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Leé un capítulo de «La Galaxia Góngora», de Gustavo Espinosa

Compartimos el segundo capítulo de La Galaxia Góngora, de Gustavo Espinosa (Hum, 2021), una novela híbrida en la que prosa, crítica literaria y poesía coexisten y en la que se dan cita sucesos y personajes tan dispares como el terremoto de Lisboa de 1755, el enano Morgante, Niels Bohr, un ciborg japonés del siglo XXIII y el maestro barroco Don Luis de Góngora y Argote.

Fragmento de portada de «La Galaxia Góngora», de Gustavo Espinosa (Hum, 2020)

Gustavo Espinosa nació en Treinta y Tres, Uruguay, en 1961. Es docente de literatura y colabora para varios medios uruguayos con reseñas y artículos de crítica literaria y cultural. Como poeta, obtuvo el premio Fondos Concursables 2009 / MEC para la edición de su poemario Cólico miserere (Trilce). Su primera novela, China es un frasco de fetos (H editores) fue escrita en los 80 y publicada en 2001, luego de haber sido premiada en el concurso Posdata 2000. En 2009 Casa editorial HUM publicó su novela Carlota podrida (Premio Nacional de Literatura, 2011) y en 2011 Las arañas de Marte (Premio Bartolomé Hidalgo, 2012).


Primera parte

Los viudos de Cuenca

 

Capítulo II

Viaje del Chancho Blanco a la frontera

 

Juan Rollfinke, el Chancho Blanco, terminó por fin de asegurar el tráiler. Estaba fresco. Era la madrugada del viernes 23 de abril de 1983. Después de encajar, medio a presión, una garrafa de trece kilos de gas en el baúl del Galaxie, entre la auxiliar, una colchoneta enrollada y el estuche de la guitarra de Lucía, cerró de un golpe la chapa pesada, prendió un cigarrillo y miró hacia los escombros nuevos del tambo. Parecía mentira que la llamita del bic y el ruido rabioso del incendio, que nunca había imaginado tan alto, fueran la misma cosa. Tres meses y medio atrás, cuando vio que la hoguera se levantaba hacia el cielo de enero, había sentido un orgullo culposo por haber sido capaz de haberla encendido él solo. Le volvieron a la cabeza —como pasaba todas las noches— las cosas que había visto y oído aquella vez. Estaba seguro de que nunca más iba a mirar ni escuchar nada parecido. Tampoco podía evitar el recuerdo repetido del olor único, que sin embargo, estaba compuesto por la quemazón de cosas distintas: metales, plásticos, forrajes, madera, cuero y carne viva; la memoria entreveraba el olor complicado con el ruido del terror de las vacas que disparaban sin dirección, incendiándose. Y también volvía, escondido en los mugidos del incendio, el grito chico de la mujer de Menéndez, el encargado. Ella no tenía por qué haber estado allí a aquellas horas. Aunque tal vez (era lo más probable y lo más conveniente), este grito no se había oído aquella noche; Rollfinke lo había inventado cuando ya todo estuvo hecho.

Después de tanto desvelo y tanto proyecto, escapar de Colonia y de lo que quedaba del tambo le estaba resultando algo tan difícil de empezar a hacer de verdad como el incendio mismo. Ya estaba amaneciendo. Juan sabía que a sus espaldas, mirándolo, estaba Lucía abrazada al gato, junto a la columna del porche, equilibrándose trabajosamente entre la gran barriga puntiaguda y la mochila repleta. El tambero sabía que en ese momento su hija se aplicaba a detestarlo.

“Y capaz que hace bien”, llegó a pensar, acordándose de algunas cosas que había gritado o que había hecho días atrás.

