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Laboratorio de palabras

Un lugar de experimentos y revelaciones

Este verano, entre los estantes de la librería y el ojo atento de Horacio el oso, Belén, Camila, Clara, Mariana, Martina y Sofía estuvieron experimentando en el taller Laboratorio de palabras, junto a la psicoanalista y escritora Virginia Mórtola. Descubrieron libros que no conocían, jugaron con las palabras, dibujaron historias, hicieron nuevas amigas, y se divirtieron muchísimo. En esta nota, Virginia nos habla del taller y nos presenta algunos de los cuentos de estas jóvenes escritoras.

Clara, Mariana, Martina, Camila, Sofía y Belén con la escritora Virginia Mórtola.

Lo más importante al empezar el Laboratorio de palabras fue saber que a Mariana le encantaba el dulce de leche y los malvaviscos, que Clara prefería el chocolate y estaba escribiendo una novela con su hermana mayor, que a Camila no le gusta mucho escribir pero sí imaginar, que a Belén le divierte crear historias, pero prefiere no hacer resúmenes ni esquemas, que Martina se entusiasma con las historietas, y que a Sofía le interesa mucho más la limonada y los muffins que la escritura.  

¿Cómo podríamos crear juntas si antes no nos conocemos un poco?

¿Cómo animarnos a inventar, dejarnos llevar por las asociaciones aunque parezcan disparatadas, si no construimos un espacio de confianza?

El juego, la imaginación y la creación sucedieron juntos y  las historias se volvieron escritura. No importó la cursiva, ni la prolijidad, ni siquiera las faltas ortográficas. No al inicio, no en el momento de crear. Luego hubo tiempo para releer, pensar y corregir. Pero primero estuvieron las historias, los personajes, los escenarios, la aventura de crear mundos.

Invitar a un laboratorio de palabras me pareció un bello punto de partida. Porque un laboratorio puede ser un lugar donde hacer experimentos llenos de burbujas y, también, un espacio oscuro donde revelar los negativos de las fotografías. Un lugar de experimentos y revelaciones. Las niñas mezclaron palabras y provocaron explosiones de carcajadas, sentidos inesperados, historias que se revelaron a veces de a poquito como una llovizna  y otras de golpe como un chaparrón. Descubrieron palabras escondidas en otras palabras. Crearon oraciones que nunca antes habíamos pronunciado en nuestras vidas. Tú lector ¿lo hiciste alguna vez? A mí me divirtió mucho la primera vez que dije: «palomitas navideñas estornudan en el cine» o «tanto té tomó el tatú que se tumbó». Es un juego muy divertido.  Conocimos muchos libros. Las niñas descubrieron que el oso Horacio esconde una identidad secreta. Sepan que se trata de un «mapachoso». Y si no entienden a qué se refieren, observen la nube que atraviesa su ojo como un antifaz de mapache.

Gracias a un apagón una tarde de muchísimo calor nos mudamos al sector infantil y juvenil de la librería. ¡Sí! Por dos horas fue solo para nosotras y, con los pies descalzos, escribieron historias con nieve, ventiladores y brisa fresca, rodeadas de libros que trepaban hasta el techo.

Escapamos al bosque de Ana María Matute, los vuelos de los pájaros escribieron en el aire antiquísimas palabras, infinidad de historias habitaban en el balanceo de las  ramas y la profundidad de la raíces que buscan el corazón del mundo. Los huecos de los árboles y las lagunas profundas fueron portales hacia otras dimensiones. 

Estas siete niñas, corrieron el riesgo de pensar y crear juntas, escribir y darle vida a nuevos universos.


 

Las protagonistas:

Belén Bastos, 11 años.

Camila Ambrosi, 10 años.

Clara Rossi, 12 años.

Mariana Quirici, 9 años.

Martina Ladanyi, 9 años.

Sofía Bastos, 8 años.

