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Más allá de la educación sentimental

La enamorada: parte de ese mundo

Amores superficiales, efímeros, útiles; amores románticos, despersonalizantes, salvajes; pero también amores que van más allá del amor y actuán como elementos de liberación para vivir otras vidas. Tamara Tenenbaum analiza tres enaomaradas clásicas de la literatura del siglo XIX y relee las formas de amar.

Fragmento de «Amantes», de Auguste Renoir (1875)

Recuerdo el monólogo de Catherine Earnshaw en Cumbres borrascosas como si lo hubiera visto en un teatro, en carne y hueso. Las versiones cinematográficas se me confunden pero hay algo que en mi imaginación está muy armado: la mesada en la cual Catherine conversa con Nelly, que en realidad es una versión de la mesada de la cocina de mi infancia. El tono de Catherine, encendido y caprichoso, sus manos que se mueven a toda velocidad, su respiración agitada, sus ojos que queman: la voz delirante e impaciente de esa chica que está convencida de que es la verdadera descubridora del amor, la primera persona en enamorarse sobre la faz de la Tierra. Y del otro lado, el gesto cansado de Nelly, la voz del sentido común, un poco amarga y un poco ácida, como si los cuentos de sus patrones —esos que forman la mayor parte de la novela— la tuvieran ante todo harta. Catherine le está contando que va a casarse con Edgar Linton, a quien ama —en sus propias palabras— de un modo superficial y efímero: porque es apuesto, porque es rico, porque es importante y porque él la quiere a ella. Catherine sabe que ese amor correcto, esperable y útil es un amor de segunda mano, y lo sabe justamente porque tiene otro amor para comparar: ese que siente por Heathcliff, su hermano de crianza, que ha quedado socialmente demasiado degradado como para que ella pueda casarse con él sin que sea la ruina de ambos. El plan de Catherine, le cuenta a Nelly, es casarse con Edgar y usar el poder que le dará ese matrimonio para elevar socialmente a Heathcliff. Es un plan ridículo y Nelly —que para algunos comentadores es la voz del patriarcado; para mí, en cambio, es la voz de la experiencia— intenta hacérselo entender. Pero mi momento favorito viene apenas después, en el monólogo propiamente dicho, cuando Catherine —obstinada como solo puede serlo una chica con carácter de amazona que encima ha nacido con todas las necesidades cubiertas— trata de explicar su amor más intenso: «Mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio. El gran pensamiento de mi vida es él. Si todo pereciera y él se salvara, yo seguiría existiendo, y si todo quedara y él desapareciera, el mundo me sería del todo extraño, no me parecería que soy parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario. Nelly», termina diciendo «yo soy Heathcliff».

Esa frase me quedó guardada siempre como una especie de salida del clóset, la huella de una voluntad oscura e indecible: no la idea de una entrega a otro, sino algo más raro, algo distinto. Años después leería, en El segundo sexo, que a Simone de Beauvoir también le había impresionado ese pasaje: «este es el grito de todas las mujeres enamoradas», escribe De Beauvoir, «ella es una encarnación del amado, su reflejo, su doble: ella es él. Deja que su propio mundo se derrumbe en la contingencia: ella vive en el universo de él». Para de Beauvoir, entonces, esta frase era el sumun del amor romántico como forma de anulación de la subjetividad femenina. Al decirla, lo que hacía Catherine era borrarse a sí misma en pos de su amado. Lo curioso es que para mí, de una forma que no podía explicar, esa frase siempre había significado lo contrario: algo que, en el fondo, no tenía nada que ver con Heathcliff. En mi forma de pensar ese monólogo, lo de Catherine era casi un deseo travesti: ella no se autoproclamaba el doble de Heathcliff, su versión repetida, devaluada. Ella era el verdadero Heathcliff; podía tomar su lugar, vivir sus aventuras, reemplazarlo en la vida que él llevaba.

