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Difusión

Leé «En el fin del mundo», un cuento de Santiago Craig

Compartimos el cuento «En el fin del mundo», uno de los relatos que forman el tercer libro de cuentos del escritor argentino Santiago Craig (Factotum ediciones, 2018): un manual con instrucciones disparatadas y lúdicas, situaciones límite escritas con humor e ironía, sobre aquellos que buscan el encuentro con el amor.

Leé «En el fin del mundo», un cuento de Santiago Craig

Santiago Craig es un escritor argentino. Publicó su primer libro de relatos El enemigo en 2010. Sus textos fueron incluidos en varias antologías, entre ellas: Antología cuento digital Itaú (2012 y 2014), Antología de relatosEl fungibleCuentos cuervos y Ella y otros relatos, del Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez. En 2012, ganó el Premio Provincial de Poesía de Córdoba con su poemario Los juegos, publicado luego por la Universidad de esa misma ciudad.En 2013, su libro de relatos Tormentas obtuvo una mención especial en el Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz. En 2015 ganó el primer premio del Concurso Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional y la editorial InterZona, con su cuento «Elefante». En 2017, editó Las tormentas (Entropía), que fue uno de los cinco finalistas del Premio de Cuentos Gabriel García Márquez 2018 y obtuvo la primera mención en el Premio Nacional de Literatura. En 2018, publicó 27 maneras de enamorarse, su tercer libro de cuentos (Factotum). En 2019, le fue otorgado el Segundo Premio del Fondo Nacional de las Artes por su libro de cuentos inédito El récord mundial de hamaca. Desde 2015, coordina un taller de escritura creativa en Buenos Aires y brinda clínicas y talleres en varios lugares del país.


En el fin del mundo

Esté en el fin del mundo. Usted y el apocalipsis coincidan. Sin embargo, sobreviva. Sea uno de los pocos, pero créase el único. Usted y los mosquitos. Usted y la hierba. Usted y el aire amarillo oliendo como la fiebre de un robot, como un llanto de aceite. Tenga distintas mascotas: primero, un gato sin nombre que lo siga, después, en una caja de fósforos, una cucaracha. Recorra sitios que antes eran familiares. No entienda qué sucede. Sea, como los otros, como los muertos, alguien que se sorprendió. Por un tiempo, piense que lo que pasa no está pasando. No sea religioso, pero de todos modos, levante la vista al cielo y haga preguntas. Reciba señales de ese silencio sin sol y sin nubes; de ese borrón acuoso que ahora recubre todo. Intente recordar la luz de antes y no pueda. Intente imaginar un cielo específico, uno de su infan­cia, o de la última semana en la que todo era idéntico. Recree imágenes incompletas, componga un cuadro sin alma. No esté del todo seguro de acordarse cómo era con precisión una nube. Simúlela exhalando el vapor de su boca. Entienda que para lo que se perdió, no hay sustitutos. Dele de comer colillas a su cucaracha. Dele de comer veneno. Descargue en  ella su frustración y asómbrese de su capacidad para meta­bolizar todo. Sepa que es ella la que siempre estuvo del lado de los que ganaron. Ella nació ganando, usted no. Usted sobrevivió y ahora está solo.

Cuando camine por sitios despejados, cuando se aleje de las ciudades arrastrando su carrito con mantas, agua y comidas envasadas, pregúntese a quién le pedía qué toda esa gente que se juntaba los últimos días a gritar y a levantar carteles, que se desnudaba el torso y agitaba banderas en las plazas.

Esas personas que le hablaban a un cielo que no termi­naba nunca de ampararlas, que le rogaban exigiendo. Usted pueda todavía ver cómo encendían sus velas en los parques. Justicia pedían, piedad, y entre tanto, pese a ellos, sobre ellos, entre ellos, el mundo sucedía idéntico a una boca enorme, enorme, enorme, que se les reía en la cara. No los extrañe a todos, pero sí a alguno. Para consolarse, converse con la cuca­racha. Dígale que en este mundo ya no van a caerse chicos de seis años desde los balcones, que ya nadie va a destripar a un viejo para robarle el monedero, que no habrá alguien que muela el vidrio para aumentar el peso de las bolsas de harina. Todas esas miserias suprimidas, pero el resto de las cosas todavía palpitantes, germinando. Hable y vaya forján­dose una convicción: el fin de lo que había era necesario y deseable. Ya quedaban solamente el ocio y la ambición, la historia resbalando en gelatina. De vez en cuando, enójese porque sí, sienta que, a pesar de todo, algo le falta, y apriete a la cucaracha entre el índice y el pulgar. Después reemplácela. Hay muchas. Vea salir del cuerpo aplastado un líquido blan­co y estime que de ese componente están hechas, en mayor o en menor medida, todas las cosas. Dígase que lo que antes la gente llamaba Dios es en verdad ese líquido repartido en todo. Inaccesible y obvio, molecular, insulso, omnipresente.