 

Los cuentos:

«Juan Manuel Arturo Teodorico», de Belén Bastos

No espero que alguien crea el extraño relato que voy a contar. Un bebé decidió salir de su cuna para descubrir el exterior de su casa. Allí encontró un montón de muebles y personas que lo asustaban, hasta que escuchó la voz de su madre gritar:

-¡Juan Manuel Arturo Teodorico! ¿Dónde te has metido?

El bebé se asustó y escapó. Gateó cada vez más rápido. Salió a la calle. Cruzó varias tiendas, hasta que encontró un cartel que decía: «Los mejores escondites».

Entró. El hombre que atendía se pegó un gran susto al ver al bebé cruzar la puerta de vidrio.

Artu lo miró con cara de susto y el señor se apiadó.

-¿Qué te pasa niño?- le dijo el hombre.

-¿Dónde me puedo esconder para que mi madre no me encuentre?- dijo el bebé.

El hombre lo miró con una sonrisa cómplice y le dijo:

-No te olvides que esto es un cuento, y el mejor escondite es el final. Te invito a pasar.

Fin.

Belén Bastos.


«La foto de Claudia», de Mariana Quirici.

Ella es Claudia  y hoy es el día de la foto grupal en su clase. Eso solo pasa una vez al año.

Cuando se despertó, se bañó, se puso el uniforme, los zapatos nuevos y armó su lonchera. Solo faltaba un último detalle: que su madre la peinara. Pero su madre estaba muy ocupada terminando un trabajo, y le dijo que tenía que esperar un poco. Así que Claudia, para no aburrirse, se fue a jugar con Bananas, su mono.

Luego de un rato su madre la llamó para peinarla y ahí Claudia sintió que tenía algo en la cabeza, pero no le importó mucho. Cuando llegó al baño  y su mamá le hizo la primera trenza descubrió, al mirarse en el espejo, que varios piojos caminaban por su cabeza. ¡Bananas la había contagiado! Las trenzas no alcanzaron para disimularlos. Entonces, en la foto de ese año, Claudia salió como la niña gorro. No tuvo otra opción que cubrirlos con un abrigado gorro violeta de lana, en una tarde de 38 grados.

Mariana Quirici.

 


«La amante de las rimas», de Clara Rossi

Gertrudis estaba enamorada de las rimas. Eso hacía que en algunas ocasiones no pudiera contar lo que había hecho en el día tal cual había sucedido y contara disparates.

Un día sacó a pasear a sus seis perros: Bato, Beto, Bito, Boto, Buto y Tulio (a este último su padre le dio el nombre porque a Gertrudis se le acabaron las vocales) y se rascaban tanto, tanto, tanto, que los lomos le quedaron colorados y Gertrudis se dio cuenta de que estaban llenos de pulgas.

Al llegar a su casa, le quiso contar a su padre lo que estaba pasando y dijo:

«Gertrudis paseaba seis monos de goma,

Por cuatro caminos que daban a Roma.

Los monos paseaban seis pulgas

y un piojo

que picaban todo lo que fuera rojo»[1].

Así era Gertrudis, que parecía tener dos vidas: una, la de las cosas que pasaban y otra,  la que podía contar con sus rimas.

Clara Rossi.

 

[1] Poema extraído de El pequeño vecino del señor Trecho, Horacio Cavallo (Edelvives, 2018).

Clara Rossi


 

«La ardilla mala», de Sofía Bastos.

Había una nuez  que tenía diez años y en su árbol vivía una ardilla. Por suerte esa ardilla comía Oreos y tomaba limonada, no le gustaban las nueces. Un día, vinieron otras ardillas a visitarla. Una era muy mala y le encantaban las nueces. Este cuento tiene un final que no es feliz.

Sofía Bastos.

 Sofía Bastos


«Click», de Martina Ladanyi.

Click. 

Martina Ladanyi. 


«El bebé diabólico y Suzy la traviesa», de Camila Ambrosi.

