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Triste sensibilidad

El vendedor de piedras

La historia del arte ha manifestado que en Japón existe una sensibilidad particular y sublime por el detalle, el fragmento, la sombra o la fractura, sensibilidad elogiada en El hombre sin talento cuyo protagonista se dedica a la venta de suiseki: piedras que por su forma evocan un paisaje o naturaleza mayor. Rodolfo Santullo nos habla de esta novela gráfica y su excepcional autor.

El vendedor de piedras

El hombre sin talento de Yoshiharu Tsuge es una obra imprescindible de un poco conocido autor, una muestra de lo incisiva que puede llegar a ser la historieta autobiográfica.

Empecemos por lo primordial: este es un libro difícil. No porque sea difícil de entender o de seguir -de hecho es todo lo contrario dado que la narrativa de Tsuge es maravillosamente clara, diáfana, efectiva y simple- sino por su durísimo contenido. El hombre sin Talento no es otro más que Sukezo Sukegawa, un dibujante de manga sin éxito que se improvisará vendedor de pierdras (las que recoge en el río ubicado exactamente junto a su puesto de venta), alter ego del propio Tsuge y en el que reconstruye con brutalidad y frialdad clínica su propio estado de depresión, desamparo y vacío. Porque cuando repasamos la biografía de Tsuge nos encontramos con que todo lo que aquí narra -su abandono del manga, sus años y años por trabajos inútiles (las piedras el principal, pero también la compra/venta y refacción de cámaras fotográficas antiguas y los intentos vanos por poner su propia tienda de antiguedades), sus estados de depresión intermitentes- es un fiel reflejo de su propia vida, de su sufrir en este valle de lágrimas que se le antoja la propia vida.

Recorrer un libro tan potente, que afecta tan directamente la sensibilidad del lector, no es entonces cosa sencilla -pienso lo mucho que me deprimió Magia Blanca de Simon Hanselmann hace apenas un año- pero aquí es donde aparece la razón principal para la lectura de este libro: Tsuge es un inmenso historietista.

Aunque asistimos al lento descenso a los infiernos de Sukezo y pocos momentos de redención nos serán dados -prácticamente no hay respiro: un viaje de vacaciones se transforma en un particular viacrucis; cada encuentro con secundarios es sólo otra manera horrible de ver pasar los días con total indiferencia- Tsugo desnuda de tal manera su alma, lo cuenta con tal belleza visual y narrativa, que no cabe sino caer rendido ante la contundencia de su talento. La frustración del protagonista se torna la nuestra, el vacío existencial en el que se arrastra se comprende, el enojo y desespero que provoca en su entorno (especialmente en su esposa) se comparte, es decir, Tsuge logra transmitir con lujo de detalles dónde se para su protagonista y dónde se para él como artista. Incluso, hay un alto nivel de autocrítica dado el sarcasmo con el que se presenta a sí mismo y su constante persecución de trabajos improbables en vez de concentrarse en lo único que probablemente le salga bien (que es dibujar).

El Hombre sin Talento fue el penúltimo libro editado por Yoshiharu Tsuge, y lo editó en el ya lejano 1985. Luego publicó Betsuri en 1987 y efectivamente cumplió las tantas amenazas de su contraparte Sukezo Sukegawa, ya que no volvió a publicar nada hasta el día de hoy. Y uno, ante este maravilloso El hombre sin talento -que contiene tantas y tan estupendas historias (si vamos a destacar una sola, me quedo con «Esfumarse» que oficia de cierre del libro todo pero además incluye a modo de reflejo del protagonista la historia del olvidado poeta Seigetsu y que es en sí misma una perfecta obra maestra)- sólo puede lamentarlo.

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