mi casa. Pero esa vez no aguanto la fiereza del monstruo.

Me saco la camisa del lado izquierdo del cuerpo para dejar el brazo al descubierto. Mis ojos se encuentran con los de mi reflejo que me mira acusante en la penumbra desde el espejo retrovisor.

Hace poco que cumplí también treinta y nueve años. Estoy arruinado, me siento arruinado. Mi cuerpo sufre como el de un hombre de sesenta. Perdí casi todo el pelo excepto por una mata canosa que me pollerea a los costados de la cabeza. Sé que parece sucio, gris. No puedo evitarlo. En algún momento fui un hombre musculoso y grande, pero ese hombre ha decaído hasta convertirse en ese tipo fofo y casi pelado que me observa triste desde el espejo retrovisor.

Toco una de las hojas de afeitar con la yema de los dedos. Siento el frío del metal. La boca inundada de saliva. Los cortes no matan al hongo. Pero por lo menos enfocan el tormento en un lugar específico. Por las aberturas frescas dreno la desesperación. Encuentro a oscuras un lugar entre las cicatrices viejas y me dibujo una herida. Entonces toda mi atención, toda la pena, la desesperanza, el miedo, todo queda resumido en los pinchazos, latiendo en el corte. Por un rato, estoy salvado.

Abro la guantera esta vez para buscar vendas. Veo la foto. Ya no se imprimen fotos, esa es una reliquia. Hace más de un año que la llevo conmigo. En la foto estamos Adrián y yo. Tendríamos trece o catorce años. Me la dio él la última vez que nos vimos.

Fue en diciembre del año anterior. Entró al estudio y pasó al lado de la recepcionista, una muchachita de unos veinte años, linda, seria y eficientemente peinada. Él le guiñó un ojo. Ella sonrió. Todas le sonreían, siempre.

Yo había contratado hacía poco un gerente que me ayudara a manejar el estudio. Enseguida me di cuenta de que me robaba plata. Pero no me daban ni la nafta ni las ganas para echarlo. El gerente era de la altura de Adrián, uno setenta y tres o setenta y cuatro, con los pelos despeinados a propósito. Un pelotudito de esos que se creen vivos.

Siempre me ponía contento cuando Adrián caía en la oficina. Lo saludé con un beso. El gerente entró (sin golpear) y le extendió la mano:

—Y, ¿usted es… ? —le preguntó a Adrián. Mi amigo sabía que el gerente me robaba, yo se lo había contado. El tipo se portaba como si él fuera mi jefe y no al revés.

—¿Y a vos qué te importa? —Y enseguida ignoró al muchacho, que quedó parado sin saber qué cara poner—. Teo, tengo que hablar con vos.

—¿Pasó algo?

—Nada, que me voy unos días. —Entonces se acercó al gerente tanto que lo podía haber besado en la boca y, mirándolo a los ojos, dijo—: ¿Vos no ves que esto es una conversación privada? ¿Qué mierda hacés que no te fuiste todavía?

—Si necesitan algo, yo estoy acá al lado —alcanzó a balbucear.

—¿Seguís acá?

El gerente pidió disculpas con la voz entrecortada y salió.

—Teo, puse toda mi plata en la cuenta del banco, vos y yo somos los únicos autorizados a mover esa guita. Yo voy a volver en unos días. ¿Te puedo avisar si le falta algo a Daniel y vos lo ayudás a que se haga con esa plata? —Sacó un papel de la billetera y me lo dio—. Acá están la cuenta y el banco.

—Sí, boludo. Por supuesto que sí. Pero contame qué pasó.

—Nada, que me voy por temas de laburo. ¿Me das un abrazo?

Asentí y me abrazó con fuerza. Escondió la nariz en el cuenco de mi cuello y desde ahí suspiró. Los empleados miraban desde sus cubículos.

—No te vayas —le pedí en secreto.

—Vuelvo pronto —mintió.

Cuando salió me di cuenta de que el número de cuenta estaba anotado en una foto de nosotros a los trece o catorce años. La que sostengo frente a mí ahora, un año después, estacionado al borde de la Ruta Interbalnearia. En la imagen estábamos sentados en algún lugar con respaldo alto, un ómnibus tal vez. Yo lo abrazaba mientras charlaba con alguien, Adrián miraba a la cámara y se mordía el labio inferior como diciendo qué pesado. Casi escucho las risas saliendo de la foto.

Un par de autos me despabilan. Limpio el corte, me vendo y arranco otra vez. Es importante que evite pensar en nada que me haga mal. Me distraigo tratando de recordar escenas de películas, jugadas de fútbol, canciones. Pero un pensamiento cruel se me cuela implacable por una comisura de la mente.

En el recuerdo estamos nosotros dos con diecinueve años en una pieza de quilombo en Minas. Siento el aroma de las sábanas mil veces usadas. El perfume barato de la puta mezclado con el de su transpiración cansada, la luz que se insinuaba en la habitación oscura desde el baño por la puerta entreabierta. Es una imagen brutalmente dolorosa. Me sacudo ese pensamiento a la fuerza negando con la cabeza. El pantallazo me embarulla lo suficiente como para que el auto se me desvíe un poco hacia el medio de la ruta. Me encandilan las luces de un ómnibus que venía en sentido contrario.

El bocinazo del otro conductor me saca del letargo con el tiempo justo de volver a mi carril. Me aprieto la herida que me hice hace unos minutos, necesito volver a centralizar el dolor.

Es entonces cuando decido viajar a Buenos Aires a buscar a Adrián. Pienso encontrarlo y cagarlo a golpes y a puteadas, y volverme a Montevideo. Insultarlo por hijo de puta, por desaparecerse un año sin tener la decencia de decirnos adiós.

Manejo en silencio, con la mirada perdida en las líneas blancas de la ruta, en la noche. Entonces, otra vez el tedio, el hongo, la herida palpitando, la rabia sorda, las ganas de matarme, y la luminosidad imposible de las luciérnagas.

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