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DIFUSIÓN

Leé un fragmento de «La promesa de la felicidad» de Sara Ahmed

Compartimos un fragmento de «La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría» de la británica Sara Ahmed, editado por Caja Negra Editora. ¿De qué manera el mandato de la felicidad actúa como una técnica disciplinaria que organiza nuestro mundo y direcciona nuestras conductas?

«La promesa de la felicidad» de Sara Ahmed (Caja Negra, 2019)

Nacida en Inglaterra pero criada en Australia, Sara Ahmed es una escritora feminista y una académica independiente. Sus áreas de estudio se centran en la intersección de las teorías feministas, las políticas queer, el postcolonialismo y las luchas antirracistas, y sus aportes teóricos son fundamentales para entender los regímenes globales de producción de lo sensible. Hasta 2016 fue profesora de Estudios Culturales y Raza y directora del Centro de Investigaciones Feministas en Goldsmiths, Universidad de Londres, y trabajó también sobre estudios de género en la Universidad de Lancaster. Entre sus libros se encuentran Vivir una vida feminista, La política cultural de las emociones, Willful subjects, queer phenomenology: Orientations, objects, others y Differences that matter: Feminist theory and Postmodernism. Su página web es www.saranahmed.com


Introducción: ¿Por qué la felicidad? ¿Por qué ahora?

En los más diversos contextos, se caracteriza a la felicidad como el objeto del deseo humano, la meta de nuestros empeños y aquello que da propósito, sentido y orden a la vida humana. Según Bruno S. Frey y Alois Stutzer, “todos queremos ser felices. No debe haber ningún otro propósito de vida que goce de tan alto consenso”.[1] Con ello, acaso no hacen más que describir un consenso en torno a la idea de que la felicidad es el consenso. ¿Participamos de este consenso? Y en tal caso, ¿qué estamos consintiendo con ello?

Inclusive un filósofo como Immanuel Kant, que sitúa a la felicidad individual fuera del dominio de la ética, sostiene que “ser feliz es necesariamente el anhelo de todo ser racional pero finito, y por ello es un fundamento determinante inevitable de su facultad de desear”.[2] Sin embargo, también lamenta “que el concepto de la felicidad sea un concepto tan indeterminado que, aunque todo hombre desea llegar a ella, sin embargo nunca puede decir de modo determinado y acorde consigo mismo qué quiere y desea propiamente”.[3] Es decir que, si bien anhelamos la felicidad, no necesariamente sabemos qué queremos cuando anhelamos la felicidad. La felicidad podría incluso conjurar su propio anhelo, o preservarse en cuanto anhelo siendo aquello que nunca se da.

Felicidad: un anhelo, un propósito, un deseo. A lo largo de este libro, me preguntaré qué significa el hecho de que pensemos la felicidad en estos términos. La pregunta guía, por ende, no habrá de ser “¿qué es la felicidad?”, sino antes bien “¿qué hace la felicidad?”. No ofreceré una definición de felicidad, un modelo de felicidad auténtica, ni un conjunto de instrucciones para alcanzarla: no tengo nada de esto para ofrecer, y de antemano advierto que escribo estas páginas desde la posición de una incredulidad escéptica respecto de las supuestas bondades de la felicidad, entendida como una técnica para vivir bien. Lo que me interesa es cómo la felicidad aparece asociada a determinadas elecciones de vida y no a otras, cómo se la concibe como algo que se desprende de ser determinado tipo de ser. La historia de la felicidad puede pensarse como una historia de relaciones. Cuando anhelamos la felicidad, anhelamos que se nos relacione con ella, lo que por transitividad supone que se nos relacione al conjunto de cosas relacionadas con ella. Y acaso sea la promesa de que la felicidad es aquello que se recibe por establecer las relaciones correctas la que nos orienta a relacionarnos con determinadas cosas.

La felicidad dicta la organización del mundo. Debo esta idea de la felicidad como una forma de construcción del mundo al trabajo de los estudios feministas, negros y queer, que se han ocupado de mostrar distintas formas en que la felicidad se emplea para justificar la opresión. La crítica feminista del “ama de casa feliz”, la crítica negra del mito del “esclavo feliz” y la crítica queer de la sentimentalización de la heterosexualidad en términos de “dicha doméstica” me han enseñado mucho acerca de la felicidad y las condiciones de su encanto. En torno a cada una de estas críticas se nuclean extensas tradiciones de activismo político y práctica intelectual, dedicadas a exponer los desafortunados efectos de la felicidad y a enseñar de qué manera se ha utilizado a la felicidad para redefinir ciertas normas sociales como bienes sociales. Podríamos decir, incluso, que estos movimientos han luchado más contra la felicidad que en favor de la felicidad. Simone de Beauvoir señala con acierto que el deseo de felicidad se traduce en una forma política concreta, una política de la ilusión, una política que exige a los demás vivir conforme a ese deseo. En sus propias palabras, “no sabemos demasiado lo que significa la palabra felicidad, y mucho menos cuáles son los valores auténticos que encubre; no hay ninguna posibilidad de medir la felicidad ajena y siempre es fácil declarar feliz una situación que se quiere imponer”.[4] Retomo estas críticas de la felicidad para hacerme algunas preguntas acerca del anhelo de felicidad. Necesitamos volver a estas críticas en este momento, para dar respuesta al mundo de este momento. ¿Por qué la felicidad? ¿Por qué en este momento? Ocurre que nuestro momento podría ser descripto como el de un “giro hacia la felicidad”, y en parte este libro ha sido escrito como respuesta a dicho giro.

