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la dimensión levrero #6

A la caza del tiempo secuestrado

Se cierra la puerta de la dimensión levreriana que abrió Matías Núñez para introducirnos en un universo literario que sigue sorprendiendo a miles de lectores hasta el día de hoy.

A la caza del tiempo secuestrado

Mario Levrero contra las instituciones de secuestro

A lo largo de esta serie de aproximaciones a Levrero dije que la veta autoficcional de su literatura comenzó con la escritura del borrador de La novela luminosa. En términos estrictamente editoriales, sin embargo, el principio fue la publicación de «Apuntes bonaerenses» y «Diario de un canalla», que aparecieron en El portero y el otro (1992) junto con la «Entrevista imaginaria con Mario Levrero». Este volumen de cuentos, el más ecléctico y multiforme de la obra levreriana, baraja en estos tres textos algunos hitos de la personalidad de Levrero y funde en una misma imagen la «santísima trinidad» autor-narrador-personaje. «Apuntes bonaerenses» y «Diario de un canalla», por ejemplo, abordan las peripecias de un mismo personaje que vive solitariamente en Buenos Aires, que se dedica a un trabajo que le gusta (idear juegos de ingenio para una revista) pero que lo aleja de la actividad literaria y, por tanto, de su dimensión espiritual.

Estos textos (apuntes, diario y entrevista) coquetean con la posibilidad de decir una verdad sobre el mundo y sobre uno mismo. Desde ese lugar, a mitad de camino entre la confesión y la construcción de una biografía espiritual (donde la única vida que cuenta es esa que coincide con el momento de escribir), Levrero introduce uno de los principales tópicos de su obra autoficcional: el «ocio creador», el tiempo que permite encontrarse a uno mismo y escribir.

En esta línea, el trabajo y la medicina son dos elementos emblemáticos de la sociedad contemporánea que el autor critica amargamente por interponerse entre el individuo y su espíritu. Y a pesar de la aparente candidez bajo la que se enmascara la mirada levreriana, las críticas a la alienación del sujeto bajo el imperio de la productividad que se desarrolla en estos tres textos de El portero y el otro están basadas, por ejemplo, en algunos de los presupuestos filosóficos de Michel Foucault. Básicamente, en la idea de que la disciplina que regula las relaciones de producción se ampara en mecanismos que sancionan aquellas actividades que no son productivas en términos económicos, pero también se dirime en ese territorio o espacio sobre el que el poder ejerce finalmente el «secuestro»: el cuerpo.

Hecha esta asociación entre tiempo de trabajo y tiempo secuestrado como una mera existencia dedicada a la producción, el ocio y las actividades artísticas adquieren para Levrero una dimensión espiritual de importancia fundamental. La actitud «canallesca» (de ahí que el diario sea de un canalla) queda determinada entonces por la imposición de las tareas remuneradas por encima de la actividad espiritual, algo que el emprendimiento literario, de algún modo, pone en riesgo:

Temo recuperar la memoria de mí mismo. Temo perder la disciplina, casi, militar, que ahora tengo, y con ellas mis ganancias en dinero y, por qué no decirlo, en ciertas formas de salud: me despierto más temprano, más ágil, más interesado en cosas del llamado ‘mundo exterior’, con un talante más afable y sintiendo el cuerpo menos dolorido. Tengo ciertas alegrías y bienestares que antes no conocía. También disfruto de algunos bienes materiales que antes no tenía ni creía posible llegar a tener, como, por ejemplo, una heladera eléctrica. Sin embargo, sé íntimamente que esas formas de salud son formas de enfermedad, porque todo lo que pueda estar disfrutando ahora tiene un tinte sospechoso, y un precio atroz. Este precio es algo bastante parecido al desprecio, a un íntimo desprecio por mí mismo.

A partir de aquí, para Levrero, cualquiera que no cumpla o, directamente, se oponga a las prerrogativas del sistema se convierte en un «héroe».

Él ágora de los anormales

La plaza pública es el lugar de reunión por excelencia, donde la soledad y la incomunicación del protagonista de «Apuntes bonaerenses» se manifiestan con más claridad. En la plaza, el narrador dedica su atención a la absurda «industria» de alimentación de las palomas, pero también a los outsiders urbanos que confluyen en ese sitio. «El Hombre que Desafiaba al Sol», por ejemplo, lleva adelante una secreta misión espiritual que el narrador intenta descifrar. En su «resistencia» marginal contra la sociedad, esta delata sus perversiones y costumbres nocivas. Lejos del relato épico del héroe, el personaje es descrito desde el humor. Y esta clave humorística es uno de los principales argumentos que se esgrimen para refutar el carácter confesional de la literatura autoficcional de Levrero, disolviendo su obra en la corrosiva ironía posmoderna.

Pero el humor es utilizado para generar empatía con el lector desde una dimensión que desdramatiza los episodios que se describen, entablando un tipo de comunicación que no apela solo a lo sensible, sino también a una identificación en lo cotidiano, ya que quien se expone a sí mismo como objeto de la burla propone una reconciliación con lo terrenal que surge de la asunción de las miserias humanas.

El humor y hacer de uno mismo el objetivo de la risa es una estrategia retórica que, en lugar de desacreditar lo que se dice, integra al discurso las posibles críticas que podrían generar los postulados de quien habla y las anula, ya que lo que no se formula desde la ingenuidad, no solo se vuelve motivo de reflexión y se hace consciente, sino que, de hecho, «se dice a pesar de todo».

En todo caso, podría interpretarse una ironía en torno a lo que dice el narrador de estas experiencias espirituales si el resultado propuesto por el texto fuese la iluminación o el ascenso definitivo del protagonista por sobre los «simples mortales». En su lugar, se plantean las contradicciones de un personaje que se vuelve el objeto mismo del humor. Tal vez, el último gesto que deja claro el cierre de una etapa de ansiedad y dolor por parte del narrador, el comienzo de una nueva vida desde la perspectiva dual de mirar con humor los eventos trágicos del pasado, queda representado por la caída, precisamente, de su «héroe», «El Hombre que Desafiaba al Sol», ese «aristócrata espiritual» que parecía concentrado en un lucha mística e inasible, dejándose abrasar por el sol del verano de una manera casi suicida, escindido de la sociedad y sus vanas preocupaciones materialistas.

Ha caído mi ídolo. El Hombre que Desafiaba al Sol en la plaza sigue en la plaza y al sol, pero hoy se ha puesto un sombrero ridículo, de paja trenzada o su imitación en plástico, liviano y blando, femenino, con dibujos de flores en trama del trenzado. Es cierto que él no ha perdido su dignidad y lleva el sombrero de modo natural sin mostrar vergüenza; pero es evidente que la tragedia se ha transformado en comedia.

La invitación a reírse de la torpeza del protagonista, de algún modo, es también una invitación a reírse de uno mismo, ya que propicia el tono cómico centrado en la reconciliación entre lo terrenal y espiritual, en la asunción de las miserias de la vida cotidiana a partir de la risa humanizada. Un tono que, sin importar las circunstancias, recorre toda la obra autoficcional de Levrero.

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