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RESEÑA

Misterio, cambios y fuego en el balneario

Dante es un joven de apariencia normal. Vive en el balneario de Pinares, en la Costa de Oro, trabaja en una veterinaria y su madre murió hace tiempo en circustancias extrañas. Dante está apasionado (obsesionado) con el fuego. Federico Ivanier nos recomienda La novia del incendiario, una novela juvenil de Sebastián Pedrozo, cargada de aventura, personajes intrigantes y cambios personales. 

«La novia del incendiario» de Sebastián Pedrozo

El exceso de novedades editoriales suele tener, como contrapartida, que muchos libros desaparecen de los lugares más visibles para dejar lugar a los títulos nuevos. Los libros siguen ahí, por supuesto, solo hay que revolver para hallarlos (o pedirlos para que los traigan), pero lo cierto es que el hecho de que algo sea nuevo no implica que sea mejor. Por eso, suelo ser bastante lento para leer las novedades. Es una especie de resistencia que me pongo. Evito los libros de moda, aunque eso me deje fuera de conversaciones, y prefiero leerlos más adelante, para formarme una imagen mejor de ese texto.

Por todo eso, me encanta escribir ahora de La novia del incendiario, de Sebastián Pedrozo, cuatro años después de que fue publicada. Porque esté o no en las mesas de las novedades, sigue siendo un gran, gran libro. Y como todo gran, gran libro, vale la pena recordar que está ahí, esperando a ser leído si todavía no lo fue.

Como suele ocurrir con los grandes libros, su mayor fortaleza radica en detalles, en momentos desconcertantes, en la pasión que Pedrozo pone en la construcción de lugares, atmósferas, personajes y metáforas. Si yo hubiera tenido que escribir la contratapa de La novia del incendiario, habría estado en problemas, porque, afortunadamente, la novela es acerca de muchas cosas. Si bien hay una historia, lo más interesante que logra Pedrozo es la construcción del caos. Porque la vida es caos. Es cambio. Es algo que más allá de explicaciones. Es tan mutante con la forma de una llama.

La historia sigue los pasos de Dante, un adolescente que reside en Pinares, un balneario típico de la Costa de Oro que Pedrozo se (y nos) deleita construyendo. Dante vive con su padre tras la muerte en cierto modo bizarra de su madre y trabaja en una veterinaria. La inesperada muerte por envenenamiento de varios perros lo lleva a conocer a Inés, dueña de dos cachorros que son asesinados de ese modo. La atracción es inmediata, pero mucho más que construir un romance, Pedrozo quiere construir un mundo y contemplarlo desde un personaje.

Por tanto, nada es perfectamente lineal: Dante se enamora de una chica, termina con otra que viene del pasado, trata de ordenar sus afectos sin particular éxito, de develar el misterio que proviene de un grupo autodenominado los Arios (que solo conoce el lenguaje de la violencia) y de unos hombres que viven en monte, de los que no sabemos nada. Todo en este lugar idílico, turístico, hasta ingenuo, que es Pinares. Sin embargo, lo que destaca a Dante (y configura la historia) es su pasión por el fuego y por quemar cosas, y el propio hecho de enfrentarse a un momento particular de su vida: el pasaje hacia la adultez.

El punto no es que le ocurra algo en particular, sino que ocurre todo. Ocurre el amor, el sexo, la violencia, la confusión, el pasado, el mundo adulto, lo inexplicable. Toda buena novela tiene varios temas, porque la vida tiene varios temas, todos mezclados y juntos. Y esta, fundamentalmente, es una novela sobre la vida, donde las cosas no van separadas y claras, donde no las emociones no se ordenan por colores, sino que vienen todas entreveradas.

Y en ese caos natural, el fuego es una gran metáfora. O un elemento unificador. O algo que se produce por el contacto de dos elementos. En esta novela, el fuego es pérdida, amor, odio, el tiempo consumiéndolo todo, la venganza, el olvido en que queremos hundirnos, la angustia por lo que no entendemos. El fuego es tanto algo que Dante construye, como algo que refleja su alma… pero que también simboliza un mundo donde la intolerancia y el odio son un incendio. Un mundo donde se asesinan perros, donde se ataca a un chico gay, donde ser indigente es delito. La pluralidad de temas y enfoques (muchos de ellos en lo que Pedrozo trae como hojas de recuerdos) vuelven a la novela un caleidoscopio del que nunca querés salir.

A medida que vamos recorriendo la novela con la primera persona de Dante, se revela la complejidad de lo que parece una vida simple. Porque las apariencias engañan y la mayor fortaleza, entonces, está en lo que no se dice. Es muy claro, por ejemplo, en el caso de los misteriosos personajes que viven en el monte. Nunca está explicado quiénes son, si son reales o fantásticos y ese parece ser simplemente otro misterio con el que Pedrozo quiere dejarnos, para que lo resolvamos como podamos.

Y yo se lo agradezco. Si la literatura es una comida, somos nosotros los que debemos masticarla e ingeniarnos para digerirla. Los ingredientes están mezclados y depende de nosotros percibirles el sabor. Pedrozo sabe esto y lo aplica en su literatura siempre, sea en una historia de corte más dramático (como esta), en una más de corte humorístico, fantástico o del que sea. Eso lo convierte, por supuesto, en un autor clave en la literatura infantil y juvenil de nuestro país.

Y cuando, en esta novela, de escritura ágil y envolvente, con momentos cinematográficos y una búsqueda de pequeñas imágenes que puedan dar cuenta de algo más grande, Pedrozo se olvida de que está escribiendo una novela juvenil y decide escribir nomás una novela, nos encontramos con un gran escritor. Y punto. Como detalle: charlando con él, me dijo: «Dante es una persona…». No un personaje. Esa es la primera lección que le daría a alguien que empieza a escribir. Vos no tenés personajes. Tenés personas en tu historia. Comprenderlas es tu gran desafío. Y desde ahí crece La novia del incendiario.

Finalmente, Dante se llama Dante en referencia a Alighieri, de La Divina Comedia, un libro que Sebastián ha dicho que le resultó impactante seguramente al ser leído en una edad semejante a la del Dante de la novela. Acaso porque el mundo, incluso bajo una capa de tranquilidad, puede ser un infierno.

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