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Difusión

Leé un fragmento de «Checkpoint» de Elsa Drucaroff

Compartimos un fragmento de «Anteúltima cita», el primer relato recogido en Checkpoint (Paginas de espuma, 2019), primer libro de cuentos de la escritora argentina Elsa Drucaroff. El activismo político, la ecología, el feminismo o la sexualidad se cruzan en este punto de chequeo que nos obliga a revisar nuestro equipaje.

Elsa Drucaroff. Foto: Catalina Batolomé.

Elsa Drucaroff nació y vive en Buenos Aires. Doctora en Ciencias Sociales y Profesora de Lengua y Literatura, enseña e investiga hace décadas en la Universidad de Buenos Aires. Escribió cuatro novelas: La patria de las mujeres, Conspiración contra Güemes, El infierno prometido (Premio Especial Ricardo Rojas, gobierno de la Ciudad de Buenos Aires) y El último caso de Rodolfo Walsh. Fue traducida a varios idiomas. Publicó los ensayos Mijaíl Bajtín, la guerra de las culturas, Roberto Arlt, profeta del miedo, Los prisioneros de la torre. Política, relatos y jóvenes en la postdictadura y Otro logos. Signos, discursos, política. Coordinó el volumen XI de la Historia Crítica de la Literatura Argentina que dirigió Noé Jitrik. Dio numerosas conferencias y cursos en universidades latinoamericanas, europeas y de América del Norte. Enseñó en escuelas secundarias y en un Bachillerato Popular. Dictó el primer seminario de Escritura Creativa de la Carrera de Letras (UBA).


|Anteúltima cita|

Aunque las cifras oficiales determinaron ciento noventa y cuatro muertos in situ en el recital de la banda Callejeros, el 30 de diciembre de 2004, tres años más tarde, a raíz de graves secuelas físicas y psicológicas de la tragedia, se suceden fallecimientos de sobrevivientes, elevando la cifra final a ciento noventa y nueve víctimas.

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Ella sabe, tiene la absoluta certeza de que él es una porquería y que la reunión solo va a traerle más dolor y más rabia pero al fin y al cabo es madre. Él está harto, lo irrita todo de ella: su voz nasal en el teléfono, «tenemos que hablar», el modo en que se la siente respirar por la nariz a través de la línea. Lo irrita que respire. Sabe que está mal, que no debe ser así, que le hace mal a su hijo, es padre y le importa; por eso, para no irritarse todavía más trata de verle la cara lo menos posible, por eso y porque sabe, tiene la absoluta certeza de lo que ella va a decirle y de que va a contestar que no (ella sabe que él va a decirle siempre que no a todo lo que pueda, está segura). Él viene explicándole hace meses que tiene mucho trabajo, que encontrar tiempo para un café es complicado, que se le viene encima el fin de año. Ella insiste porque sabe que él es un padre cómodo que si puede no se ocupa, no se interesa, no destina tiempo para hablar de su hijo con ella, su trabajo siempre está primero, ese trabajo tan interesante pero que nunca da el dinero suficiente cuando ella sabe (tiene la absoluta certeza) que él podría ganar mucho más si realmente lo quisiera, si realmente su hijo le importara, porque él antes, cuando estaba con ella, ganaba mucho más. Ella ha insistido porque tienen que hablar, es importante, es urgente y ella sabe insistir, sostenerse como un tábano; él conoce esa fuerza insoportable, la sufrió, es simple: ella insiste y gana porque si se prueba y se trata y se prueba y se trata y se prueba y se trata sin límite, alguna vez el otro cede aunque más no sea para dejar de escucharla zumbar cuando no se la puede aplastar de un golpe, porque ella no es tábano ni mosca y si la aplastás vas en cana, así que al final, para callar esa voz nasal que se queja todo el tiempo, ese grano infectado en el medio del culo, decís que explote y ya, hasta la próxima vez, que escupa su pus y se seque un ratito, a ver, ¿podés el jueves después de mediodía?

Así que ahora hay una cita. Y ella sabe que va a ser doloroso y además inútil y siente la adrenalina que circula por sus venas, el hueco en el estómago que anticipa la impotencia, el dolor, la rabia que va a sentir cuando él le diga que no, pero está parada frente al placard buscando su mejor pollera, de corte elegantísimo, la que deja ver el final de sus pantorrillas todavía bien firmes, delicadas, la que resalta sus nalgas redondas y bien paradas (dieciséis años atrás él lo elogiaba), la cintura que desde entonces apenas se ensanchó en tres centímetros, ella sigue delgada y alta, casi no echó panza. Busca la pollera y piensa que es demasiado linda, él va a creer que se la puso para él y además puede parecerle de noche porque es oscura, no se encuentran a una hora para vestir de noche, pero la tela es algodón, se ve que no es de fiesta. Busca el top color manteca, escotado aunque discreto, le queda perfecto bronceada. Pancho se restriega contra sus piernas, ella sabe que el perro la quiere, se agacha y lo acaricia con gratitud, Pancho la entiende y le lame dulcemente la mano, ella sabe que el perro le está diciendo «ánimo, estoy aquí».

