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futuros que perduran

Distopías literarias

Las distopías han sido materia corriente de escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, y las hay tan excelentes que ese futuro allí contado se actualiza constantemente en cada generación de lectores. En esta nota, Federico Ivanier repasa tres historias distópicas que hay que leer.

Distopías literarias

La definición más sencilla de distopía es la de «sociedad indeseable». Resulta todavía más clara si la oponemos a utopía: una sociedad perfecta y justa, donde todo transcurre en armonía (aunque también está buenísimo discutir si una sociedad utópica no sería otra forma de distopía, porque seguro esa sería una sociedad insoportable).

Sin embargo, hay un elemento clave en todo mundo distópico: la tiranía. Siempre hay alguien oprimiendo a alguien más, llegando a límites extremos y casi absurdos. Si pensamos que los mundos distópicos abundan hoy en la ficción, cabe entonces la pregunta: ¿Por qué es que nos resulta atractiva una historia donde exista un mecanismo de opresión sistemática? ¿Y por qué eso es tan popular en la literatura juvenil, sobre todo luego de la salida de Los juegos del hambre?

Las respuestas exceden ampliamente esta nota, pero una hipótesis podría ser que los lectores juveniles viven en una especie de mundo distópico, donde es fácil sentirse bajo circunstancias tiránicas. El mundo, tal cual está, fue construido por otros, no por vos mismo, y eso le da costados distópicos. Pero, más allá de esto, parece lógico pensar que estos mundos exagerados, aberrantes, funcionan en el mismo sentido que tantas expresiones artísticas: como un reflejo provocador de nuestro mundo cotidiano, planteándonos interrogantes incómodas y poniendo a los personajes en encrucijadas ante las cuales no nos es difícil imaginarnos.
Como sea, las historias distópicas tienen larga data y tenía ganas de mencionar tres novelas dentro de este género (o subgénero) que me resultaron inolvidables. Sin más vueltas, acá van:

Los juegos del hambre, de Suzanne Collins

Si bien esta novela (me refiero más que nada a la primera parte de la trilogía) puede ser vista como un best seller, y por tanto ser un poco mirada por arriba del hombro, para mí es una gran, gran novela. La historia es archiconocida: veinticuatro jóvenes deben luchar a muerte en un show televisivo, donde solo uno debe sobrevivir. Esto, por supuesto, es organizado por un gobierno central. Si bien, en algún punto su final es previsible, hay varias cosas que decir: por un lado, requiere mucha convicción escribir una novela donde van a morir asesinados veintipico de jóvenes… a manos de otros jóvenes. Hace falta mantener la tensión, no flaquear, y, al mismo tiempo, tampoco pasarse. En ese sentido, la novela es equilibrada y se vuelve tan absorbente que te devora. Y, por otro lado, la novela es también una exploración acerca de un sistema hipercompetitivo en el que tenés que eliminar a otros para sobrevivir. Una novela difícil de olvidar.

Farenheit 451, de Ray Bradbury

Junto con Stephen King, creo que Ray Bradbury fue por lejos el autor que más leí durante mi adolescencia. Tengo que admitir que hay algo increíblemente ingenuo en Bradbury, pero el tipo era un genio y es un escritor ineludible. 451 grados en la escala Farenheit es la temperatura a la que se quema el papel (digamos que la traducción correcta para nosotros debería ser 232,8 grados Celsius, pero bueno). Bradbury cuenta la historia de Guy Montag, un bombero cuyo trabajo es quemar libros y que comienza a preguntarse si eso lo hace feliz. Por supuesto, esta orden de quemar libros proviene de las autoridades, ya que los libros pueden llevar a pensar y a que haya ideas opuestas dentro de una sociedad. Bradbury escribió esta novela en 1953, luego de que, en efecto, no mucho antes, se hubieran organizado quemas de libros en algunos lugares del planeta. Algo sigue siendo poderoso en la novela incluso hoy, al punto de que este año se estrena una nueva versión fílmica de la historia.

La naranja mecánica, de Anthony Burgess

Creo que este es el libro más memorable de todos los que leí en mi adolescencia. Primero, por lo poderoso de la historia: un chico de quince años es detenido por las autoridades luego de cometer actos de violencia extrema y le hacen un tratamiento terrible que, esencialmente, lo destruye. No conviene spoilear demasiado por las dudas, pero pocas veces me pasó que un escritor pudiera manipular mis emociones de manera tan provocadora y radical como esa novela. Todavía conservo el ejemplar que leí hace décadas, con su glosario nasdat atrás (los personajes hablan un lenguaje llamado de esa forma y no te queda otra que aprenderte ciertos términos, alrededor de cien, para leer la novela, que está contada en primera persona —llega un momento en que los aprendés posta y empezás a circular mentalmente en el mundo de la novela—). Al igual que Farenheit 451, es un clásico con varias décadas en su espalda (es de 1962), pero no se le sienten los años en lo más mínimo (y digamos que toda novela futurista siempre muestra muy rápido el paso del tiempo). Ah, y sí, hay una película. Una de las obras maestras de Stanley Kubrick, pero lean la novela.


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