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Hugo Bettauer y la literatura sin judíos

Desde la librería Moebius, Gerardo Beyhaut nos recomienda una lectura tan placentera como desgarradora. Utilizando el humor como arma letal narrativa, Hugo Battauer —autor austríaco judío que murió en 1928— recrea una Viena en el período de entre guerras, en la que todos los males de la ciudad son atribuidos a los judíos, por lo que estos deberán desaparecer.

Imagen de cubierta del libro

Un título atrayente, o al menos inquietante, para empezar. Tomar en las manos un libro de la prestigiosa editorial Periférica llamado nada menos que La ciudad sin judíos es un desafío para cualquier lector más o menos curioso.

De Hugo Bettauer ni noticia, así que hay que leer la solapa por lo menos. Allí nos enteramos de que fue escritor, periodista y judío nacido en Baden, Austria, en 1872, y fue asesinado a tiros en Viena, en 1925, por un antisemita que fue absuelto del delito dada la supuesta inmoralidad del escritor.

La novela está ambientada en una Viena de entreguerras sumida en el desempleo, inflación y toda la parafernalia llamada crisis, una Viena en la que echarles la culpa a los judíos era fácil, dado que estos eran los dueños de fábricas, bancos y negocios, perteneciendo en general a la clase social que menos padecía los vaivenes económicos. De ahí a concluir que son los causantes de la dichosa crisis y decidir expulsarlos hay solo un paso. Un paso que se da con mucho circo y festejo por parte de la población, porque, si algo distingue a esta novela, y ya debería haberlo contado antes, es que está muy lejos de la tragedia o el regodeo en el dolor de los expulsados, sino que está escrita en clave de humor, una gigantesca comedia de poco más de ciento cincuenta páginas.

Los sucesos posteriores ensombrecen —quizá— el relato. En lo personal, me costó desprenderme de las imágenes de lo que fue, años más tarde, el holocausto judío y disfrutarla en la clave en la cual fue escrita, con humor, crítica política, burla al antisemitismo, sin eludir guiños irónicos a los propios judíos (la queja de las prostitutas ante la expulsión es un buen ejemplo de esto último).

Confieso que debí leerlo dos veces para lograr situarme en el tiempo y disfrutarla como lo que es, eludiendo las sombras de la historia y, entonces, sí, sonreír en cada página. Vale la pena leer el posfacio, cosa que no suelo hacer, dado que sitúa la novela en su época, nos cuenta el devenir de esta y nos demuestra, por si hacía falta, que el humor es un arma con tantos filos que los totalitarismos no pueden tocar sin sufrir las heridas que causa el quedar en ridículo.

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