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Leé un fragmento de «El mar desde la orilla» de Alicia Migdal

Compartimos las primeras páginas de El mar desde la orilla, un compendio de recuerdos de la escritora uruguaya Alicia Migdal que transitan las relaciones familiares, la mirada desde la infancia, el paso del tiempo y hasta la muerte, desde una intensidad poética que la caracteriza. Publicado por Criatura Editora.

Leé un fragmento de «El mar desde la orilla» de Alicia Migdal

Alicia Migdal es escritora, traductora, profesora de Literatura y crítica de cine. Trabajó en las editoriales Arca y Biblioteca Ayacucho y, como periodista cultural, en diferentes medios de Montevideo. Publicó el libro de prosa poética Mascarones en 1981 y el poemario Historias de cuerpos en 1986. A La casa de enfrente (1988) le siguieron Historia quieta (1993), que ganó el Premio Bartolomé Hidalgo y se tradujo al francés, y Muchachas de verano en días de marzo (1999). En 2010 recibió el Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Educación y Cultura por En un idioma extranjero (2008), que reunía sus últimas tres obras y una inédita, Abstracto


El desconocido esperaba en el pasillo, arriba, donde termina la escalera. Estaba de pie en el umbral, como en los miedos. Me acerqué y me levantó en vilo con su cuchillo, en una intimidad inesperada. No podía ver su cara, pero seguía mirando su familiar silueta. Había quedado una copa en la mesa del jardín, y llovía sobre la copa. Y aquí estoy, ahora, como si pudiera hablar. Como si se pudiera hablar y ser comprendida, y no ser la apestada. El heautontimorumenos.

Yo, obligada a los espacios pequeños, desarrollé la habilidad, a veces la trampa, de mirar fijo hacia adentro, mirar fijo hacia donde no están las cosas. Hablar, quiero hacerlo con muy poca gente, pero no sé quiénes son. Yo miro todo lo que puedo; a veces no puedo sostener la mirada sobre los otros y me pierdo de mí al retirarla de ellos. Y tengo la voz enronquecida de tanto no hablar. Es entonces que acerco mi cara al celular y hablo. Pregunto allí cuál es la dosis cotidiana de palabras que hay que emitir para no perder la voz. Si hay una medida. Cuánto debería hablar una persona, por día, de manera concentrada, o no, para que la voz se sostenga. Sin embargo, hubo veces en que acerqué gozosamente mi boca al micrófono. Escuché el aire que se condensaba y envolvía mi cara. Había personas frente a mí, a veces en la oscuridad de una sala. Probaba el sonido; levantaba el papel escrito y leía hacia la oscuridad o hacia el inasible conjunto. Cada palabra, el ritmo de una a otra, su autonomía entre el micrófono y mi garganta, entre el micrófono y la penumbra, hacía entonces que el texto saliera de mi cuerpo.

Cuando la gente está sola y no espera, o cree que no espera, los sueños en la noche o cerca de la hora de despertar son sueños de sosiego equívoco, escenas que no pueden sumarse al día, pasajes por casas y calles que no se encuentran en ninguna parte, solo allí, en el sueño autor de representaciones, que en su teatro sobre el viento armado, sombras suele vestir de bulto bello. Pero como la costumbre de soñar de noche no depende de los soñantes, y las apariencias parecen completar, con su sustancia, algunas ausencias de lo diurno y de lo largo, esos sueños son sosiego y son equivocación y, como las hojas de los árboles, no pueden separarse sin destruir la noción de follaje.

