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a propósito de «Kentukis», de Samanta Schweblin

Amo y esclavo

La nueva novela de Samanta Schweblin atraviesa las diferentes relaciones que pueden establecerse a través de la virtualidad, con los otros y con uno mismo, y Matías Núñez nos las muestra a través de su particular lectura, en esta reseña de Kentukis.

Amo y esclavo

Let's dance little stranger,
show me secret sins!
Love can be like bondage,
seduce me once again…
The Lords of the New Church

Kentukis (2018), de Samanta Schweblin, es una novela coral de esas en las que cada personaje entona su propia historia en breves y vertiginosos capítulos. Tal vez, lo más correcto sería decir que es una novela donde lo que se multiplican son las pantallas y no las voces, ya que cada personaje forma parte de una red global de exhibicionistas o voyeristas.

Y es que el asunto de la novela desborda contemporaneidad: alguien compra una mascota que es en realidad un peluche ultratecnológico que permite a alguien más ingresar en la casa del amo a través de un sistema de cámaras insertas en la mascota y con conexión a Internet. El amo o dueño de la mascota es fiel reflejo del aislamiento en el que hoy en día viven gran parte de los individuos y que, en lugar de conseguirse un gato que haga menos triste la llegada del trabajo a una casa vacía, se compran un peluche a través de cuyos ojos, alguien observa. La mascota, o el intruso cuya identidad el amo desconoce, es por veces otro solitario en busca de compañía, pero puede llegar a ser también la típica persona que acecha en las redes sociales en busca de cualquier dato íntimo de la vida de la gente: sus rupturas familiares, sus infidelidades o, por supuesto, algunas imágenes de su cuerpo desnudo.

Qué puede llevar a alguien a exhibirse sin tener en cuenta quién puede estar del otro lado no es algo que esta nota pretenda analizar desde un punto de vista sociológico (algo bastante inútil, por cierto, ya que la sociología va muy por detrás de los cambios en las conductas humanas que produce la tecnología). Lo que sí puede decirse es que la novela de Schweblin enciende cientos de pantallas en los hogares de las más exóticas regiones del mundo y releva una serie de relaciones que, lejos de poder ser concebidas como predicciones futuristas, muestran la irresponsable y excitante libertad con la que las personas subimos a las redes fotos de nuestra borrachera más decadente (para que las pueda ver, por ejemplo, el tipo que evalúa nuestra postulación a un trabajo); o imágenes de nuestras últimas vacaciones familiares en alguna playa llenísima de palmeras con la intención de presumir nuestro poder adquisitivo (para que alguien, por ejemplo, dedique toda su atención al bikini de nuestra hija de dos años).

Y es que, en este sentido, buscar likes sumando una foto sorprendente a otra foto sorprendente; aceptar la «amistad» de alguien que se denomina Alfonsina2000 y que por imagen de portada tiene el estereotipo de una modelo de Victoria Secret (cuando en realidad es un hacker ruso ansioso por vaciar nuestra cuenta bancaria) no son cosas del futuro ni tampoco novedosas. Pero dentro de esta precipitación al abismo de intimidades de la aldea global, el entramado de historias a través de las que Schweblin muestra esta realidad es preciso y multifacético, pródigo en casos singulares. Quizás el ambicioso relevamiento de lo que existe desde todos los ángulos no basta para sostener una estructura novelesca tradicional, ya que los conflictos que surgen de estas interacciones intercontinentales entre amos y mascotas se diluye en una especie de suma de aguas fuertes contemporáneas. De todos modos, una supuesta estructura una narrativa convencional tampoco cazaría nada bien con una novela que hace de lo fragmentario y virtual su tema explícito. Y es que más allá de la armonía entre forma y contenido, el talento de Schweblin hace que cada historia de estos voyeristas y exhibicionista nos permita hurgar en la intimidad de las personas, reconocernos en sus miserias, caprichos y, afortunadamente, también en las pequeñas victorias que se logran contra la soledad.

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