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¡Hombre al agua!

El mar refresca la literatura desde tiempos inmemorables. Le ha dado material a García Márquez, Melville, Verne, Robinson Crusoe y un sinfín de autores que encontraron en la inmensidad del océano el punto de partida para crear obras magistrales. Como un tesoro de un barco hundido, El caballero que cayó al mar se presenta como una joya recientemente descubierta por La Bestia Equilátera, que la tradujo y publicó, y Gerardo Beyhaut nos la recomienda en esta reseña.

Ilustración de cubierta

Henry Preston Standish, por mirar el amanecer, pisa una mancha de aceite y cae al océano pacífico desde la cubierta del buque Arabella.

Eso nos queda claro en la primera oración de esta curiosa y admirable novela corta de 135 páginas —si no contamos el prólogo—.

Nadie sabe de su caída, nadie grita «¡hombre al agua!», la vida a bordo de los escasos pasajeros continúa tan banal como venía.

Ni si quiera el propio Standish es capaz de gritarlo, educado en generaciones de voz modulada por la corrección.

Algunas horas después notarán su ausencia, pero habrá más curiosidad que alarma.

Mientras tanto, Henry Preston Standish flota en el océano aparentemente infinito, y, como todo un caballero del novecientos que es, sus preocupaciones están más cercanas al hecho de mantener las formas, la compostura y evitar el ridículo que a tomar medidas —¿cuáles serían?— para sobrevivir.

No sin pudor se va desprendiendo de sus ropas, de su traje, sus zapatos, sus llaves, su billetera con más recuerdos que dinero.

Corredor de bolsa, casado, con dos hijos perfectos y con facilidad física para mantenerse a flote, repasa su vida con la esperanza de ser rescatado por el propio Arabella al notar su ausencia, o por otro barco que casualmente pase por allí.

En lo personal, no pude dejar de asociar el vacío de su vida con su flotabilidad física.

Como un buen caballero, teme al ridículo y no a la muerte. Está seguro de sobrevivir, alguien notará su ausencia, el Arabella virará y vendrá por él. Le preocupa verdaderamente ser rescatado en ropa interior, aunque no le quede más remedio que irse despidiendo de sus zapatos, su saco y sus pantalones.

Imagina contando su aventura a sus amigos, a su amada esposa. Mientras flota en un océano calmo, tranquilo, azotado por el sol, no imagina ni considera la posibilidad de morir, en definitiva, su vida ha sido tan fácil.

A medida que el buque se aleja, la soledad, el vacío del entorno, la infinitud del cielo y del agua, se van asemejando a su existencia al repasarla sin angustia.

El autor de este relato, Herbert Clyde Lewis, tuvo algunos éxitos literarios como guionista, pero su muerte a los cuarenta y un años nos privó de un escritor que sin duda tenía mucho más para dar.

A quienes les gusta la literatura vinculada al mar, con sus viajes arriesgados, naufragios en islas remotas, en fin, aventuras en ese no-territorio que tanta historia y literatura ha dado, este libro les resultará imprescindible por su originalidad. Quienes gusten de leer una novela corta e intensa, con un personaje tan aparentemente superficial que no solo es capaz de flotar durante horas, sino que se vuelve profundo en el propio análisis de su vacío, disfrutarán también.

Un libro con un público amplio, que busque aventura, originalidad, reflexión sobre el devenir de la vida y de cómo encarar nuestros propios resbalones. Una fábula casi; no podemos dejar de ser lo que somos, lo demás es circunstancia.

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