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Hacé clic y leé «Muerte en la Habana», un cuento de Carlos Manuel Álvarez (Cuba)

Compartimos el cuento «Muerte en La Habana», de Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989), un escritor cubano que acaba de ser seleccionado por el HAY FESTIVAL, junto a otros 38 autores, como uno de los 39 mejores escritores de ficción menores de 40 años de América Latina.
Hacé clic y leé «Muerte en la Habana», un cuento de Carlos Manuel Álvarez (Cuba)

El cuento pertenece a su primer libro, La tarde de los sucesos definitivos, publicado por Criatura Editora en el 2015. En él se reúnen 7 cuentos que pasean al lector por las calles de La Habana, cruzando a los personajes en esquinas y malecones que permiten conocer la ciudad cubana en la voz de una generación nacida en los noventa.

 



Muerte en La Habana 

La noche antes de que Guillermo Navas amaneciera muerto yo visité su casa. Fue hace muchísimos años, lo sé bien. Quería ser escritor, era joven. Todo el mundo quiere o ansía algo cuando es joven. Lo mío era la literatura. Por aquella época, gracias al azar, o a algunas influencias, publicaba en Isliada. Un medio que hoy no sé si existirá, pero que en 2011 o 2012 era bastante leído. En Cuba y en el mundo. Pues publicaba ahí y aunque no cobraba un medio tampoco me interesaba. No me faltaba el dinero y, por otra parte, mis artículos no eran ni mucho menos imprescindibles, por lo que no podía aparecerme un día exigiendo un salario y dándomelas de importante.

Pero como lo mío, digo, era la literatura, los cursos de narrativa que Guillermo Navas impartía no los perdonaba. Asistía a cada conferencia. Tras cuatro o cinco meses de clases, después de haber estudiado algunas técnicas y algunos autores, Guillermo invitó a su casa a todos los alumnos. Era divorciado y no tenía hijos, dicen que no podía tenerlos, yo creo que en verdad nunca quiso, aunque no sabría decir en qué me baso. Fijó la cita para un sábado en la noche. Por varias razones, tuve mis reservas. Dudé en asistir. Guillermo: un escritor con cierto nombre. Yo: nadie. O sea, mirándolo desde la distancia, Guillermo: un mecenas, yo: un epígono. Guillermo, la figura, y yo, el discípulo empedernido, el aprendiz que mientras se instruye en los gajes del oficio le hace el juego al consagrado, le carga los libros, lo aplaude, y a mí, la verdad, ese papel me provocaba náuseas. No era que no pudiera interpretarlo, pero no tan burdamente como otros. Quizás por eso no conversaba con casi ningún alumno del curso, apenas con un moreno filósofo que por no dejar de leer había leído hasta los Annales Brunsvicenses de Leibniz. Al final decidí ir. La charla era para todos, y con mantenerme alejado tenía.

Guillermo vivía en Tercera entre F y G, en el Vedado, en el apartamento 5 de un edificio al cual le habían convertido la planta baja en centro de salud mental. He olvidado otras cosas, pero no la dirección ni la casa de Guillermo. Una sala no muy amplia, con varios cuadros de arte universal en las paredes. Muebles muy finos, sobrios. A la izquierda, un balcón pequeño con varias macetas y plantas colgantes. Al centro de la sala, una mesa de caoba y una lámpara inmensa, como traída o copiada de algún país remoto. Debajo, su silla, la de Guillermo. Cuando llegué, no había casi nadie. Me saludó parcamente, con uno de esos gestos que no se sabe si son fruto del desdén o de la cortesía. Fue hasta la cocina. Sacó varios platos, con queso gouda, galletas y aceitunas. Los alumnos poco a poco fueron arribando. Para las diez de la noche ya no faltaba nadie, y el que faltaba evidentemente no iba a aparecer. Algunos llevaron botellas de ron, otros pomos de refresco, y una pareja de homosexuales trajo música. Sentí pena, porque no había llevado nada, solo mi boca, pero aquello era una charla, y nadie iba a ponerse pedante. Nadie repararía en ese tipo de cosas.