Cuando Nelda cerró la última ventana con un golpe trabajoso, para desaparecer por unos segundos y volver a asomar por la puerta, él se remangó cuidadosamente. Por fin empezaban de una vez a irse; ya no había marcha atrás. La mujer cerró la puerta y se agachó a dejar la llave debajo del felpudo. No importaba quién creía ella que iba a recoger aquella llave. Tal vez pensaba en alguien conocido, en el mismo Menéndez. O quizás calculaba que una entidad sin cara, como las que se solapaban en los sobres membretados, facturas y cedulones que se acumulaban en el buzón de lata de la portera, vendría pronto o dentro de mucho tiempo a apropiarse de todo y completar lo que se estaba iniciando. Rollfinke creía que Lucía odiaba un poco menos a Nelda que a él. Sin detenerse, la mujer dijo algo a la sombra agrandada de la muchacha, la tomó firmemente del brazo y vinieron hacia el auto. El metraje rojo del Galaxie comenzaba a definirse con más convicción que las demás cosas y colores en la luz del amanecer. Arrancaron muy rápido, y no se detuvieron para cerrar la portera. Ese gesto de abandono, llegó a pensar Juan Rollfinke, desafiaba al de su mujer: no coincidía con la llave esperando un regreso bajo el felpudo. Pero Nelda, espiada de reojo en el asiento de al lado, no se dio cuenta.

—Parece que va a estar fresco —dijo ella sin mirar atrás, cuando, trepando sin problemas el terraplén, salían del polvo del camino para tomar la carretera.

El comentario tranquilizó al marido. Parecían palabras para una situación de normalidad o, al menos, de resignación. Probablemente su mujer no había sido capaz de imaginarse nada distinto de lo poco que él le había contado. Tampoco habría podido creer las verdades reveladas por las vecinas o los parientes con los cuales todavía se trataba. No había habido mucho para explicar.

Al principio, Rollfinke había intentado:

—Quebró la tablita —había declarado el sábado anterior a las elecciones al volver del Centro Helvético, asustado, más temprano y menos borracho que de costumbre.

Pero ella no había entendido que aquella frase, con su diminutivo, pudiese anunciar algo todavía más grave que el embarazo de Lucía.

Cuando llegaron al empalme el día ya había terminado de formarse. Pese a la niebla bastante espesa, Rollfinke volanteó casi sin disminuir la velocidad al tomar la curva.

El viejo auto rojo tenía casi quince años. Había sido un coche de lujo, un capricho de tambero rico, cuando el tío Egon lo trajo del concesionario. Las chapas pesadas se sacudieron al saltar sobre el asfalto grueso de la Ruta 1.

—¡Animal! ¡Cuidado! —gritó Lucía, despertada de repente, apretándose, como a un salvavidas siniestro, al gato gordo, con peladuras de sarna gris. Eran las primeras palabras que su hija le concedía desde la última granizada de insultos y sollozos, la noche en que él le había dicho que se iban.

En verdad, Juan Rollfinke tampoco había podido entender mucho mejor que su mujer lo que había pasado aquel viernes de noviembre, o en qué parte de la realidad había ocurrido. Aunque de algún modo sabía que no debía pensar así, que hacerlo confirmaba lo que los demás decían de él, no podía dejar de imaginarse la materialidad literal de una tablita rota (un pedazo de madera frágil, una tabla de cajón de frutas) en alguna habitación del Ministerio de Economía y Finanzas. Las explicaciones de sus colegas en el Centro Helvético, de los escribanos, de sus acreedores y de sus primos, que eran también sus acreedores, nunca habían podido hacerle ver cómo era que aquella ruptura había causado que él, Juan Rollfinke, el Chancho Blanco, casi triplicara —en un santiamén, decía Nelda— la cantidad de pesos, de litros, de vacas, que venía debiendo despreocupadamente desde que se había hecho cargo del tambo. Juan no podía dejar de oír un sonido de rama seca pisada en el campo o el monte. Tal vez aquel ruido imaginario de leña quebradiza lo había convencido de que más valía prender fuego a todo.

—¿Te sentís mal, Lucita? —preguntó Nelda.

