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Oulipo o el «taller de literatura potencial»

Ejercicios póstumos: Boris Vian oulipiano

Boris Vian, ingeniero, escritor y músico, murió un año antes de la fundación, en 1960, de Oulipo, el grupo de experimentación literaria formado por escritores y matemáticos como Raymond Queneau o George Perec. Sin embargo, sus juegos literarios y los vínculos con sus futuros integrantes dieron lugar a que los herederos oulipianos se encargaran de completar No hay manera de escapar (Caja negra, 2020), el libro que Boris Vian dejó sin terminar.

Ejercicios póstumos: Boris Vian oulipiano

2020 fue, entre muchas otras cosas, un gran año para Oulipo, el «taller de literatura potencial» fundado en 1960 con el fin de, según las palabras de Eduardo Berti en su prólogo a la antología Oulipo. Ejercicios de literatura potencial (Caja Negra, 2016), desacralizar la literatura sin desvalorizarla. En efecto, el año pasado los oulipianos fueron partícipes de al menos dos grandes eventos literarios: a fines de noviembre se informó que L’Anomalie, de Hervé Le Tellier, se convirtió en la primera novela escrita por un integrante del grupo en ganar el premio Goncourt, y antes se había publicado, finalmente, On n’y échappe pas, policial que Boris Vian dejó inconcluso y algunos oulipianos tuvieron a bien terminar.

Aunque Vian, cuyo centenario se celebró también en 2020, murió un año antes de la fundación del grupo, lo cierto es que, como señalan los coautores en uno de los textos que aparecen al final de la novela, sus vínculos con algunos futuros miembros de Oulipo como Raymond Queneau, Jacques Bens, Noël Arnaud, Jacques Duchateu y Paul Braffort eran lo suficientemente estrechos como para suponer que el multifacético autor (novelista, poeta, escritor de canciones, cantante, crítico, trompetista, etc.) se habría cuanto menos interesado en el movimiento que, a través de experimentos formales, busca potenciar la creatividad en el entendido de que la restricción es parte constitutiva de la literatura.

La parte de obra que Vian escribió bajo el seudónimo Vernon Sullivan —nombre con el que publicó (por necesidades económicas, vale decir) las novelas noir Escupiré sobre vuestra tumba (1946), Todos los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) y Con las mujeres no hay manera (1950)—, puede pensarse en cierto sentido en dos claves: como lo que es en apariencia —un trabajo complementario que involucraba la escritura de novelas rápidas y rentables, pero además libres de todo el peso que tenía la «alta literatura»—; y como una invención oulipiana avant la lettre, una serie de juegos con la forma narrativa del policial que se servía del pastiche y el encubrimiento (las obras fingían ser traducciones de un original en inglés realizadas por un tal Boris Vian) para explorar distintas posibilidades narrativas, estilos y poner a prueba metáforas y giros de lenguaje. En el caso del libro publicado en 2020, por supuesto, los rasgos oulipianos son más evidentes que en sus antecedentes y toman la forma de numerosas notas (casi 70 en unas 100 páginas) que ofrecen un contrapunto fascinante a la narración, porque uno de sus logros más rotundos es posibilitar una lectura en dos niveles, que se da gracias a las irrupciones.

En todo texto, la nota implica a la vez una ruptura en el flujo de la prosa y la presencia de otra voz que establece un código casi de diálogo con el texto, que a su vez opera en dos sentidos: por un lado tenemos las supuestas «notas del traductor», a pie de página, y por otro una serie de agregados que se encuentran al final de la novela y comentan o amplían en diversos sentidos el texto de Vian. En todo caso, su efecto es la producción de un libro legible en clave noir (su portada original respeta, además, el diseño de la colección de la editorial Scorpion en la que se publicaron las novelas de Sullivan) pero no exento de giros humorísticos que se pueden ver sobre todo en los fragmentos en los que toma la palabra el traductor supuesto, que hace aclaraciones sobre juegos de palabras «de difícil traducción» o fundamenta elecciones cuestionables (Charles Baudelaire por Walt Whitman, por ejemplo) que a su vez dan cuenta de una cierta práctica traductora común en la época.

Ahora bien, como decía antes, la novela se puede leer también haciendo caso omiso a las notas, como un disfrutable relato policial que se sirve de todos los elementos del género y los explora con provecho: la acción se desarrolla en una pequeña ciudad de Estados Unidos en los años 40 (la década noir por excelencia) y tiene por protagonista a un atribulado veterano de guerra perseguido por su pasado, que vuelve en forma de las imágenes del combate que lo dejó manco y como el recuerdo de sus antiguas novias, que una a una van siendo asesinadas. Así, se juntará con un excéntrico detective, de nombre Narcissus Rose, para resolver el caso que, evidentemente, lo tiene como principal sospechoso.

En este pliegue de la obra, a través del juego con los clichés del género, el dibujo de la sociedad norteamericana de su tiempo (jazz y autos, grandes aficiones de Vian, incluidos) y el desarrollo de unos personajes extraños y fascinantes, de historias sórdidas y recuerdos culposos, la conjunción de Vian y Oulipo logran lo que se proponen. En ese sentido, No hay manera de escapar (traducida, además, por el ya mencionado Eduardo Berti, único oulipiano argentino) tiene por momentos la extraña cualidad de las mejores novelas experimentales y funciona como experimento y como novela convencional. Así, aún en su factura por momentos despareja, no sólo divierte con sus múltiples chistes literarios y referencias librescas, sus juegos con la historia, la puesta en evidencia de los estereotipos de los que se sirve, sino que además mantiene la tensión y el misterio que el lector de policiales espera y se presta para ser leída (en tanto novela y proyecto editorial) como una reflexión sobre el paso del tiempo.

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