Sola por Buenos Aires, a los catorce años, en una confitería de Corrientes y San Martín, por los mismos meses en que Eichmann era juzgado y estaba a punto de ser ahorcado en Jerusalén después de su existencia clandestina en el Sur de Borges y de Perón. (Faltaba mucho para que yo leyera lo siguiente: se sabe que a los judíos les estaba prohibido escrutar el futuro. La Torá y la plegaria los instruían, en cambio, en la rememoración. Esto los liberaba del encantamiento del futuro). Sentada en la confitería con un libro, como si yo fuera mi madre antes de mí, cuando ella paseaba por Buenos Aires con sus primos y después nos contaba, con esa habilidad que tenía, años después nos permitía imaginar ese relato mínimo, ella con sus trajecitos y su juventud con primos hermosos en esa ciudad clásica (en el recuerdo es clásica, el pasado siempre es clásico, persistente, entero, igual a sí mismo). Yo en esa confitería, entonces, el vertiginoso olor de la nafta de esa ciudad invadiendo mi vida, una chiquilina seria con un libro, observando a la gente en esa confitería clásica de Buenos Aires, como si ya fuera yo, una futura yo que se pensaba a sí misma en esa libertad suave y pequeña, estar sola unas horas en una ciudad demasiado grande y en un Centro demasiado lejano de mi casa, adonde había que llegar por tren, por subte, por colectivo, lo que volvía más lejano y libre mi futuro en la confitería, con un libro, observando la vida de los otros en la que yo no estaba incluida. (Uno de aquellos días me trastornó un caballo atropellado en plena calle en plena ciudad). Era joven y tenía esa sensación de pasado, de que había algo atrás, incrustado, para pensar en él. Me gustaba el pasado. Era algo que me rodeaba. No sabría describir su contenido, lo que yo creía entonces que era el pasado. Probablemente estuviera relacionado con la idea o la certidumbre de la dimensión del tiempo, del tiempo en realidad, sin más, eso del tiempo, lo que se vive y lo que se sabe sin necesidad de saberlo. Era esa asimetría tal vez la que creaba en mí la sensación de tener un pasado, de ser yo por eso. Muchos años después iba a decir que había tenido madre, esa madre, pero no iba a recordar cómo era la sensación de haber tenido madre, de manera natural e incuestionable. No iba a recordar muy bien cómo era eso. Iba a recordarme en la tierra donde ahorcaron a Eichmann (no tantos años antes, apenas veinticinco), pintándome los labios de rojo intenso y sintiendo vivamente mi cuerpo en el calor imposible que pujaba del desierto, con mi madre muerta a unas pocas cuadras, en el cementerio calcinante. Vivimos amodorrados unos años. Estábamos dormidos, pero no lo sabíamos. The very music of the name has gone.

Pero ahora pienso que debería echarme en el suelo, detrás del mostrador en el almacén de la esquina, mientras el dueño, su padre, el hijo, el mozo, trabajan, cocinan y venden los alimentos y las bebidas, y los hombres y mujeres del bar miran los partidos de fútbol. O pedirle al matrimonio de la casona de a la vuelta, los que abren el garaje todos los días para vender sus antigüedades, que me dejen pasar las tardes del fin de semana con ellos, solamente sentada en su living tomando un té. No sería necesario hablar ni contarnos nada para explicar mi presencia, las cosas existentes en el garaje serían la justificación de nuestra reunión de desconocidos, las cosas como el broche de esmeraldas falsas de la abuela de la mujer serían en sí mismas una razón para que yo me estuviera allí, con ellos y sin ellos, con ellos como presencia material que podría asegurarme, tal vez, la persistencia de mi presencia material en este mundo que se agranda a medida que lo pienso.

Porque además ella se parece a Sylvia Plath, si Sylvia hubiera doblado sus años de vida; es alegre y tiene la despreocupación natural, cuando acepta un precio o deja reservado algún objeto, de quien ha tenido todo desde siempre y no necesita asegurarse a cada paso la fidelidad del otro; es alegre y serena, no hay angustia en la manera que tiene de venderme el broche de su abuela ni de descolgar un bronce con tulipas. Ahí, en el garaje, creía que podía hablar, aceptando el silencio de mi visita. Creía que tenía tiempo. Vivía como si lo creyera y se trataba en verdad de la pérdida del tiempo, y yo sin saberlo. Me miro ahora desde afuera y no sé lo que veo, así, en ese garaje.

A lo mejor por eso me ponía escollos por delante, por ejemplo un sillón molestando el paso, para sentir el alivio de sacarlo del camino. Ensuciaba para poder limpiar. Trataba de acordarme de no llegar a mi casa. Le pedía a mi gata que me obligara a entrar al escritorio, a la mesa, la máquina, para acompañarme a mirar con ella por esa ventana desde la que acecha a los pichones. La mayoría de la gente no se cae cuando va caminando confiada por la calle, confiada de nada, solo de su verticalidad. La mayoría no es asesinada, no sale en los informativos, no es noticia pública alcanzada por una historia; la mayoría vive. Una cicatriz en la pierna anula a la anterior. Está, pero no se ve más. Una se olvida de cómo curar heridas, como si cada una fuera la primera. El hielo, el agua con jabón, la gasa sobre la raspadura que se parece al manotón sobre la magnolia. El orden de la cura. A cero con cada lastimadura. (Una mujer quería tanto a su gata que no la dejaba morir. La gata enflaqueció, se consumió y, no obstante tanto amor o a causa de tanto amor, ella no podía dejarla ir. Me lo contaba al sol en la azotea, como suave advertencia, creo, mientras acariciaba a la mía, que era de la misma raza que aquella gata).


Migdal, Alicia. El mar desde la orilla, Montevideo: Criatura Editora, 2019, pp. 7 - 13.

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