La muchacha no contestó. Por el espejo astillado, Rollfinke pudo verla acomodarse medio de costado en el ancho del asiento para continuar durmiendo, sin soltar el gato amodorrado. Su hija embarazada también era parte del infierno que parecía haber comenzado a funcionar a pleno, activado por la inimaginable ruptura de una tabla. No había habido manera de hacerla nombrar al culpable: ni la persuasión, ni el soborno, ni la paliza que hizo que ella empezara a detestar a su padre. Nelda lloriqueaba por las noches. Rollfinke, durante las brevísimas hendijas de olvido de su pánico económico, conjeturaba que tal vez un negro de los que habían venido de Rivera a trabajar en lo de Jorge Geribón, cuando no un hombre casado o —lo más probable— alguno de los hippies argentinos, amigos de la Liliana Blatt, que habían venido disparando de la guerra. Durante aquellas cavilaciones había comenzado a descubrir algo que no cesaba de enfurecerlo y persistía en llenarlo de lástima por él mismo, mientras su champión derecho hundía con rabia el pedal gastado del Galaxie: acontecimientos sin forma, invisibles y difíciles, empezaban a formarse, como tormentas, no se sabía cómo ni dónde. Y aparecían de repente, ya imparables, a arrasar con todo. No eran cuestiones horribles e inmediatas como la aftosa o la mastitis, una sequía, un tornado. Ni siquiera era una baja en el precio de los lácteos.

Cuando quebró la tablita todos se estaban preparando para aquellas elecciones que iban a ocurrir dos días después, donde no se votaba un número (el número colorado de siempre, el de su padre y su tío Egon), sino un entrevero de letras. Aquello, no se explicaba cómo, lo había puesto en medio de discusiones donde le reprocharon cosas olvidadas, borracheras de más de diez años atrás, en los tiempos de la Juventud Uruguaya de Pie, cuando había empezado a transformarse en el Chancho Blanco. Un poco antes, lo de las Malvinas solo había sido noticias en el televisor nuevo del club, cuyos rojos y azules saturados nadie sabía controlar. La guerra había sido un entretenimiento que los del Centro Helvético consideraban más serio que el fútbol. Algunas noches Juan odiaba aquellos pasatiempos de sus colegas: ellos no debían dólares, ni habían incendiado sus propios establecimientos para cobrar el seguro, ni tenían hijas preñadas.

Nelda quiso que se detuvieran en Libertad. Como él le había dicho que iban a pasar de largo por Montevideo, que no podían visitar a la hermana de ella ni a nadie, tuvo que consentir. El parador estaba inesperadamente concurrido. En la explanada, junto a la parada de ómnibus, todavía buscando el sol de otoño, esperaban una pareja de viejos, dos mujeres y varios niños, rodeados de bolsos y paquetes. Adentro, un grupo parecido al primero había juntado dos mesas. Rollfinke se fijó en una mujer de pelo muy corto, más o menos de la edad de Nelda, muy linda, con cara de cansada o triste, como de viuda nueva o de recién parida. Cuando él cruzó por la mesa, mirando sin disimulo a la mujer (el cuello largo y delgado estirándose desde un buzo enorme de gastada lana rústica con diseños indígenas), notó que los de la mesa se habían callado de golpe. Al volver del baño, mientras esperaba el agua para el mate y el regreso de Nelda y Lucía, estuvo parado junto al mostrador. Un ejemplar del Mundocolor de la noche anterior repartía su tapa entre un milico sitiado por un asedio de micrófonos y la enorme cabeza ensortijada de Venancio Ramos gritando un gol del año pasado. En la mesa solo se oía la voz de una de las viejas, insistiendo para que una niña terminara su taza de café con leche. Le pareció que la mujer del cuello largo lo vigilaba de soslayo mientras fumaba con ansiedad. Entonces trató de mirar hacia afuera. Vio un poco de su propio reflejo translúcido (más flaco de lo que se recordaba cuando no se estaba viendo, ya cansado a esa hora de la mañana) en el vidrio del ventanal; y también vio, como si estuvieran pintados o superpuestos junto a su propia imagen, los alambrados y prismas de la cárcel, del otro lado de la carretera, todavía alumbrados por reflectores entre la niebla de la mañana.