Caminando por los pasillos de los supermercados sin nadie, vaya volviéndose loco, tirando al azar frascos y cajas adentro de su carrito, componga mentalmente una nueva cosmogo­nía. Tómese de los elementos a mano: la ceniza, los químicos vivos en el aire, el humo eventual, el interior de los tallos y los insectos, de los pájaros ocasionales, de las ratas. Comience su biblia personal susurrándole al camino que en el principio todo estaba ahí, para nada. Que no había luz, ni oscuridad, que no había palabras ni voces para nombrar lo que era. Una indefinición y sombras. Siga enumerándose la inutilidad de los objetos. Las turbinas que zumban, los tanques llenos de nafta en los autos quietos, los carteles luminosos, la mostaza de Dijon, las rejas electrificadas. De ese caos vaya extrayendo un orden.

Atribúyale a cada cosa un espacio, una categoría. Señale, nombre, defina. Avance hasta cansarse en su construcción del mundo. Igual que Dios, tenga un límite. Ensimismado, a los pies de árboles mutantes, empiece a dudar de su cordura. Perciba la presencia de otros. Por la noche, siéntase obser­vado por ojitos amarillos. Capture en el aire murmullos que reverberan. Despiértese de golpe diciendo cualquier nombre. Abrace postes y arbustos, no encuentre a nadie. Sepa que es su imaginación solamente, su deseo. En el mundo nuevo que construyó, en el que las cosas son porque usted quie­re, soslaye el olor de los cadáveres, de la basura acumulada, y enfoque su atención en la firmeza de los jazmines y las abejas, en la obsolescencia de ciertas preocupaciones. Enor­me, dueño, recorra el mundo y entienda que no hace falta ya el dinero, conseguir un trabajo, mantenerlo, comprender y adoptar convenciones sociales, mentir, ser sincero, recordar las cosas, combinar el saco y la corbata, conocer lo nuevo. Que ya no hay espacio para pensar que todo llega de afue­ra, que lo bueno está en otra parte, que, si esperamos un rato, en un futuro cercano, las cosas tristes van a pasar, la vida entera va a estar bien. Ahora, en este mundo que es el mundo entero en cada partecita, ya no hay engaño, porque las ciudades y las calles y los pueblos son todos el mismo, y la experiencia, decídalo, es algo que ya no sirve para nada. Sin ser melancólico, no hace falta, sin estar triste, asuma que hay un cierto grado de angustia necesario. Un hilo de zozobra que va enhebrando su deambular inconexo; que da sentido. Sorpréndase en ese estado. No sepa cuánto. Deje de pensar en un mes, en un día, deje de tratar a las horas como si de verdad fueran el tiempo. Asuma que la realidad nunca fue eso, menos ahora. Despierte del descanso y, en esa eterni­dad que se despliega hacia adelante, asuma que lo que nece­sita es compañía. Ya no un gato, un ratón, una cucaracha. Desespere, como el dios que es, como el último hombre, por la presencia de una mujer y en su cabeza, invéntela. Pisan­do cenizas, entienda que el barro es imaginación. Abandone el apego que antes, como todos, usted tenía por las litera­lidades. Moldee una mujer con la zozobra que lo abruma, con ese barro inexistente, con esa nada que tiene. Cincele en el aire podrido su sonrisa y sus muslos, caricias húme­das, conversaciones sinceras; paseos. Sople. Vuelva a soplar. Como los chicos, como los magos, como el Dios antiguo y muerto. Con ese gesto concluya su creación. Inventándola. Con ella, recorra el paisaje mustio, frote entre sí las piedras buscando un calor desesperado, entre a los supermercados vacíos, regenere la raza, sobreviva mil diluvios más. Enamó­rese. Pueble la Tierra.


Craig, Santiago. 27 maneras de enamorarse. Buenos Aires: Factotum ediciones, 2018, pp. 45-49. 

*Ejemplares del libro disponibles durante el taller Crear un texto. Romper un texto. que impartirá el autor el sábado 29 de febrero de 15:00 a 18:00.

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