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LITERATURA INFANTIL PARA ADULTOS

¿Quieren los príncipes salir a galopar en busca de princesas? II

Príncipes sin nombre, hijos de reyes y aristócratas obligados a cumplir con las normas de su clase social, direccionados a enamorarse de princesas a las que no conocen y celebrarlo siendo felices y comiendo perdices... ellos también forman parte del universo de los cuentos. Virginia Mórtola nos ofrece la segunda parte de una nota dedicada a los modelos masculinos de los cuentos infantiles.

Ilustración de Claudia Legnazzi para «Cuentos del globo 4. Cenicientas del mundo» (Pequeño editor, 2015)

Entremos en los cuentos

Al final de la primera parte de esta reflexión quedaron algunas preguntas.

¿Solo las princesas están sometidas a estos ideales? ¿Qué pasa con los príncipes? ¿Es la mejor elección de vida casarse? ¿Quieren los príncipes salir a galopar en busca de princesas? ¿Quieren obedecer al mandato del casamiento? ¿Les gusta tener que andar peleando con dragones? ¿Y los pajes? ¿Los cazadores? ¿Los reyes? ¿Los padres siempre dominados por madrastras malvadas? ¿Qué posiciones se ha ofrecido a los hombres? ¿Cuáles son los ideales y mandatos a los que todos, todos, los personajes obedecen?

El universo que habitan las princesas, quienes se volvieron muy famosas, es el mismo que rige para el resto de los personajes. Todos forman parte del mismo imaginario y obedecen a los mismos mandatos. Todos.

Si corremos la mirada hacia los príncipes, descubrimos que ninguno de ellos tiene nombre en estas historias. ¿Qué significa la ausencia de nombre? ¿El príncipe puede ser cualquier príncipe? ¿Se trata de un ser singular o de una posición a ocupar? Pero, no solo no tienen nombre, sino que son presentados como «hijo del rey» o «hijo de un rey». Entran en las historias desde su lugar de hijos. Y no cualquier hijo: hijos de la realeza. ¿Qué implicancias tiene esta filiación?

Veamos la primera aparición del príncipe en La Cenicienta de Perrault: «Ocurrió que el hijo del rey decidió dar un baile e invitar a él a las personas distinguidas de los contornos» (1979: 78). Este hijo tiene un padre acaudalado y poderoso, necesita una esposa para ser heredero y mantener el linaje, y la buscará entre «las personas distinguidas de los contornos». En Rapunzel, en la versión de los hermanos Grimm, así se introduce: «Después de unos años aconteció que el hijo del rey, cabalgando a través del bosque, pasó cerca de la torre y oyó un cántico tan dulce que se detuvo a escuchar. Un canto que se mezcla entre las ramas de bosque llega a él, como el de las sirenas, para encantarlo» (1999: 32). Uno más: «La princesa, efectivamente, se atravesará la mano con un huso; pero, en vez de morir, caerá en un sueño tan profundo que ha de durar cien años; al cabo de ellos, el hijo de un rey vendrá a despertarla» (Perrault 1979: 41) En este caso tiene la misión de romper un hechizo, antes de desposar a la princesa.

No es Roberto, ni Juan, ni Bejamín. No es un ser singular, no importa exactamente qué ser ocupa el lugar de «hijo del rey». Ellos arman bailes o salen a cabalgar para encontrar a su futura esposa. Y cuando encuentran a la dama dormida, o cantando en una torre, o desmayada en un ataúd de cristal, o bellamente ataviada en su fiesta: se enamoran instantáneamente. En estas historias no hay quejas, ni oposiciones. Este cruce de destinos es esperado y produce un final feliz. Princesas y príncipes quedan sometidos a los encantamientos mágicos, las necesidades de la realeza y cierto tipo de amor.