Alguna vez había oído que se podía llegar desde los accesos del oeste hasta la Ruta 8, sin necesidad de cruzar todo Montevideo. Suponía que el atajo debía ser un entrevero de empalmes a través caminos polvorientos o poceados, entre chacras o cantegriles. Pero no conocía y no se podía arriesgar a perderse y tener que preguntar. Así que había decidido pasar por la ciudad de un modo geométrico y brutal. Ese era el modo en que él sabía atravesar Montevideo. Iban a llegar al kilómetro cero, o al menos cerca; después: 8 de Octubre, camino Maldonado, Ruta 8. Y a meter pata rumbo a la frontera. En verdad, y por suerte, en Nueva Helvecia (en Valdense, en Ecilda, en Rosario) muy pocos conocían el otro costado del país. A veces, con un aire de antropólogo o de hombre de mundo, Rollfinke había contado en el Centro Helvético, o en asados o campamentos, algunas curiosidades de Vergara, aprendidas en sus vacaciones en lo del Nene Porciúncula: la carne de carpincho o el guiso de sangre de oveja, las diferentes marcas de caña blanca, algunas palabras (sagú, gomo, tongorí), las enormes llanuras inundables sembradas de arroz y —sobre todo— la Negra Bibí, una brasilera que se había enamorado de él en el quilombo El Triángulo. Lourinho le decía ella; por eso en Vergara, en aquellos años, algunos amigos le llamaban así.

—Miren que allá todo es muy distinto. Es otro mundo, van a ver —comentó, como si Nelda y su hija hubiesen estado participando de su cavilación, olvidado de repente de estar en el infierno, o aliviado por ir escapando del infierno.

—Sí, claro que es otro mundo, claro que sí. Comen sangre, matan a las pibas en los cumpleaños de quince y pagan por acostarse con cualquier negra de mierda. Por supuesto que es otro mundo. Y protegen y les dan trabajo a los pirómanos. ¿Sabés lo que es un pirómano? Es un tarado que incendia, que le prende fuego a las cosas. ¿Te suena, Chancho Blanco?

Frente al muro de la cancha de Fénix, en el que se desteñía un Naranjito deforme, blanco y lila, Juan se dio cuenta de que, al fin, después de tantos días, su hija le hablaba otra vez: volvía a insultarlo. La escuchó casi contento. Pero la rabia le volvió cuando reparó en que Lucía había dicho “piba”, y no chiquilina o gurisa. El culpable era uno de los desertores argentinos, no había dudas.

Rollfinke vio en el espejo la cara de su hija, tan parecida a él: los grandes ojos celestes, la cara blanquísima como había sido la suya cuando era niño y —aquello era genética pura— los labios demasiado colorados y gordos, tal vez obscenos. Hacer lo que tenía que hacer (estacionar y darle una paliza, abandonar en plena calle al gato inmundo) resultaba demasiado complicado en medio del tránsito. Nelda repartía miradas de horror entre un croissant de dulce de membrillo y las construcciones herrumbradas de la rambla portuaria. Como un elefante amarillo en medio de la calle, la parsimonia de un ómnibus de ucot obstruía al Galaxie. La furia de Rollfinke se desvió.

—La puta madre, qué atraso, cuándo irán a cambiar estas carretas. Acá seguimos en la época de las cavernas.

