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Mil razones para leer estos libros

Tres libros con sombreros

¿Ustedes usan sombreros o sienten que no son ustedes si usan este tipo de accesorios? A Virginia Mórtola le encantan, pero no se halla en la imagen que le devuelve el espejo, así que prefiere que los sombreros estén en los libros, y, si esos libros son de la editorial española Milrazones, le gustan más todavía.

Tres libros con sombreros

Nunca pude usar sombreros, a pesar de que hay algunos rojos que me encantan. Hace un par de años, un invierno, me compré una capelina negra de paño. La pagué y salí de la tienda con la bolsa. Recién la saqué en mi casa, después de haber confirmado tres veces que había cerrado la puerta con  llave. Fui al cuarto, me paré frente al espejo, metí la mano en la bolsa como quien tiene que revolver papelitos para sacar el elegido. Me enderecé y puse la capelina en mi cabeza. La del espejo no era yo, o lo que yo creo que soy yo. Me veía con los ojos de un hombre barbudo que decidió afeitarse y descubre un rostro que estaba escondido. Por eso me encanta Eric Applebaum (Zach Mills), el niño coleccionista de sombreros en Mr. Magorium y su tienda mágica (Zach Helm, 2007), bellísima película en la que los personajes principales están protagonizados por Dustin Hoffman y Natalie Portman. La cosa es que Eric cuelga en las paredes de su cuarto todo tipo de sombreros, ¡y luce uno diferente cada día! Tiene boinas, sombreros de paja, de piratas y bomberos, algunos con plumas y hasta con lentejuelas.

«Mr. Magorium y su tienda mágica»

En medio de estas cavilaciones, me encontré con tres libros sobre sombreros de la editorial española Milrazones, recién llegada a nuestro país hace apenas un par de meses.

¿Ustedes usan sombreros?, ¿gorros? ¿Cuántas cosas puede esconder un sombrero además de conejos? ¿Esconderá remolinos en el pelo? ¿Ideas peligrosas? ¿Una maraña de recuerdos que hace mucho que no se peinan? ¿Un monstruo peludo? ¿Un ramo de flores?

Podrán encontrar algunas de estas respuestas en Debajo del sombrero de un hombre con sombrero (2016), de Fran Pintadera y María Beitia. Este libro, con ilustraciones coloridas que parecen haber salido de un sueño, nos cuenta que pueden existir mundos infinitos escondidos debajo de un sombrero: «Un hombre con sombrero siempre oculta algo. Puede ocurrir, incluso, que cuando un hombre con sombrero se quite el sombrero… debajo lleve otro sombrero».

«Debajo del sombrero de un hombre con sombrero»

Descubrí que los sombreros no solo mejoran o arruinan un rostro, protegen del frío o del sol, también pueden ser fundamentales para iniciar una pelea, un amor o afirmar una amistad. En Encontramos un sombrero (2016), de Jon Klassen; dos tortugas se encuentran con un enorme sombrero blanco, pero ellas son dos. Ambas lo desean a pesar de que les queda enorme. Es un libro que maneja el humor con gran habilidad, tanto en los diálogos como en las miradas sugerentes de las tortugas. El libro está  dividido en tres partes donde la tensión está centrada en las ganas implícitas de cada una de las tortugas por quedarse con el sombrero. El final tiene una vuelta divertida y tierna que fortalece la amistad.

«Encontramos un sombrero»

Los sombreros también pueden ser objetos preciados con valor afectivo para sus dueños. Yo quiero mi gorro, también de Jon Klassen, impacta por su final… que no voy a contárselos. Solo les adelanto que los colores de las letras y la forma de ciertos diálogos cuentan más de lo que dice el texto y que trata sobre un oso que pierde su gorro. Con una estructura clásica, el oso se va cruzando con animales a quienes les pregunta si vieron su sombrero.  Ninguno lo ha visto. Luego de su búsqueda, se recuesta en el pasto, nostálgico, y en un momento de iluminación registra que vio su gorro rojo en la cabeza del conejo. Corre hacia donde estaba el animalito y se encuentran. En una doble página aparecen las caras de ambos, mirándose, y el gorro allí, en la cabeza del conejo. Los ojos, aquí también, dicen muchísimo en esta página sin diálogos. El oso recupera su gorro y se siente feliz. Pero, alguien busca al conejo que desapareció, así que, después de leerlo, descarté la idea de probarme un sombrero rojo.

«Yo quiero mi gorro»

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