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reseña

Monstruos, como uno, como todos

Lo que más me gusta son los monstruos es la primera novela gráfica de Emil Ferris y un exitazo de esos que parte al medio el mundo editorial. Pero es un exitazo por completo justificado, ya que el libro —ambicioso, desmedido, excelente— vale la pena por cada una de sus páginas.

Monstruos, como uno, como todos

A primera vista, impresiona. Por su volumen, por su cantidad de páginas (más de setecientas), por su tamaño. Por no tratarse de una obra tradicional —ni su dibujo, ni su presentación, ni su edición (que emula hojas de cuaderno dibujadas por la niña protagonista), ni su historia (como pronto descubriremos)— ni una que sea amable con el lector casual. Lo que más me gusta son los monstruos comienza con el relato en primera persona de una niña-lobo que imagina cómo una horda de vecinos armados con hoces y antorchas van a por ella. La niña se refugia entonces en el regazo de su madre, en un apartamento de clase baja de un barrio en la Chicago de 1968. Y ahí comprendemos que nada va a ser sencillo.

Karen (o Kare, como le dicen) Pérez es nuestra protagonista, una niña puertorriqueña víctima de un bullying constante que se reinventa varias veces para poder encontrar una forma de sobrevivir. Como monstruo, primero, y como monstruo detective, después, irá narrándonos su historia que es, además, las muchas historias que componen esta novela gráfica: la de su familia, con principal hincapié en su hermano mayor Deeze (uno de los mejores personajes del libro); su vecina Anka (misteriosamente asesinada y de la que la resolución de su misterio se compone el esqueleto de todo el relato); sus otros vecinos (el mafioso Sr. Groban, su esposa, el vecino tuerto y ventríluoco) y su compañero de escuela Franklin (quien, obviamente, se asemeja a no otro más que Frankestein). A lo largo de sus muchas historias y sus muchas páginas, Emil Ferris va logrando muchísimas cosas: representar la vida de una niña de diez años y la realidad socioeconómica de la sociedad estadounidense de fines de los sesenta; agregar un componente de misterio policial (¿quién mató a Anka? ¿Un personaje de su pasado como judía perseguida en la Alemania nazi? ¿Un vecino? ¿Alguien de la propia familia de Kare?) y retratar el núcleo familiar compuesto por la protagonista, su hermano y su madre; entre muchas, muchas, otras historias, todas ellas enmarcadas por la estética feísta —hermanada con lo mejor de la producción del cómic independiente gringo como Robert Crumb o Daniel Clowes, pero que tiene muy presente también referencias pictóricas tales como Goya o Delacroix— y que homenajea constantemente a las revistas pulp de horror, tan populares en la época en que se enmarca la historia.

Todo lo anterior lo vuelve un libro notable, pero más notable es descubrir que se trata del debut de Ferris, quien a sus cincuenta y cinco años de edad presenta tamaña obra (a la que dedicó más de seis años) dibujada absolutamente con lapiceras Bic. Ferris, a cargo de una hija que tenía seis años en ese momento, se encontraba en una situación económica francamente difícil que la llevó a intentar reconducir su carrera estudiando un máster en Escritura Creativa en la School of the Art Institute de Chicago. Durante esa época surgió la idea para Lo que más me gusta son los monstruos, inicialmente en forma de obra de teatro, que animó a Ferris a volver a aprender a dibujar (una extraña enfermedad la había paralizado parcialmente y la obligó a dibujarlo todo con su mano izquierda). Su tesis final la compondrían las primeras veinticuatro páginas de la obra, suficientes para conseguir un contrato de edición.

El abrumador resultado —abrumador por la cantidad de información (tanto de imagen como de texto) que contiene— es el primero de dos volúmenes que la autora planea editar para completar el relato de Kare (no es esto impedimento para leer el que ya se encuentra editado, que es autoconclusivo).

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