Me distraje un rato y salí al balcón. No había luna. Una noche horrible, de un silencio soso. Una noche sin misterio y muy poco desenvuelta. Sentí un aliento sobre el cuello. Una de las alumnas, una adolescente algo gorda y rosada, de las que adoran la ciencia ficción, hablaba muy despacio. Supuse que no hablaba con nadie, sino con ella misma, y me atrajo su peculiar modo de autoconfesarse. Después me miró, clavó su vista en mi cara, la mantuvo así, hincándome el cutis durante varios segundos, y ya no pude fingir. Hablaba conmigo. Yo no la entendía, pero se dirigía a mí, y hacerme el distraído no me pareció correcto.

—La oscuridad me da miedo —dije.

No contestó nada.

—Es un trauma de niño —agregué.

—La oscuridad no hace daño —dijo, y los ojos le brillaron con una luz blanca y sin término.

En ese momento pensé que todos los amantes de la ciencia ficción estaban locos y que el que no lo estaba muy pronto lo estaría, y también pensé que todos los amantes de la ciencia ficción al menos podían quedarse en el primer piso, cerca de Guillermo, cerca del profesor principal, cerca del escritor realista y de sus libros ya viejos, pero premiados.

—A mí me hace daño.

—No, no hace daño, la noche te traga, pero no hace daño.

Y entonces yo le dije: voy a protestar. Y ella me dijo: como quieras, pero será mejor que no protestes. Y yo, tambaleante, o como llamado a conciencia: está bien, entiendo. Y ella: okey, sin líos. Entré a la sala. Los asientos, ocupados. Me senté en el suelo. Guillermo conversaba y a veces nos daba la espalda y se iba y traía varios platos, platos exóticos. Yo era el único que no probaba bocado. Tienes que mantenerte lúcido, me aconsejé, no caigas en ese tipo de trampas. Los alumnos hacían sus preguntas típicas. Preguntas que más que preguntas parecían discursos o ganas de impresionar. Acotaciones de música y de plástica y de literatura. Pero Guillermo, muy calculadamente, se fue alejando de los terrenos del arte, y tras repasar sus viajes por la Unión Soviética y América Latina y comentar algo sobre la esposa chilena que tuvo, expandió la nostalgia hasta sus límites y describió los burdeles de La Habana de los 50, las múltiples y vigorosas orquestas del Paseo del Prado. Su voz me pareció diáfana y suave, una voz carente de idioma, de cualquier sentido lógico. Después no entendí lo que le preguntaron y perdí el hilo de la conversación. Después me miré los dedos y pensé que me gustaban, y repté por mi piel y también pensé que me gustaba reptar por mi piel. Después nos enteramos, los alumnos, de que Guillermo era amigo de Enrique Lihn. Alguien le preguntó que cuándo lo había conocido.

—En 1970 —contestó—. Yo había ganado mención en el Casa y él era jurado.

Luego habló de su libro, de la votación, de las callejuelas internas de los concursos y de la noche del premio:

—Guillermo —dijo Lihn—, ¿tú has visto algún fusilamiento?

Fuera de los dos escritores, alrededor de una mesa pequeña, en una habitación de hotel, se reunían varios periodistas y reporteros. A uno de ellos, fotógrafo de la agencia France Press, lo acompañaba una muchacha esplendorosa, lo que se dice en Cuba un monumento.

—Sí, hace como diez años, a fines del 60.

—¿A quién fusilaron? —dije yo.

—A un coronel batistiano.

—¿Dónde fue? —dijo Lihn.

—En La Cabaña.

—¿Lo impresionó? —pregunté.

Los periodistas andaban medio ebrios. La mujer, en cambio, comenzó a interesarse. Soltó la mano de su marido, o quizás no fuera su marido, sino solo su amante, y se acercó al diálogo. No físicamente, pero se acercó.

—Sí, me impresionó mucho —dijo Guillermo. Y luego hizo silencio.

Lihn se dio un trago. De ron, seguramente.

Guillermo prosiguió:

—Un esbirro, pero un tipo guapo —como si los términos fuesen antagónicos.

—¿Su nombre? —dije.

—No sé —dijo—. Larralde, creo que se llamaba o le decían coronel Larralde, pero no podría asegurarlo.

Entonces divisé la voz de Guillermo mientras surcaba el tiempo, de 1970 a 2011 y de 2011 a 1960, hasta la noche del fusilamiento.

—Larralde pidió que no le vendaran los ojos y pidió, además, dirigir el pelotón.

En La Cabaña, en la habitación del hotel y en el apartamento de Guillermo se hizo un silencio total.

