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Difusión

Leé «Posesión», un relato de Claudio Burguez

Compartimos el relato «Posesión», recogido en el libro Las cosas que quiero no se quieren entre sí, de Cluadio Burguez, publicado por la editorial uruguaya Pez en hielo. 

Leé «Posesión», un relato de Claudio Burguez

Claudio Burguez es diseñador gráfico, director de arte y escritor. Estudió Bellas Artes, guion cinematográfico y edición. Sus textos han sido reseñados en blogs argentinos, españoles y en revistas digitales uruguayas. En 2006 publica su primer libro, Finlandia, en 2010 publica El gran algo, junto con Stephanie Amaro y en 2011 Perro de aeropuerto, una selección de relatos y poemas de dos libros inéditos.


Posesión.

No sé si la adoptaron o si es una sirvienta de confianza. Solo veo que come con ellos en el bar Expreso Pocitos, que está aburrida y que apenas les dirige palabra. Están frente a mi mesa y escucho que la llaman Daniela.

Es muy joven, su piel oscura contrasta en color y calidad con los tres ancianos pálidos que la rodean.

El señor sentado frente a ella es el mayor de todos, tiene un pañuelo de seda por debajo de una impecable camisa rayada celeste y, por los hombros, un saco escocés color café, coronado por un pañuelito azul en el bolsillo superior. Bebe su refresco y casi no habla. Hay algo automático en sus gestos, parecen regidos por algún tipo de logaritmo y los repite todo el tiempo.

Daniela distribuye miradas certeras por todo el bar, eructa y se comporta grosera con sus acompañantes, especialmente con la señora que está al lado del anciano. Hace gala de un asco tan profundo como cinematográfico. La señora, de unos setenta años, tiene la piel tensa por notorias cirugías y los labios demasiado rojos. Pero algo raro pasa con su boca. Tiene las cejas pintadas y un pequeño sombrero de terciopelo negro sobre su pelo amarillo. Bebe un cóctel del mismo color que sus labios, mira fijo a Daniela y no para de hablarle. De la señora recibo palabras sueltas, como Portezuelo o jazmín. Daniela viste vaqueros y una remera blanca; pasa su mirada por la cara pintarrajeada de la veterana y mira para otro lado.

El Expreso Pocitos está lleno esta noche, casi todas las personas son mayores de setenta y parecen conocerse, se saludan con la complicidad de un club privado, y ese club no es este bar, es este barrio. Sus miembros son vecinos, compraron casas en Punta del Este, tuvieron nietos y vieron juntos cómo la ciudad se transformaba, el país sumaba otros dueños y la periferia se animaba a adquirir propiedades, y si no podía, a pasear por sus calles. Miro por la ventana y afuera, la calle Benito Blanco, ya no es Pocitos.

El señor que está sentado al lado de Daniela tiene unos sesenta y cinco años, pero viste como un teenager: championes de marca, pantalones muy justos de jean y camisa escocesa de colores fuertes. Tiene abundante pelo teñido de negro azabache, la cara muy arrugada y los ojos grises. Con una mano hace tintinear su gran anillo de oro con iniciales contra el vaso de whisky, y juega con el dedo revolviendo el hielo, con gesto de playboy gastado. La otra mano descansa distraída sobre el respaldo de la silla de Daniela, no la toca porque ella está apoyada con todo su cuerpo sobre la mesa. Este señor tiene un color de piel más pálido que los otros dos y le habla a Daniela con una sonrisa apenas sugerida mientras mira furtivamente a la señora que tiene enfrente.

Hay algo extraño en ese trío, lucen como muñecos representando a tres seres humanos, como en la serie de ciencia ficción de marionetas Joe 90. Todos los detalles están cuidados y todos los accesorios los llevan puestos. No puedo saber bien de qué hablan, solo tengo una sensación fea cuando veo sus bocas: el sonido de sus palabras está ligeramente fuera de sincronía con el movimiento de sus labios y ese delay me da miedo, y ese miedo me despierta.

Desde esta mesa solo puedo ver que están sentados contra la ventana, hicieron un corral alrededor de Daniela y le hablan sin parar.

Esto pasa en el Expreso hoy, viernes de noche. Ordenan por ella otro refresco y Daniela mira para cualquier lado que no sea su mesa. Acepta todo, rechaza todo. Busca a alguien para regalarle su fastidio y encuentra en un rincón mis ojos atentos, dispuestos a odiar si la causa lo merece.

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