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Literatura «a secas»

Ecos de una misma orquesta

La música amansa a las fieras, liga historias y conecta a las personas a pesar de sus diferencias. Federico Ivanier nos recomienda Eco, un libro de Pam Muñoz Ryan, que relata las historias complejas y atrapantes de tres jóvenes para los que la música será la clave contra la segregación.

Ecos de una misma orquesta

Hay algunos libros que tienen la cualidad de cruzar las fronteras y hacerte dudar si son o no literatura infantil, juvenil o literatura «a secas», como suele decirse. Este es el caso de Eco, la novela de Pam Muñoz Ryan, una historia compleja, con momentos atrapantes y una estructura muy efectiva.

La verdad es que cuando una novela es buena, da igual que sea o no de un tipo u otro. Decir literatura infantil o juvenil es definir lo que tenemos delante pensando en su lector ideal, nada más. Es apenas una aproximación. Y siempre vamos a tener novelas para las que este lector ideal es más claro y otras para las que es más difícil de atrapar. Eco tiene la virtud, creo yo, de resultar atractiva para tanto lectores jóvenes como adultos. Es compleja sin ser complicada y el único requisito que requiere de su lector ideal es un amor profundo por la literatura.

Eco se construye básicamente a partir tres historias distintas. La primera ocurre en la Alemania nazi, en octubre de 1933. Allí sigue las peripecias de Friedrich, un niño que escucha música cuando nadie más la escucha y se imagina a sí mismo dirigiendo una orquesta. Si bien esto es un problema para él, porque sus compañeros suelen acosarlo cuando se pone a dirigir en medio del patio de recreo (sin música más allá de su cabeza), lo complicado para él es vivir en ese momento de la historia y en ese lugar del planeta.

Es interesante cómo la ficción se ha encargado del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, pero poco acerca de cómo era la vida de todos los días en Alemania a partir de 1933 si no eras nazi. Una gran muestra del talento de Muñoz Ryan es colocarnos ahí y mostrarnos una Alemania repleta de detalles que no esperábamos… o que sí, pero que siempre se muestran renovados. Sobre todo al pintar la perversidad de un sistema abocado a la supresión total del individuo, al fanatismo, a  la desaparición de la cultura como elemento de conexión humana y a la vigilancia constante y asfixiante del otro.

La segunda narración ocurre en Pennsilvania, en 1935, y sigue la historia de dos hermanos en un orfanato y su posible (o no) adopción. En esta, también el mundo adulto vuelve a retratarse como tiránico y absurdo desde los ojos de estos  niños (sobre todo del mayor de los hermanos, que también tiene un gran talento musical), al tiempo que la música y el arte en general pueden ser la única verdadera salvación.

La tercera ocurre en California en 1942. Una familia pobre, de origen mexicano (aunque con una hija de diez años nacida en Estados Unidos, llamada Ivy) debe ir a trabajar a una granja en Orange County. La granja pertenece a una familia japonesa que está en un campo de prisioneros (dentro de los Estados Unidos) luego del ataque japonés a Pearl Harbor.

Si todo sale bien, la familia de Ivy pobre podrá tener como premio una casa con un pequeño terreno. Pero para eso la familia japonesa (en particular, el hijo mayor, que, curiosamente es marine) debe quedar satisfecha con el cuidado proporcionado al lugar al tiempo que, paralelamente, debe quedar claro que esta familia japonesa no es de espías.

Mientras tanto, Ivy va a una escuela… pero una donde solo van mexicanos. Una escuela que es más una granja que otra cosa y queda detrás de la «buena», donde solo pueden ir los niños estadounidenses (sin ascendencia mexicana). Ivy también tiene un gran talento para la música y por eso se suma a la orquesta de la escuela «buena».

Como se intuye, estas tres historias tienen un hilo conductor (y un sutil nudo final) con la música como protagonista. Eco es la historia de una armónica. Las idas y vueltas de esa armónica marcarán varias cosas en la historia: por un lado, una necesidad de armonía donde no la hay (pero puede haberla, si, por ejemplo, tenemos música) y, también, la necesidad de todos de formar parte de una misma orquesta, la orquesta humana, por ponerlo de algún modo. Porque si algo recorre Muñoz Ryan es eso: vidas de personas, sus miedos y sus sueños, así como sus reacciones ante la segregación.

Seguro la novela es poderosa y está repleta de sustancia. Por todos lados. Aunque la prosa de Muñoz Ryan es engañosa por parecer muy transparente, siempre está contando las cosas cargándolas de una mirada que está lejos de ser inocente. No porque sí ella ha estado nominada por los Estados Unidos a ser la ganadora del permio Hans Christian Andersen (el Nobel de la literatura infantil y juvenil). Se trata de una gran autora de literatura «a secas».

Más que nada, Muñoz Ryan escribe acerca de la esperanza. Inicialmente, es un tema que, uno diría, se presta para la demagogia y para lo edulcorado. Y si bien sobre el final podemos ponernos un poco a pensar hasta dónde el libro no paga peaje por querer ser demasiado lij, lo cierto es que a esa altura ya nos conquistó (y con creces). Si sacás esta novela en una biblioteca y la leés, seguro después terminás comprándotela para que esté ahí, entre tus libros, mirándote y haciéndote acordar la experiencia de recorrer sus páginas.  

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