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Pócimas literarias: angustia y amistad a miles de kilómetros

Información para el usuario: los libros, como la magia, pueden conseguir que sucedan cosas extraordinarias. Jóvenes lectores preguntan y Mariela Peña responde con una recomendación literaria para cada situación. La ventana de enfrente, de Alicia Escardó, es la lectura elegida para Manuela.

Pócimas literarias: angustia y amistad a miles de kilómetros

Hola, Mari, soy Manuela, tengo 17 años y lo que me pasa es que a veces me gustaría irme con la cabeza a otro mundo y dejar de escuchar a todo el mundo y poder vivir mi vida sin que me digan lo que tengo o no tengo que hacer. Quisiera que me digas qué libro puedo leer que me ayude a no sufrir tanto la relación con mis padres y a no pensar tanto. También me está yendo mal en el liceo y eso hace que me estrese más todavía. Un beso y gracias por todas las lecturas que nos recomendás en la pagina de Escaramuza. ¡Te amo!

 

No es elegante, lo sé, pero comenzaré esta reseña hablando de un gusto personal: de las historias, lo que más me importa son los personajes. Si en ellos veo reflejados universos honestos y atractivos —a veces, incluso, más allá de la historia que protagonizan— cierro el libro con la sensación de que la lectura valió la pena. Esto es lo que me pasó con La ventana de enfrente, de Alicia Escardó Végh y el porqué tiene directamente que ver con la consulta que me hace Manuela.

Todos los personajes de esta historia me resultaron, en mayor o menor medida, encantadores, enigmáticos y describen acertadamente el dolor invasivo que sentimos en esa etapa de la vida en la que la mayor parte de los conflictos que lo generan nos son ajenos. Exacto: la adolescencia.

No me refiero solo a los personajes que cumplen roles protagónicos, sino a aquellos secundarios que están construidos, quizá no tanto a partir de la profundidad de sus rasgos e historias personales, sino del vínculo que tienen y la forma en que interactúan con Julieta y María, las protagonistas. Contada desde la óptica de Juli, esta historia es la historia de ellas dos, de una amistad compleja que, lógicamente, está atravesada por emociones complejas.

Manuela me pide que le recomiende un libro que la ayude a no pensar tanto. ¡Qué tema ese! No pensar. Creo que para poder llegar a ese destino es necesario, primero, pensar mucho; para entendernos y detectar los dolores que no nos pertenecen. Aliviar el peso de la mochila que cargamos cada día para salir a la vida y, una vez que estamos, así, livianos, apagar la cabeza y empezar a sentir. Algo de esto es lo que le ocurre a Julieta, esa chica de catorce años en la que, les aseguro, en algún pasaje de la historia nos encontraremos a nosotros mismos. Julieta piensa muchísimo, hipotetiza, saca conclusiones, se retuerce en pensamientos ingratos, pero calla; siempre, calla. Y el peso de su mochila tiene que ver con eso: con lo que no se anima, no puede o no le dejan decir. Ese grito atragantado que incluye un secreto doloroso, bronca, insatisfacción y, sobre todo, mucho miedo. Para colmo, con ese peso sobre su espalda tiene que encarar un radical cambio en su vida que tiene que ver con mudarse a diez mil kilómetros de todo lo suyo: su país, sus amigas y amigos, su casa; su territorio geográfico y afectivo. ¿Cómo no colapsar en algún momento?

Escardó entiende esa angustia y la narra con oficio y una prosa que fluye y nos va llevando hacia el desenlace cómodamente, aunque en más de una oportunidad, la marea se ponga brava, sobre todo, en el momento clave en que Julieta conoce a María, esa amiga misteriosa, que también calla, que se define mucho más y mejor a partir de lo que no dice que de lo que sí.

«Fue cuando me instalé en el avión que no pude más y largué el llanto», exclama el yo que narra la historia y que, desde el inicio, nos permite intuir que se tratará de un relato cargado de emociones propias de una adolescente que se muere de ganas de gritar ¡basta!, pero no puede porque los adultos, una vez más, han decidido por ella. Alicia abre el juego con ese atino, propone que nos metamos en la piel de Julieta para poder comprender esa angustia con la que, de ningún otro modo podríamos empatizar. Y ese es uno de los grandes aciertos de esta historia, que es espejo para el adolescente y puede ser herramienta para el adulto. Así que, Manu, una vez finalizada la lectura, sería muy bueno que la cedas a tus padres. Luego de leer La ventana de enfrente, es muy probable que el silencio deje de ser una opción para vos y también para ellos.

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