 

Encantamiento: de la magia al amor

En la versión de Blancanieves de los hermanos Grimm, cuando el príncipe la  descubre dormida dentro del ataúd de cristal recibe un flechazo de amor fulminante e instantáneo. ¿Qué es lo que lo enamora? Siente que no podrá vivir sin verla, le pide a los enanos que lo dejen llevársela, ellos asienten porque pueden ver ese amor tan intenso. En el camino tropieza, el ataúd se mueve, el bocado envenenado sale de la garganta de Blancanieves, ella abre los ojos y pregunta dónde está. El príncipe responde: «Te quiero más que todo lo que hay en el mundo. Ven conmigo al castillo de mi padre y serás mi esposa». Se produce un pasaje que va del encantamiento de la magia al encantamiento del amor.

¿Por qué tanta disposición a enamorarse? ¿Dónde surge toda esa intensidad? ¿Qué tipo de amor es este?

Ella acaba de despertar, ni siquiera sabe dónde está y recibe tan intensa declaración. Perfectamente podría volver a desmayarse, pero: «Blancanieves sintió ternura por él y lo siguió, y los preparativos para la boda fueron dispuestos con gran lujo y magnificencia» (Jacob y Wilhelm Grimm, 1999: 264). Este amor desmesurado es una ofrenda halagadora que provoca ternura y el casamiento parece un regalo. Él la lleva al  castillo de su padre, que heredará, y se casan celebrando «con gran lujo y magnificencia». Los hijos de los reyes celebraban opulentas bodas. No olvidemos que estos cuentos eran narrados por campesinos, y que otros de los cuentos recogidos del folclor relatan la pobreza extrema. Pulgarcito y Hansel y Gretel, por ejemplo, vivían en familias que ya no tenían qué comer y resuelven abandonarlos. El hambre mueve a estos adultos a deshacerse de los niños para no tener que alimentarlos y poder comer ellos.

Entremos en otro cuento: cuando La bella durmiente despierta, «el príncipe, embelesado al oírla, más que por las palabras mismas por el tono con que las pronunciaba, no sabía cómo demostrarle su alegría y reconocimiento, y le juró que la amaba más que a sí mismo». He aquí otro príncipe encantado por el amor. En este caso, la idea de amar más que a sí mismo, se parece mucho al mandamiento cristiano: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor del príncipe es aún mayor, pues incluso la ama más que a sí mismo. Vale destacar que las referencias a Dios están presentes en todos los cuentos.

Amar más que a sí mismo, a primera vista y para siempre. ¡Cuánta exigencia al amor! Este modelo del amor tiene como objetivo instantáneo al matrimonio. Podría estar ubicado en el mito del amor cristiano, tal como lo describe Rougemont en Amor y occidente, implica la obediencia, la procreación, asegura la herencia y pretende la fidelidad.

 

El matrimonio: un final feliz

En el principio fue el verbo y en el final el matrimonio. El desenlace es un gran analizador ideológico, porque refuerza el premio o fracaso de determinadas actitudes de los personajes y cierra dos tipos de desarrollos: el de la lógica narrativa de la historia y el de la perspectiva moral del relato. Desde la perspectiva moral, nos despedimos de estos personajes en su momento álgido de amor desmesurado, acompañado por la decisión de sellarlo con el matrimonio. Final feliz con celebraciones que destacan el valor del matrimonio como un bien deseado. Estas historias culminan en el comienzo de la vida de estas parejas que acaban de conocerse. «El amor dichoso no tiene historia. Solo pueden existir novelas de amor mortal, es decir del amor amenazado y condenado  por la  vida misma. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos ni la paz fecunda de una pareja. No es el amor logrado. Es la pasión de amor. Y pasión significa sufrimiento» (Rougemont 1993: 15). ¿Qué sería de este gran valor si se narrara su transcurrir cotidiano?

