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Dos cuentos de «La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora», el nuevo libro de Ignacio Alcuri

Ignacio Alcuri sigue haciendo de las suyas y nos regala un poco de humor en su más reciente libro, publicado por Sudamericana.
Dos cuentos de «La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora», el nuevo libro de Ignacio Alcuri

Ignacio Alcuri nació en Montevideo en 1980. Es autor de los libros Sobredosis pop (2003), Combo 2 (2004), Problema mío (2006), Huraño enriquecido (2008), Temporada de pathos (2010), Basurita (2012) y Esto no es una papa (2014). Fue guionista radial de Justicia Infinita y Vulgaria, y formó parte del stand-up De Pie con textos de su autoría. Como parte del colectivo Los Informantes, guionó el programa televisivo homónimo y condujo Reporte Descomunal, Córner y Gol es Gol, además de Los Informantes. Junto a Gustavo Sala creó el cómic Parto de nalgas (2016) y el espectáculo Sonido Bragueta, que convertirían en podcast. Escribe acerca de cómics y otros vicios en Multiversos. La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora es su último libro de cuentos, publicado por la editorial Sudamericana.

 


 

SOLUCIONES NOCTURNAS

 

 

La moda de las Crocs había dejado al zapatero remendón
al borde de la quiebra y, pese a que era un anciano, todavía no
reunía los requisitos necesarios para iniciar su causal jubilatorio.
Aquella noche él y su esposa comieron esas sopas de fideos japonesas
que son tan caras como nutritivas y se fueron a dormir,
sin ganas siquiera de terminar las botas que la señora Pradelli
debía recoger a la mañana siguiente. Los despertó el timbre del
local: Pradelli había llegado temprano y más impaciente que
de costumbre.
        —Quedate tranquilo que yo le invento cualquier excusa
—dijo la mujer y desapareció por un rato.
         Cuando volvió, llevaba una mueca en el rostro que su
marido casi no pudo reconocer.
        —¿De qué te reís?
        —¡Del milagro! Cuando pasé por el taller para abrirle a
la señora, encontré los zapatos prontos. ¡Y con terminaciones
de lujo! Le gustaron tanto que me dio el doble de dinero, mirá
—se abanicó con un fajo de billetes.
        —Debieron ser los duendecillos. La leyenda dice que
ayudan a los zapateros en problemas, pero yo creía que era solo
un cuento de hadas.
        —Con esta plata podemos comprar material para unos
cuantos pares de zapatos y esperar a que ellos los hagan.
        —Está bien, pero no podemos cruzarnos con ellos o el
hechizo se romperá.
        Esa noche no tomaron café luego de la cena, para conciliar
mejor el sueño. Al otro día encontraron varios pares de zapatos,
uno mejor que el otro, y, como en el apuro por dormirse habían
dejado sus uniformes de trabajo en la misma mesa, vieron que
los duendecillos los habían reparado.
        Esa semana trabajaron mejor que nunca. A los vecinos ya
no les daba asquito entrar a aquella zapatería atendida por dos
viejos zaparrastrosos.
        La noche del tercer encargo, el viejo se quedó dormido
en el taller mientras miraba videos de gatitos. Por suerte su
sueño fue profundo y el trabajo de las pequeñas personas no lo
despertó. Ni siquiera se dio cuenta de que habían toqueteado
su lentísima laptop, corriéndole procesos de desfragmentación,
limpieza del registro y borrado de programas residentes que
de poco servían. Desde ese momento pudo llevar el stock de la
zapatería, la contabilidad, y un sencillo pero efectivo sitio web.
        Las ganancias se multiplicaron, y la pareja mejoró su
posición económica, aunque el gobierno se interesó por sus
finanzas y les exigió el pago de cuantiosas sumas de dinero. Por
primera vez en semanas, volvieron a dormirse sintiendo tristeza en sus corazones, mientras miraban un blu-ray en el plasma de
49 pulgadas que tenían al pie de la cama matrimonial.
        Todavía les quedaban zapatos, así que no esperaban una
visita, pero los duendes pasaron y se toparon con los papeles
del fisco. Horas más tarde, los ancianos se encontraron con
un completo instructivo en el que les detallaban varias formas
«creativas» de declarar los impuestos para minimizar las pérdidas.
        La promoción de donar $ 10 al hospital público disparó
aún más las ventas y la zapatería empezó a abrir en horario continuo
y también los fines de semana. La necesidad de turnarse
para atender los alejó y las diferencias a la hora de administrar
el dinero terminaron de destruir la relación.
        Ella tomó la decisión de abandonar la casa y escribió una
carta explicando a su esposo los motivos, pero tardó varios días
en juntar el coraje para dársela. Una noche la dejó en el bolsillo
de su uniforme y fue descubierta por los duendes.
        Cuando el zapatero remendón despertó al día siguiente,
encontró a su mujer llorando y le preguntó qué pasaba.
        —Perdoname… Yo te juro que te quiero, viejo.
Frente a ella había un álbum de fotos, armado por los
gnomos, que mostraba los cincuenta años que habían pasado
juntos. Allí se los veía atravesando las peores penurias económicas,
siempre con una sonrisa.
        —Vos perdoname a mí. Te prometo que nunca más me
voy a acostar peleado con vos.
        Se dieron un larguísimo abrazo y luego hicieron el amor
como dos adolescentes.
        Pasaron varios meses en los que los duendecillos trabajaron
regularmente para stockear la zapatería y cubrir una pequeña
importación a China. Pero quiso el destino que el zapatero
remendón cayera víctima de una gravísima enfermedad. La
mujer consultó a los mejores médicos que el dinero podía pagar,
sin que ni uno de ellos pudiera hacer algo por el anciano. Así
que dejó el parte médico sobre la mesa del taller, confiada en
el poder de los solucionadores nocturnos y se fue a abrazar a
su marido hasta que ambos quedaron dormidos. Solamente
ella despertó.
        Lloró, pataleó y maldijo a aquellos seres que habían dejado
morir al amor de su vida. Antes de irse al velorio les dejó una
nota con una simple pregunta. Al regreso encontró una respuesta
igual de corta: «No hacemos magia. Y arreglamos tu
carta, “¿por qué?” se escribe separado».