No le extrañó que su hija lo llamara Chancho Blanco, ni que conociera el drama de la muchacha asesinada por el novio cornudo durante el cumpleaños de quince en el Centro Uruguay de Vergara. Juan había contado muchas veces aquella historia. Era un cuento de pueblo escuchado al Nene Porciúncula o a alguna de sus hermanas locas durante las siestas de sus vacaciones vergarenses, bajo el parral de la casa de su condiscípulo: algo de los años cincuenta, calculaba Rollfinke. Pero él lo había detallado, durante sobremesas familiares, o mientras arrimaba brasas a un pulpón chorreante, como si hubiese estado allá, invitado al cumpleaños, bailando el vals con la finada, cinco minutos antes de la irrupción del matador. Lo grave era que Lucía supiera de la Negra Bibí. Y lo peor: lo del incendio intencional del tambo. Quién sabe dónde o de quién lo había escuchado. Desde la mañana de enero en que todo terminó de convertirse en un terremoto de ceniza gredosa, habían circulado por Nueva Helvecia y aledaños dos explicaciones o leyendas rápidas. Según la versión más desinteresada o benévola, el Chancho Blanco, desesperado por las deudas y por la chiquilina preñada, había quemado todo sin pensar en nada, en un impulso como tantos que había tenido en su juventud. En uno de aquellos arranques, imberbe todavía, había malmatado a cadenazos a un delegado sindical en Juan Lacaze por haberlo apostrofado facho. Otra vez había atravesado su propia mano izquierda con el pincho de los tickets, de un golpe sobre la mesa de la cantina, tras haber visto a Nelda bailando una lenta con Alvarito Helbling. Pero la locura momentánea es una modalidad de la inocencia; y como a nadie le gusta absolver, casi todos preferían creer y repetir que Rollfinke había calculado el incendio para cobrar un seguro fabuloso, contratado, tal vez, en los tiempos de su padre. Seguramente todo se había complicado por cuotas sin pagar, o por la mujer del peón con el 37 % del cuerpo quemado.

—El Chancho es medio loco, sí. Pero es un sinvergüenza completo —había comentado, para ser oído, el viejo Pedro Kleiber en la cooperativa, un mes después del fuego.

Rollfinke no sabía qué variación de la historia había elegido Lucía. Él mismo se confundía, después de acordarse tantas veces del mismo olor y de la misma madrugada. Era verdad que conocía algunas informaciones imprecisas y magníficas sobre la póliza. También era verdad que cada vez que se tenía noticia de una catástrofe cara, en la zona se escuchaban rumores sobre intencionalidad y sobre el Banco de Seguros. Todo sonaba muy fácil: incendiar y cobrar. Sin embargo, cuando el maldito 8 de enero recién estaba empezando, cuando el Chancho Blanco salió del galpón con el bidón y el yesquero, no estaba pensando en plata ni en nada.

Que todo se fuera a la raíz de la mierda. En aquel momento solo había deseado eso.

Ahora, mientras cruzaban Montevideo, la mañana clara se había convertido en una especie de mormaso opaco. Ya en camino Maldonado, dejando atrás un barrio de desguazaderos, criaderos de pollos y viejos chalets comidos por el abandono, un chaparrón espeso chorreó las latas y los vidrios del Galaxie.

Rollfinke había planeado no detenerse hasta alguno de los pueblos chicos que había entrevisto velozmente hacía años al costado de la carretera, después de pasar Minas. No se acordaba cuál estaba más cerca: tal vez Pirarajá o Mariscala. Pero Lucía se moría de hambre, y lo declaraba cada tanto, sin pedir nada, resignada o aburrida. Nelda sostenía miradas de imploración silenciosa, alternadas con comentarios casuales sobre la lluvia o el estado del pavimento. Finalmente se detuvieron frente a una rotisería de Pando.

La palabra amnistía hecha con mayúsculas desparejas y negras, volvía a aparecer en el muro largo y blanqueado de un vivero. Era la misma palabra, Rollfinke estaba casi seguro, que había leído hacía unas horas, mientras meaba, sobre los azulejos del baño del parador Libertad.

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