Un bebé diabólico nació en la ciudad de Villanueve con dos tijeras en las manos. Los doctores dijeron que era diabólico como su madre: la reina malvada. Otras personas decían que era la sombra de la reina. Los que miraban al bebé a los ojos sentían que quemaban, eran como dos agujeros negros en el espacio que parecían chuparte hasta la muerte.

Un día, como cualquier otro, Suzy, que era una niña desobediente, volvía de la escuela por el camino de siempre y se encontró con el bebé. Le extrañó verlo ahí solo y buscó por todos lados para ver si había alguien. La reina malvada apareció sorpresivamente al lado del bebé.

-No tengas miedo, soy tu verdadera madre- le dijo la reina malvada a Suzy.

-No te creo- dijo Suzy.

-Él es tu hermano, lo traje para que lo conocieras

-¡Estás loca! ¡Dejame pasar!

-Soy tu madre, sé que tenés un lunar con forma de luna en la espalda.

Suzy se sorprendió mucho, porque eso era cierto. Pero salió corriendo del susto y la reina malvada la atrapó. La reina la llevó a su castillo. Nadie sabe si Suzy vivó feliz, pero comió perdices.

Camila Ambrosi.


«Rodolfo, el ventilador», de Mariana Quirici.

Rodolfo es un ventilador que habla. Su historia empieza en la tienda de electrodomésticos, era el más joven así que demoró en ser vendido. Cuando por fin lo compraron y lo llevaron a su nuevo hogar, le tocó vivir en… ¡el baño! Rodolfo estaba tan enojado, lo habían puesto ahí para que ventilara el olor. Lo supo cuando un secador de pelo que se iba le dijo: «jajaja, ahora es tu turno».

Llegó el momento que Rodolfo esperaba, pero no con ansias. El hijo menor de la casa se sentó en el wáter, tiró de la cadena y encendió a Rodolfo antes de salir. ¡Yiiuuuu!

Rodolfo pensó: «esta familia no tiene Lysoform». Vio que frente a él había un placar, saltó hacia adelante y logró abrirlo. Allí había otros instrumentos de secado (menos el secador que se lo habían llevado para regalárselo a una tía que tenía el pelo como Marge Simpson). Los electrodomésticos se unieron, encontraron un Lysoform y escaparon juntos por la ventana.

Mariana Quirici.

Mariana Quirici


«El bosque de los deseos», de Clara Rossi.

Erina era muy curiosa, su mayor deseo era llegar a saber todos los secretos del mundo. Leía muchísimos libros, en uno de sus preferidos: El gran libro de los lugares ocultos, había leído que existía un bosque de los deseos, que solo los más curiosos podían encontrar. Erina estaba segura de que podría encontrarlo. La determinación de esta chica era enorme, estuvo trecientos sesenta y cuatro  días buscándolo, hasta que en el día trecientos sesenta y cinco, en el sesentaitresavo bosque que había investigado, encontró un árbol que tenía una ranura diminuta en la parte baja del tronco. Con mucho nerviosismo, metió la mano y se emocionó cuando sintió algo. Lo sacó, era un frasco de vidrio que contenía un líquido plateado y tenía una etiqueta que decía: 

«Felicitaciones, te lo has ganado,

por un año entero, ya has buscado.

Este es el fruto de tu perseverancia,

toma este líquido y verás la magia».

Sin dudarlo, Erina tomó el líquido y notó que todo se veía borroso hasta que la encandiló un resplandor  y luego todo era marrón. Se sintió apresada. Encontró una puerta, la abrió y entró a otro bosque que parecía mucho más mágico. Después de salir de su trance de asombro sintió una brisa sobre su cabeza, miró hacia arriba y vio un hada que le dijo:

-Hola, soy Estrella. Has llegado a nuestro bosque. Cada vez que lo desees, cuando estés en tu mundo, aparecerá una rendija en un árbol. Pasa por allí y podrás venir las veces que quieras.

Erina sintió que su vida iba a cambiar para siempre.

Clara Rossi.

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