 

El giro hacia la felicidad

¿Qué quiero decir con “giro hacia la felicidad”? Es innegable que en los últimos años se han publicado numerosos libros sobre la ciencia y la economía de la felicidad.[5] El éxito de las culturas terapéuticas y de los discursos de autoayuda también ha hecho lo suyo: existen hoy incontables volúmenes y cursos que nos enseñan a ser felices echando mano a una gran variedad de saberes, entre los que se cuentan la psicología positiva y diversas lecturas (a menudo orientalistas) de determinadas tradiciones orientales, sobre todo el budismo.[6] Incluso se ha vuelto común hablar de la “industria de la felicidad”; la felicidad es algo que se produce y consume a través de estos libros, y que acumula valor como una forma de capital específica. La periodista Barbara Gunnell señala que “la búsqueda de felicidad sin duda está enriqueciendo a muchas personas. La industria del bienestar es próspera. Las ventas de libros de autoayuda y cds que prometen una vida más satisfactoria nunca han sido mayores”.[7]

Los medios están saturados de imágenes e historias de felicidad. En Gran Bretaña, muchos periódicos tradicionales han decidido incluir “especiales” sobre la felicidad y en 2006 se emitió un programa de la bbc dedicado al tema, The Hapiness Formula [La fórmula de la felicidad].[8] El giro tiene incluso dimensiones internacionales; en Internet, podemos consultar el “Índice del planeta feliz” y otras encuestas e informes que miden la felicidad del mundo, como así también de cada Estado-Nación en particular y de manera comparativa.[9] Los medios de comunicación son afectos a reproducir este tipo de investigaciones cuando sus hallazgos no se condicen con las expectativas sociales; es decir, cuando los países en vías de desarrollo terminan siendo descriptos como más felices que los hiperdesarrollados. Veamos el comienzo del siguiente artículo: “¿Quién lo creería? ¡Bangladesh es la nación más feliz del mundo! La de los Estados Unidos, por su parte, es una historia triste: ocupa apenas el puesto número 46 de la World Happiness Survey [Encuesta de felicidad mundial]”.[10] La felicidad o infelicidad se convierte en noticia porque desafía ideas prexistentes acerca de la situación social de determinados individuos, grupos o naciones, y a menudo la publicación no hace sino confirmar dichas ideas por medio del lenguaje de la incredulidad.

También se advierte un giro hacia la felicidad en los marcos de referencia de la política y los gobiernos. Desde 1972, el gobierno de Bután mide la felicidad de su población, que se traduce en su cifra de Felicidad Bruta Interna.

En Gran Bretaña, David Cameron, líder del partido conservador, se explayó acerca de la felicidad como valor de gobierno, lo que a su vez condujo a un debate en los medios acerca del nuevo laborismo y su proyecto de felicidad y “bienestar social”. Distintos gobiernos comienzan a introducir la felicidad y el bienestar como activos mensurables y metas específicas de sus programas, complementando el Producto Bruto Interno con lo que ha llegado a ser conocido como el Índice de Progreso Real (IPR).[11] La felicidad se ha convertido en un modo más genuino de medir el progreso; la felicidad, podríamos decir, es el nuevo indicador del desempeño.

No sorprende, entonces, que su estudio se haya convertido en un campo de investigación por derecho propio: la publicación académica Happiness Studies tiene una reputación establecida y existen varios profesorados en estudios de la felicidad. Hacia el interior de la investigación científica, el giro se hace notar en un vasto espectro de disciplinas, entre las que se cuentan la historia, la psicología, la arquitectura, la política social y la economía. Es importante prestar atención a este fenómeno y reflexionar no solo acerca de la felicidad como forma de consenso, sino también acerca del aparente consenso existente a la hora de usar la palabra felicidad para designar algo.


Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Buenos aires: Caja Negra Editora.

Disponible en librería la última semana de marzo.

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