 


 

LA PRIMERA CENA

 

 

Cada vez que me quedo soltero me enfrento a desafíos
relacionados con la ancestral pregunta: «¿Cómo puede sobrevivir
un completo inoperante en solitario?». La última vez por
lo menos tenía lavavajillas, así que no se repetiría el incidente
de las ratas lamiendo platos sucios en la pileta de la cocina,
aunque hay que reconocer que los dejaban relucientes. No, el
problema no eran los platos, sino aquello que se coloca sobre
ellos y nos aleja de la inanición.
        Durante las primeras semanas sobreviví gracias a la típica
dieta de panchos, refuerzos e invitaciones a cenar a casas de
parientes y amigos, donde el menú era mucho más nutritivo
(muzarelas, empanadas y chivitos).
        Todo cambió un día en el que la culpa judeocristiana
me mantenía encadenado al sofá y había decidido no salir de
mi hogar hasta la mañana siguiente, en especial si mi única
aventura consistiría en recorrer góndolas mientras decidía si
cenar panchos o refuerzos. Así que abrí el freezer y encontré
hamburguesas y papas noisettes de cuando ese lugar era habitado por una persona adulta, y tuve la loca idea de prender
el horno y hacerme la cena; la preparación alimenticia más
completa en casi tres décadas y media de vida.
        A los pocos minutos, la mitad inferior de las hamburguesas
tomó un color agradable y las papitas se veían mejor que en
el congelador. Ahí me cayó la ficha de que en la heladera no
tenía nada para beber.
        Mascar carne rancia a pico seco no hubiera sido una
molestia, pero todo indicaba que del horno saldría algo apetitoso
y sería un crimen no acompañarlo con un buen vaso de
Coca-Cola. Así que di vuelta las hamburguesas, redistribuí las
papas en la asadera y salí corriendo de casa, dejando el horno
prendido la primera vez que me animaba a usarlo sin supervisión.
Eso es adrenalina, pilotos de prueba.
        Las dos cuadras hasta el mercadito de la estación de
servicio me parecieron eternas. Cada vez que un automóvil
me pasaba cerca, imaginaba mi muerte seguida de un incendio
o una explosión, como para cagarles bien el día a
mis viejos. Pero no me atropellaron ni el horno se salió de
control. Regresé con una botellita de 600 cc y la disfruté
junto a lo más parecido a una cena de persona grande que
jamás elaboré.
        Eso sí, la asadera no entró en el lavaplatos, así que quedó en
la pileta hasta que los duendecillos que limpian la losa regresaran
a mi cocina con su pelaje gris y sus gruesas colas de roedor.

 

***

La novia de Johnny Storm ve la vaca y llora
Alcuri, Ignacio
Sudamericana (2017)
Páginas: 204
UYU 430

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