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Difusión

Leé un fragmento de «La mujer desnuda», de Armonía Somers

Compartimos algunas páginas de La mujer desnuda (Criatura editora, 2020), una novela de la escritora uruguaya Armonía Somers, publicada por primera vez en la revista Clima en 1950. En ella Rebeca Linke, su protagonista, se corta la cabeza y se sumerge en el bosque, sangrante, rebelde y onírica, en busca de su identidad.

Ilustración de Carolina Ocampo en «La mujer desnuda», (Criatura editora, 2020)

Armonía Liropeya Etchepare Locino nació en Canelones en 1914 y fue maestra y pedagoga. Creó el seudónimo Armonía Somers para firmar La mujer desnuda, su primera obra publicada, que fue un escándalo para el ambiente literario uruguayo de su época. Editó después El derrumbamiento (1953), De miedo en miedo (1967) y Un retrato para Dickens (1969), y —ya retirada de su profesión para dedicarse a la literatura— las novelas Viaje al corazón del día Solo los elefantes encuentran mandrágora (1986). En forma póstuma se publicó El hacedor de girasoles (Montevideo, 1994). Su obra ha sido traducida al inglés, al francés y al alemán, y estudiada en diversas universidades del mundo por su rupturismo, su feminismo palpitante y su calidad literaria.

Esta versión de su primera novela que presenta Criatura editora no había vuelto a ser editada desde que apareciera en las últimas páginas de la revista Clima en 1950.


Rebeca Linke comenzó a caminar en dirección a la pradera. Estaba mal defendida para eso. Nunca había andado descalza sino en la alfombra o en la arena. Pero decidió entregarse sin protesta al rito bárbaro de los espinos. ¿Qué podía importarle ya el aguijón de aquellos estúpidos seres, fatalizados por debajo al pie y al cielo por arriba? Ella no llevaba pensamiento encima, ni siquiera para cuestionar la esclavitud de las zarzas. Pero le pareció, ante todo, ridículo y absurdo lamentarse. Llevaba las manos vacías. Eso la invitó a rememorar, con cierta vaguedad, su pobre pasado, lo que había sido su pasado en aquellas manos. Ahora las tenía completamente limpias. Mientras seguía andando, se le ocurrió levantar sus palmas. Miró las rayas con la luna. Imposible interpretar allí ningún destino. Pero le pareció leer claramente algo —— algo que nunca había sospechado ella llevar encima. Luego bajó las manos, se acarició a sí misma, de flanco. A medida que caminaba, iba sintiendo el mecanismo del hueso oculto. Le pareció extrañísimo que eso tan recio, tan fuerte, pudiera estar cubierto en forma tan precaria. Cuando la caricia le llegó hasta el pecho, tuvo un sacudimiento. Sus senos pendían tiernos, no ya con la firmeza de los primeros tiempos de la despuntadura. Pero eran dulces, mucho más dulces en esa pesantez insinuada. Los levantó con un gesto de abundancia.

Así fueron quedando atrás las zarzas y comenzó la pradera lisa. No tan lisa ni deshabitada como mirada desde lejos. La pueblan miles de ojos, la trituran miles de dientes. Pero tampoco le inquietó nada de eso. Bastaba con sumar ella su vida.

Tuvo algo así como media hora de pradera. Y de pronto ocurrió la gran aventura: el bosque. Rebeca Linke vivió un minuto extraño, casi terrorífico. Los árboles le habían nacido de golpe, apretados, negros, y con aquel terrible cuchicheo que se hizo de pronto como la suma de miles de alientos sobre su rostro. La mujer, que había marchado en diagonal, estaba ya de lleno en la ruta de arena mezclada de hojas muertas que separaba el bosque del río. Sintió en toda su bondad el alivio de aquella blandura bajo los pies, desgarrados por la travesía de la pradera, y hubiera querido tenderse un momento, entonces, cuando ya podía contemplar el cielo sin necesitarlo. Pero le pareció, de pronto, que el bosque aquel la había descubierto, que la estaba espiando. Porque se acostumbrase ella al suspirante secreteo de la masa o porque, en realidad, la masa hubiera callado, lo cierto fue que la envolvió de golpe en un silencio brutal, un silencio de conspiración en muchedumbre.

La mujer desnuda apretó el paso en la arena. Luego, su nuevo ritmo se transformó en una alocada carrera, una carrera a la grupa del bosque, que duró lo que aquellos árboles quisieron que durase, parados sobre su única pierna, y sabiendo las cosas terroríficas que se estaban callando. Fue en el final de ese suplicio cuando la mujer, casi sin aliento, encontró un último árbol, separado de la colectividad, y como disintiendo. Eva volvió a otro lado sus ojos, los ojos de su cabeza flotante. A causa de su nuevo estado, nada podía inquietarle. Ni el árbol distinto, ni la serpiente misma si la cuestionara. No quería, siendo mujer de su propia noche, volver a encontrarse en revisión de proceso después de tantos siglos. Bastaba ya con que hubiese pagado su bárbaro asesinato de Holofernes (Judith besó en el aire aquella boca), bastaba con Salomé, con Magdala. Todo había sido dolor desde el principio. Luego, para aumentarlo, el capítulo nuevo. Vio cómo un hombre vulgar hundía la cabeza en la almohada y se precipitaba en el sueño. Era terrible la afantasmada vida que llevaban las mujeres de aquellos hombres sin historia y sin nada. Pero ocurría que, cada noche, ellos dormían en esa misma forma, con un suave colgajo de baba en las comisuras. Y no se podía hacer otra cosa que no fuera amar ese sueño, ese estúpido sueño con la boca entreabierta y un confiado ronquido. ¿Cómo podría atreverse de nuevo nadie, ni el dueño mismo del paraíso, con aquella mujer cargada de sabiduría y de destino, a cuyo través se habían entablado tantas causas, por una culpa tan remota, y para terminar velando aquel torpe sueño?

Fue en tal punto de su rebelión donde comenzó la nueva vida real de una mujer de treinta años, que había dejado su existencia atrás, sobre una franja sin memoria. La mujer desnuda iba ya a colocar el pie confiadamente sobre la hierba (su pie de siempre, menudo y grácil, aun en aquel trance de envilecerse con los espinos y la sangre mezclada con tierra), cuando descubrió la casa.


Somers, Armonía. La mujer desnuda. Montevideo: Criatura editora, 2020, pp. 21-23.

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