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Revisitando a Katherine Mansfield

La vida es felicidad y tormenta

Considerada una de las mejores cuentistas del siglo XX, Katherine Mansfield fue tan transgresora en su forma de vida como los personajes femeninos de sus cuentos: mujeres que buscaban desmontar los roles pasivos y estereotipos culturales de su época. Hugo Fontana nos presenta la obra de la escritora neozelandesa. 

La vida es felicidad y tormenta

Kathleen Beauchamp nació en Nueva Zelanda en octubre de 1888, y falleció en Francia, enferma de tuberculosis, en enero de 1923. Firmó sus trabajos como Katherine Mansfield y a pesar de haber vivido solo treinta y cuatro años, dejó una huella indeleble en la historia de la literatura moderna. Su vida fue compleja, atormentada, un viaje a toda velocidad de un lugar a otro, de su país de origen a Inglaterra, de Inglaterra a múltiples ciudades europeas, de la felicidad a la desesperación.

En plena adolescencia marcha a estudiar a Londres, donde conocerá a Ida Baker, su amante más fiel y duradera. Sus padres la conminan a regresar a Nueva Zelanda, pero a los veinte años vuelve a establecerse en Londres, donde se reunirá con Ida, profundizará sus estudios de violoncelo, y se enamorará de uno y otro hombre, de una y otra mujer, en vínculos por lo general alocados e impredecibles. Se casa con su profesor de canto, George Bowden, pero lo abandona la misma noche de bodas. En 1910 conoce a John Middleton Murry, el editor de una revista que publicará algunos de sus primeros cuentos. Tiempo después, fugada de un convento en Baviera donde la había recluido su madre con la esperanza de «curarla» de su lesbianismo, un traductor polaco con el que mantiene una breve relación le hace leer a Antón Chéjov y le contagia una gonorrea que le provocará artritis.

En 1915, en plena primera guerra mundial, recibe en Londres la visita de su hermano Leslie, quien se enrolará en el ejército británico y morirá poco después de llegar al campo de batalla. La noticia la devasta: la figura de su hermano le había devuelto todos los sabores de su infancia, que de allí en más deberá recuperar escribiendo. En una extensa nota publicada en el semanario Marcha en diciembre de 1954, Emir Rodríguez Monegal sostiene que el encuentro con el hermano actualiza aquel mundo perdido, y entonces a su memoria «vuelven la playa y las casas de verano; la madre, distraída y hermosa, entre la nube de niños; la fiesta en el jardín estropeada por la intromisión de la realidad; el largo rumiar de las hijas del difunto coronel; la visita de la sirviente engominada. Un mundo femenino de niños y criadas en el que la figura del padre, vista a distancia o abruptamente centrada, preside todas las transformaciones y explica la naturaleza profunda de ese universo femenino: ese es el mundo que a partir de ese instante va a crear Katherine Mansfield».

Tras indescifrables ires y venires, en 1918 se casa con Murry; el matrimonio dura un par de semanas y, durante los cinco años que le quedan de vida, Katherine pasará reuniéndose y separándose de él. Y ese mismo año enferma de tuberculosis, lo que aumentará su trashumancia en busca de un lugar en el mundo que le permita enfrentar sus dolencias. Antes de cumplir treinta años ya ha publicado varios libros de cuentos, asombrosos en cuanto a su calidad y madurez. En un balneario alemán (1911), Preludio (1917), Felicidad y otros cuentos (1921), Fiesta en el jardín (1922), El nido de la paloma y otros cuentos (1923), son los libros aparecidos en vida de la autora. El resto de su obra, a cargo de Murry, se irá publicando en forma póstuma: en 1924 aparece Algo infantil y otros cuentos, en 1927 su Diario, y un año más tarde Cartas, una recopilación de sus intercambios epistolares con algunos de sus pares contemporáneos, entre ellos D. H. Lawrence, de quien también estuvo enamorada y quien, según algunas versiones, le habría transmitido la tuberculosis.

La impulsiva Mansfield, la débil Mansfield, la controvertida y rebelde Mansfield, se instala en sus personajes con una delicadeza y precisión que aún hoy sigue conmoviendo a sus lectores. Como su maestro Chéjov, es capaz de captar la profundidad emocional de sus criaturas y enunciarla con un puñado de palabras de notable economía y exactitud. En una página de sus diarios escribió: «Todo artista se corta una oreja y la clava en la puerta para que los demás le griten en su interior».

Fragmento del cuento «Felicidad», de Katherine Mansfield:

A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como este de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.

¿Qué pude hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y este le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer «beodo o trastornado»? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir —pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque... 

—¡Gracias, Mary! —Entró en el vestíbulo—. ¿Ha vuelto la niñera?

—Sí, señora.

—¿Han traído la fruta?

—Sí, señora; ya está aquí.

—Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos.

Pero en su pecho ardía aún aquel fuego resplandeciente que se extendía a todos los miembros como una lluvia de chispas. Casi era insoportable. Apenas se atrevía a respirar por miedo a avivarlo más y, sin embargo, lo hacía muy hondamente. Tampoco se decidía a mirar al frío espejo..., pero miró al fin y vio en él a una mujer radiante, sonriente, de labios trémulos, con unos ojos grandes y oscuros, y en toda ella ese aire atento de quien escucha, esperando algo..., algo divino que va a pasar... y que sabe ha de ocurrir infaliblemente.

 

Katherine Mansfield será la primera autora propuesta en el taller Las mujeres cuentan, a cargo del escritor de esta nota, Hugo Fontana. Inscripciones e información.

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