En el eco popular, tras un final venturoso suele resonar la frase: «fueron felices y comieron perdices». Un dicho que pone énfasis en la felicidad. ¿Qué tipo de felicidad? Parece que las perdices eran un manjar costoso de la alta cocina de la alta alcurnia; quizá adecuado para degustar en una boda de príncipes y princesas. Un aspecto real de la realeza. No es menor la referencia a la comida, por eso vinculo el dicho a los cuentos. Robert Darnton, en «Los campesinos cuentan cuentos: el significado de Mamá Oca», escribe: «Comer o no comer, era la cuestión que enfrentaba a los campesinos en su folclor y también en su vida diaria» (1987: 39).  Varios de los otros cuentos recogidos tienen a la comida en el centro.  En Los deseos ridículos, por ejemplo,  cuando al leñador protagonista, hombre muy pobre,  prometen cumplirle tres deseos si realiza una buena acción, él pide un salchichón. Los deseos tomaban la forma de comida. Y la realeza podía permitirse esos lujos.

Existen dos teorías sobre el origen del dicho. Una proviene del astrólogo de Margarita de Valois, que proponía cazar una perdiz del sexo opuesto y sacarle el corazón para asegurarse el amor de su pareja. Otra, cuenta que en la corte de Catalina de Medicis se utilizaba la carne de perdiz para despertar el deseo sexual y mejorar la concepción. Aquí también aparecen muy valorados el amor, el matrimonio y la concepción.

 

Final abierto

¿Vamos a rescribir estas historias convirtiendo a los príncipes en seres con nombre propio, que desean combatir el poder del padre, rompen con el linaje, renuncian a las riquezas, a las princesas y al matrimonio? ¿Los censuraremos por ofrecer un cierto ideal de amor? ¿Por valorar el matrimonio? ¿Por tratarse de historias vinculadas al poder y la riqueza? ¿Por sus tintes religiosos?

Estos cuentos existían antes de que se concibiera el «folclor», un neologismo del siglo XIX. Recorrieron bosques y mares a través de la oralidad antes de ser capturados por la escritura. Y a pesar de que se volvieron letra, los rastros de la oralidad los acompañan en sus matices según el recopilador. Estas antiguas historias continúan escribiéndose y reescribiéndose, acomodando el contenido a las supuestas reacciones del público o buscando propiciar ciertas ideas, tras nuevos ideales. La propuesta de Darnton es que los predicadores medievales aprovecharon la tradición oral para ilustrar sus argumentos morales. Los de esta época son aquellos que se levantan contra estas historias o buscan transformarlas. Lo cierto es que hubo muchas versiones, incluso hay referencias de estos cuentos en otros continentes: Cuentos del globo 4. Las cenicientas del mundo (Pequeño editor, 2015), recopila cuatro versiones diferentes de esta historia. Es un gran misterio para esta colección si: «¿El mismo cuento viajó de país en país y fue cambiando en cada tierra? ¿O en tierras distantes, distintas personas inventaron historias semejantes?» Las historias recorren continentes, atraviesan el tiempo, provocan afectos, conquistan controversias y habitan los cuerpos.

¿Quieren los lectores leer solo aquello que se ajusta a su ideología?

 

Referencias

Andersen, Hans Christian. Cuentos de hadas. España: Libros del zorro rojo, 2015.

Bettelheim, Bruno. Los cuentos de Perrault. España: Editorial Crítica, 1980.

Colomer, Teresa. A favor de las niñas. El sexismo en la literatura infantil y juvenil. En: Revista CLIJ, 1994, número 7.

Darnton, Robert. La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. México: Fondo de Cultura Económica México, 1987.

Grimm, Jacob y Wilhelm. Cuentos de Grimm. España: Editorial Optima, 1999.

Goldin, Daniel. La invención del niño. Digresión en torno a la historia de la literatura infantil y la historia de la infancia. En: Los creadores y su obra, Seminario Internacional XIX Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, México, 1999.

Perriconi, Graciela. La construcción del género en la literatura infantil y juvenil. Argentina: Editorial Lugar, 2016.

Rodríguez Almodóvar, Antonio. Cuentos del globo 4. Cenicientas del mundo. Buenos Aires: Pequeño editor, 2015.

Rougemont, Denise. Amor y occidente. México: Cien del Mundo, 1993.

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