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Puntadas de tinta

«Stitches», de David Small

Puntadas en el cuello de un niño de catorce años que acaba de ser operado de cáncer se entreveran con puntadas de tinta y papel en el corazón de un escritor ya adulto, que todavía tiene heridas de infancia que cerrar. Federico Ivanier nos presenta Stitches, una novela gráfica y autobiográfica del dibujante y escritor David Small sobre su difícil adolescencia.

Fragmento de viñeta de «Stitches», de David Small

Stitches quiere decir «puntadas», de esas que se dan en una operación o cuando tenés una herida grave. Es un título muy acertado para esta novela gráfica que está contada como si fuera a puntadas, en varios sentidos de la palabra.

Afortunadamente, la ilustración de tapa es lo suficientemente poderosa y expresiva como para no dejarnos engañar por el «Una infancia muda» que dice abajo, porque si bien eso es parte de la cuestión, no lo es todo, ni cerca. Esta es una historia que habla de una infancia pero también de una adolescencia y, en definitiva, de la vida de alguien, porque es un retrato autobiográfico de su autor, David Small.

La infancia muda, y no espoileo nada, se debe puntualmente a que David comenzó a desarrollar un bulto en su cuello al despuntar su adolescencia. Sus padres lo vieron pero lo ignoraron olímpicamente porque no tenían ganas de gastar dinero en ningún tratamiento. Presumían que era un quiste, o sea, nada grave. A ninguno pareció importarle lo que eso podía implicar no solo desde un punto de vista sanitario, sino también emocional para un adolescente que comenzaba a verse con un cuello deforme.

Pero lo dicho: lo importante era no gastar dinero y por eso los padres decidieron no ver nada grave. Porque a veces las personas deciden ver algunas cosas nomás, solo algunas, de determinada forma, o ni siquiera verlas, y se arman discursos que justifiquen esa mirada (o esa ceguera). Esto le ocurrió a David con su bulto en el cuello. Y con padre médico.

Solo ante el comentario de una amiga de la familia, que nota la protuberancia en el cuello de David, se decide mandar al niño a que lo revisen bien. Ni siquiera es algo posta sincero, es más bien una reacción ante el viejo «qué dirán». Y ahí resulta que el supuesto quiste (grandísimo a esa altura) es un tumor cancerígeno. Por tanto, para David, la operación destinada a quitarle el quiste termina en la extracción de un tumor… y de la mitad de sus cuerdas vocales.

Sí, su vida fue salvada, pero con un precio: una deficiencia para el habla que iba a ser de por vida. David a partir de ahí solo ha podido producir siseos casi inaudibles.

No crean que conté todo. Ni cerca. Hay más. Ante una historia tan repleta de momentos retorcidos, seguramente fue un gran desafío no caer en la autocompasión o en una venganza inútil y simplemente contar esta historia de la mejor manera posible. Sin embargo, eso es lo que ocurre en cada una de las viñetas en blanco y negro, donde los personajes saltan de la página y son tan humanos como pueden serlo.

El libro parece una ficción y esa es su fortaleza, en realidad. Porque esta novela gráfica no es una confesión interminable, sino una historia estupendamente bien contada, que no vacila al hurgar donde es incómodo hurgar.

Con una técnica depurada, un sentido cinematográfico de lo que se está contando (incluyendo un implacable ritmo que por momentos es hasta sonoro) y una gran capacidad para encadenar planos bellos y potentes, este transcurrir de David deambulando entre la locura y el arte se convierte en una pieza envolvente e inolvidable.

Ya es complicado recibir puntadas, mucho más cuando sos vos mismo el que las da.

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