Él la ve entrar y le parece repugnante: vieja, agria, ácida, seca (piel arruinada por el sol), desgrasada (grasas consumidas por el odio), mal vestida con una pollera de fiesta y una remera ridícula, no sabe decir por qué. Sabe: dan asco los hombros y los brazos con músculos que se elongan bajo la piel vieja, ejercitados seguro con pequeñas mancuernas. Cuando va al gimnasio él ve mujeres tomando clase y puede imaginarse a esta ahí, los puñitos cerrados aferrando la pesa, golpe rítmico imaginado contra una mandíbula que tiene nombre, el nombre de él, del padre de su hijo, su víctima, el imbécil que una maldita vez se enamoró de ella y fue todavía más imbécil y tuvo un hijo con ella, un hijo hermoso, el sol, la inmensa dicha de su vida pero también el horror de su vida porque hace catorce años que tiene una tenaza que le retuerce los testículos, el pico del buitre que revuelve las entrañas y ella es la tenaza, ella es el pico, Lauti es sus entrañas, su sangre, sus testículos, su vida misma y ella los tiene prisioneros a Lauti y a él. A Lauti le hace mucho daño pero es chico y no tiene claridad para pedirle pará, no sigas, él en cambio entiende todo y ella lo sabe y cuenta con eso, ella sabe que no hay anestesia y disfruta de eso, monstruo viejo de remera ridícula y músculos hechos de tomá, tomá, tomá, su nombre, su nombre, su nombre repetido mil veces en esa guerra enfurecida que libra contra él desde que se separó hace catorce años. Mancuerna y piel sudada, qué asco, qué asco el tostado en la piel pecosa contra el color de la remera, tostado laborioso de balconcito patético de un departamento patético que huele a perro mojado, se descomponía cada vez que iba a buscar a su hijo, trataba de no subir pero a veces Lauti insistía. Cuando tenía ocho años él empezó a pedir que Lauti se tomara el colectivo y él lo esperaba en la parada, o si no caminaba la cuadra que faltaba, no era para tanto, así no tenía que ir, pero la basura de la madre se negaba, decía que era chico y le llenaba la cabeza de miedo a Lauti, pobrecito, qué miedo tenía de viajar, qué horror la vez que se pasó en el colectivo y todos desesperados hasta que lo entregó la policía. Qué bestia, ocho años y él quería que fuera a su casa solo en colectivo, el señor no tenía tiempo para venirlo a buscar, el gran urbanista estaba diseñando barrios para comunidades aborígenes, esos proyectos que se hacen para lograr que el dinero de la mala conciencia de algún país europeo se lave sus culpas y de paso le dé un sueldo apenas digno a un arquitecto brillante que decidió malvivir enseñando en la universidad de Buenos Aires y dedicarse a obras «comunitarias» a costa de su familia, una ong autoportante en busca de ong que banque algo, diseñar plazas y calles para chicos aborígenes que nunca se hacen mientras empuja al chico suyo a viajar en colectivo aunque tenga ocho años, y si digo que no es porque soy una madre imbécil que sobreprotege, y así Lauti tenía once y medio cuando hizo el acting volviendo en colectivo de la casa del padre, precisamente, es todo tan claro, no hay que ser psicoanalista para ver que si no se bajó donde debía y se distrajo y se perdió, estaba pidiendo ayuda, le estaba diciendo al padre dejá de hacerme crecer de golpe, ocupate de mí.

Cómodo, indiferente, no va a mover el culo para buscar a su hijo, eso nunca, qué quiere decir el amor que proclama. Pero él sabe que ese problema fue superado porque estaba en la naturaleza de las cosas, como será superado todo un día, Lauti sabrá finalmente quién fue el buen padre en esta historia y quién el monstruo, ahora que está creciendo, ahora que Lauti hace rato por suerte que viaja solo y aunque todavía no se atrevió a plantearle a la madre que no quiere venir solamente los días de visita, esos miserables dos días cada catorce en que lo tiene a su lado, él ya puede hablar todo con su hijo cuando viene a su casa, arreglar todo sin tener que hablar con su madre porque hablar con su madre no sirve para nada.

Y sin embargo ella se las arregla para sentarlo en un café una vez más después de un año, aguantarla personalmente una vez al año es duro, es la primera vez que ha logrado tanta tregua, esta vez sí, desde el cumpleaños anterior, más de doce meses, qué éxito, pero eso no hace menos repugnante tener que mirarla ahora, como si fuera ayer nada más que tuvo que hacer lo mismo, acá está sentada en el bar con su tostado de vieja que trata de no parecerlo, la remera se la debe haber sacado a Camila del placard, robarle ropa a la hija, qué patético, mi mujer siempre dice que las que le sacan la ropa a las hijas dan pena. Pobre Camila, qué hermosa nena era, cómo la arruinó, cómo la odia él a ella porque sabe, tiene la absoluta certeza, de que ella es la única y activa responsable de cómo estuvo Camila, de cómo está.

Ella lo ve llegar y calcula cuánto cuestan las zapatillas que está usando, mira la marca de sus bermudas y piensa que debe haber cobrado algo y que ahora a él le interesa la ropa con prestigio y se la puede comprar.


Durcaroff, Elsa. Checkpoint. Madrid: Páginas de espuma, 2019, pp.11-15

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