—Cuando dio el «¡apunten!», un soldado vaciló. Se le había trabado el seguro al fusil.

Lihn sonreía con su sonrisa de felino sudamericano. Yo no, yo casi temblaba, era demasiado joven. La amante del fotógrafo de France Press no movía un músculo. Escuchaba.

—Calma, no se desesperen —dijo el coronel a la doble fila de cuatro soldados que le apuntaban al pecho—. Volvamos a empezar.

—Transcurrió cerca de un minuto. Larralde dio la orden. Luego resonó el estampido y luego ya —dijo Guillermo con algo de temor, atropellando las palabras, restándole dramatismo al suceso.

El cadáver sobre la tierra seca de La Cabaña, la brisa del mar, las heridas, las luces de La Habana. Aquí hay una historia, pensé.

—Coño, pero aquí hay una historia— dijo Lihn. Entonces tomé distancia.

—Gracias —dijo la amante del fotógrafo. Se puso de pie y agarró un vaso—. Yo sabía que mi padre había sido fusilado, pero no sabía cómo.

Tiempo después, en 1974, cuando Lihn volvió a La Habana, le dijo a Guillermo, mientras paseaban por la Catedral, que nunca iba a poder contar lo sucedido porque parecía inverosímil y entonces era mejor no escribirlo. Ahí se me ocurrió rescatar el tema. Salí de casa de Guillermo sin despedirme. Iba, no sé si ya lo he dicho, temblando, y justo a esa hora comenzó a llover. Un aguacero torrencial. Pero no corrí ni hice nada porque en esas situaciones uno no debe moverse demasiado. Sentí —siempre me sucedía lo mismo—, que había empezado a delirar y que el agua me estaba consumiendo, como si yo fuese un jabón y me estuviera gastando, pero yo sabía que no podía gastarme porque lo que había escuchado hacía un rato no se iba a gastar e iba a quedarse flotando hasta que otro amante de la literatura lo rescatara, y ese pensamiento, aparentemente tan ilegítimo, fue el que me hizo seguir avanzando hasta que logré reponerme.

El agua empezó a correr sobre mí, pero no de una manera especial, sino como corre sobre el resto de las personas, es decir, que se cuela en las ropas y se queda en el cabello y se coagula en gotas que se instalan en los sitios del cuerpo más impensados. Sitios de los que uno apenas ha oído hablar en la biología o en la medicina. Sitios que acaso, en el mejor de los mundos posibles, tengan referencia en dos o tres poemas, y ni siquiera en poemas, sino en dos o tres versos ejemplares.

Luego logré guarecerme y largué el relato en lo que quedaba de madrugada. Por la mañana lo envié a la redacción de Isliada. Yo andaba enfrascado, por esos días, en una serie de relatos, y supuse que tenía en las manos un texto distinto. Pero a las pocas horas me informaron que estaba cesante. O sea, el relato no se publicaría. No me tomó por sorpresa, pues todo lo que empieza tiene que terminar. Dije algo así como estoy muy agradecido, y me largué. Nunca supe la causa, pero debió haber sido por la incomunicación, por mi total indiferencia hacia los lectores. Siempre fui arrogante. Cuando se es joven no queda otro recurso.

Después me fui para Crónicas obscenas, el blog de un amigo, y seguí publicando algunas cosas. Pero ya nada era igual. A los dos meses le dije que no me apetecía trabajar por amor al arte y me marché. Dejé todo: el periodismo y la literatura. Yo era joven, y no he vuelto, desde entonces, a largar una línea. Al contrario, entré en el mundo de los negocios. Vendí latas de atún, trafiqué con alcohol de tercera y, para estar acorde con la época, no sin esfuerzos, logré abrir una cafetería. Me posicioné. Me hice famoso. Tengo luz para el dinero. Quizás porque nunca he dejado los libros, aun cuando no haya podido con los Annales Brunsvicenses de Leibniz. Tal vez, eso sí, un día lo cuente, la historia del esbirro fusilado, la historia de Guillermo Navas y la historia mía, aunque ya sin ánimos de nada, ni de prebendas ni de elogios, sin ambición alguna, por el simple gozo de contar, por puro entretenimiento.

Pero no sé si me sigan. Posiblemente no.

 

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La tarde de los sucesos definitivos
Álvarez, Carlos Manuel
Criatura Editora (2015)
Páginas: 88
UYU 350

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