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lo que había debajo de los escombros de la literatura rumana

Mircea Cărtărescu: un constructor de ruinas

Gonzalo Baz nos invita a descubrir un universo literario que no nos debería ser ajeno: el del rumano Mircea Cărtărescu, ganador del Premio Formentor del 2018, quien escribe desde la memoria de las ruinas dictatoriales de su país, con una pluma que cachetea la realidad de cualquier lector.

Mircea Cărtărescu: un constructor de ruinas

Sabemos poco de lo que se escribe en Europa del Este. Ni siquiera sabemos si es válido totalizar a todos los países que formaron parte del «bloque socialista» bajo esa denominación vaga, que abarca distintas lenguas, procesos políticos, históricos, religiosos. Hace relativamente poco, llegó a Uruguay la editorial Impedimenta (de España) con varios títulos de escritores del este de Europa como Jiří Kratochvil, Stanislaw Lem, Jaan Kross y Jirí Weil, entre otros, ¿por dónde empezar? En mi caso, como si fuera un niño, me dejé llevar por una tapa en la que había unos obreros posando con vestimentas bastante deterioradas, feminizados por un maquillaje un tanto exagerado, sosteniendo cada uno una flor en la mano. Además, en la tapa de este libro decía que la introducción era de Edmundo Paz Soldán, escritor boliviano que admiro. El libro se llamaba Nostalgia y su autor era un rumano, Mircea Cărtărescu.

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«A veces pienso que ser rumano significa ser pastor de las ruinas, arquitecto de las ruinas, amante de las ruinas», dice Cărtărescu en El ojo castaño de nuestro amor, un libro hecho de pequeños textos autobiográficos que muestra, en algunos trazos precisos, la forma en que la dictadura de Ceaușescu había calado en la vida de los rumanos: «Tras cincuenta años de dictadura fascista y comunista, no éramos un pueblo, una sociedad. Éramos un rebaño».

Esta es la Rumania en la que creció Cărtărescu, hijo de obreros llegados a Bucarest en busca de trabajo. A fines de los años ochenta escribió El levante, un extenso poema en prosa, publicado después de pasar por las tijeras de los censores de Ceaușescu. Este libro, escrito en la cocina, en los ratos libres, después de trabajar como maestro de escuela, y mientras mecía el cochecito de su hija recién nacida, lo llevó a convertirse en uno de los escritores más conocidos en Rumania. Se asoció a Cărtărescu con la denominada generación de los pantalones vaqueros, un grupo de poetas y artistas que comenzaron a nuclearse en el underground de Bucarest con una actitud de ruptura con el régimen hacia finales de los ochenta, cuando el hambre y la represión llegaban a su punto más insoportable. El nombre de esta generación surge de la costumbre de usar pantalones de jean, prenda que solo se conseguía de forma clandestina, una moda asociada a la disidencia.

En el ochenta y nueve se produjo la denominada revolución rumana que derrocó el poder, asesinó al presidente Ceaușescu y a su esposa (hecho transmitido por televisión pública), e instauró el proceso de apertura. Este período posrevolución dio entrada a un desplume neoliberal que desmanteló toda la economía y los mecanismos de seguridad social del país, y a una inflación que hacía la vida tanto o más difícil que en la Rumania comunista. La película Occident, de Cristian Mungiu, retrata la ironía de este nuevo período, la anomia de una generación intentando aprender los códigos de la vida capitalista, de consumo y flexibilización laboral. Por estos años salió Nostalgia, un libro de cuentos largos que significa el salto de Cărtărescu a la narrativa y que contiene algunos de los textos más conocidos del autor: «El ruletista», «REM» y «El Mendébil». A partir de Nostalgia, y en el transcurrir de varios libros, Cărtărescu montó el escenario de toda su narrativa: un Bucarest bajo las ruinas del comunismo, de inmensos complejos de bloques habitacionales y fábricas abandonadas, entre las que se pasea todas las noches. En este escenario, se despliega un catálogo de sus obsesiones y traumas, que acaban condensándose en su obra más ambiciosa hasta el momento: Solenoide.

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En las ochocientas páginas de Solenoide, Cărtărescu disecciona todos los temas de sus libros anteriores. Contiene al Mendébil de Nostalgia, al niño andrógino de Lulu y a Victor... El relato sobre Victor, su hermano gemelo, portador de una rara anomalía denominada Situs Inversus Totalis y desaparecido en confusas circunstancias en un hospital de Bucarest, que aparece en varios de sus libros. Las páginas en las que se habla de Victor en Solenoide son casi las mismas que las de El ojo castaño de nuestro amor, donde narra el hecho y lo que significó en toda su literatura.

Solenoide es el diario de un escritor frustrado. Un maestro de escuela que se dedica a enseñar lengua a niños llenos de piojos de los arrabales de Bucarest. Un retrato de la educación y el mundo del trabajo en la época represiva de los años del comunismo. Pero todo ese realismo de las conversaciones en las salas de profesores y las anécdotas de aquellos años se empieza a resquebrajar. Al salir de la escuela rumbo a su casa con forma de barco, construida sobre un solenoide, que a su vez fue colocado por un discípulo de Tesla sobre un terreno de alto valor magnético, la vida interior del maestro empieza a soltarse.

El protagonista, a través de un diario, registra todas las experiencias anómalas de su infancia. En este diario de anomalías, Cărtărescu ilustra las violentas intervenciones quirúrgicas a la que es sometido el protagonista. La violencia médica impartida tanto en la familia, como en la escuela. Las inyecciones, medicamentos, electroshocks, internaciones como forma de normalizar las vegetaciones aberrantes que brotan del cuerpo. Antiguos tratados de parasitología, muestrarios de medicina legal, manuales de psiquiatría, inventarios de órganos fuera de lo común, como el Inversus Totalis de Victor, arrastran al lector a pasearse por las galerías de un museo monstruoso.

Todo es aumentado en Cărtărescu, las imágenes, el dolor, las sensaciones. A través de sus instrumentos ópticos, podemos ver los tejidos de la realidad, sus texturas celulares. La cercanía con la que es visto lo real anula y hace volar en pedazos al realismo de lo cotidiano. ¿Será que la literatura realista solo puede mapear los lugares normalizados de lo real, los que se encuentran dentro de la experiencia esperada (volví a casa, me peleé con mi novia, se murió un amigo, fui a una fiesta y me drogué mucho, etc.)? Precisamente, la opresión de esa realidad llana es a la que los personajes de Cărtărescu se revelan, la búsqueda constante de un tipo de escape hacia otra dimensión, el solenoide que hace elevar al personaje y a Bucarest funciona como un símbolo de esa fuga. La realidad que nos ofrece Cărtărescu es extraña, una especie de cúpula gelatinosa en la que quedamos atrapados junto a esas piezas oscuras de la memoria que preferimos no iluminar, esas filtraciones del pasado en el presente que podemos llamar traumas. Sin embargo, al leer a Cărtărescu, no nos sentimos frente a un escritor fantástico; en su literatura todo es extraño porque todo es real, y la realidad está llena de dimensiones imperceptibles, campos magnéticos, organismos microscópicos y vida subterránea.

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