Tengo un fragmento subrayado en Ana Karenina, cerca del principio, que apunta para mí en la misma dirección. Ana Karenina está en el tren que la lleva de vuelta a su casa con su marido y su hijito: había ido a visitar a su hermano en Moscú para ayudarlo a que su esposa lo perdonara luego de una infidelidad muy indiscreta, pero en ese mismo viaje conoció a Vronsky y no pudo sacárselo de la cabeza. Escribe Tolstoi: «Ana Karenina leía y se enteraba de lo que leía, pero la lectura, es decir, el hecho de interesarse en la vida de los demás, le era intolerable, tenía demasiado deseo de vivir por sí misma. Si la heroína de su novela cuidaba a un enfermo, Ana habría deseado entrar ella misma con pasos suaves a la alcoba del paciente; si un miembro del Parlamento pronunciaba un discurso, Ana habría deseado pronunciarlo ella (...) Pero era en vano. Debía contentarse con la lectura, mientras daba vueltas a la plegadera en sus menudas manos. El héroe de su novela empezaba ya a alcanzar la plenitud de su británica felicidad: obtenía un título de baronet y unas propiedades, y Ana sentía deseo de irse con él a aquellas tierras». En los análisis que he leído de este pasaje lo que se suele acentuar es la cuestión de la lectura —emparentando, por un rato, a Ana Karenina con Emma Bovary o el Quijote—, la relación de la literatura con la vida. El vínculo que a mí me interesa es otro, el mismo que se lee en la frase de Cathy: la relación entre el amor y el deseo de vivir otras vidas, de ser otra persona y específicamente de ser varón.

Por supuesto que estas novelas hablan de amor: pero entre otras cosas el amor es, para estas heroínas, la posibilidad de vivir una aventura, una aventura para la que la femineidad —entendida como una serie de reglas que constriñen a las mujeres a vidas correctas, ordenadas, aburridas, civilizadas— es un obstáculo. En Cumbres borrascosas, Heathcliff representa muy claramente la posibilidad de una vida salvaje, alejada de las restricciones que la sociedad de la época les ponía a las pasiones y a las mujeres. La amistad sensual —y semi incestuosa, todo hay que decirlo— que Cathy y Heathcliff habían compartido no solo era más intensa que el cortejo protocolar de Cathy y Linton; era también más propia, más personal, más inventada, menos organizada. No era un camino al matrimonio ni a una vida determinada: había surgido como una flor silvestre, donde nadie la esperaba y sin que a nadie le sirviera. Y la figura de Heathcliff es la encarnación de esa vida silvestre: mal nacido, poco querido, constreñido por su falta de apellido (literal, de hecho: Heathcliff no parece tener nombre y apellido en la novela, es solo «Heathcliff»), pero paradójicamente libre justamente por eso. Cathy quiere estar con él, sí, pero no es extraño que además quiera ser él: y creo que no solamente, como lee de Beauvoir, por sus ganas de despersonalizarse y perderse, sino justamente, por sus ganas de ser otra. De ser otro, incluso.

En el pasaje de Ana Karenina Tolstoi habla literalmente del deseo de vivir; entre los ejemplos que cita habla de cuidar a un enfermo, sí, pero también de pronunciar un discurso en el Parlamento. Lo más interesante, sin embargo, está en la última oración: cuando Tolstoi habla del héroe de su novela —un baronet que, no casualmente, obtiene su título y unas tierras en propiedad—, parece que en la mente de Ana Karenina se mezclaran el deseo de reemplazar ella misma al protagonista del libro, que es de lo que Tolstoi venía hablando y de estar con él, el «deseo de irse con él a aquellas tierras». Este desliz del «ser» al «estar con» es justamente de lo que estoy hablando: en el amor que nos pintan estas novelas —dos clásicos enormes, decisivos, tan influyentes en millones de otras ficciones y fantasías—, el deseo de las enamoradas de entregarse está íntimamente unido al deseo de escaparse. El amor, especialmente en Cumbres borrascosas, no aparece como el epítome de lo femenino, sino casi como una huida de la femineidad.

Hay un tercer relato, también del siglo XIX, que puede leerse en serie con estos dos: es «La sirenita», que Hans Christian Andersen publicó por primera vez en una compilación de cuentos de hadas en 1837. Aunque la adaptación de Disney de 1989 se toma muchas licencias, conserva este componente clave que, sin embargo, no suele perdurar en las conversaciones sobre el cuento: en ambas versiones, entonces, la sirenita tiene una fascinación con el mundo terrestre antes de conocer al príncipe. Su amor por él es indiscernible de su deseo de conocer la tierra, sus habitantes y sus hábitos, de escaparse del mundo en el que se crió y ser parte de otro, como dice «Part of your world», una de las canciones de la versión animada. En la versión original, leemos que la Sirenita sacrifica su voz primero y su vida después por el amor de un varón, pero esa no es toda la verdad. El sacrificio por amor de la sirenita, como el de Ana Karenina y el que Cathy nunca se animó a hacer, es también una caída en la batalla contra las ataduras que la sociedad le impuso: la decisión de arder para devenir otra —u otro— sin la seguridad de, como el ave fénix, poder volver.

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