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¿Qué le exigimos a la lectura? De cuando el libro se vuelve mediador y la historia queda en el olvido

Incorporamos una voz a nuestra sección de Literatura Infantil que propondrá temas relacionados a este universo literario, pero desde y para los adultos. La voz es la de Virginia Mórtola que, en esta oportunidad, se pregunta, y nos pregunta, ¿qué le exigimos a un libro cuando lo contamos?

Ilustración: Momo Carretero

Un libro puede servir para ahuyentar moscas, para proteger del sol, para avistar lobos feroces, para trazar un mapa en la tierra, golpear una puerta, pegarle al lobo en la cabeza y trancar sus fauces para sacar a la abuelita. En El pequeño libro rojo (2011), de Philippe Brasseur, Caperucita no tiene caperuza ni canasta con pasteles. Su madre le encomienda llevar un libro rojo a su abuela que está enferma y se aburre mucho. Esta historia transcurre en las páginas de la derecha; a la izquierda, una maestra ratona busca aleccionar a los ratoncitos sobre la importancia de los libros. «Ahora observen con atención. Aaaabro el libro de esta forma… ¿Para qué?», pregunta. Los ratoncitos responden entusiasmados: «¡Para contarnos una historia!». Pero ella argumenta: «Para no estropear las páginas». En esta escena la historia es relegada y el entusiasmo, desoído. Por diversos motivos, los adultos nos esforzamos en hacer cosas con los libros: inculcar un respeto excesivo que los vuelve inaccesibles, hacerlos útiles para trabajar en las aulas ciertos temas, y llevarlos a nuestras casas como aliados cuando no sabemos qué hacer con lo que sucede a nuestro alrededor. «¿Qué libro puedo usar para trabajar...?» Es una pregunta que se repite, los puntos suspensivos se rellenan con temas variados: las emociones, la muerte, la sexualidad, las diferentes formas de familia, la discriminación, la aceptación de la diferencia.  Y la lista se engrosa. «Libros para trabajar» es una frase que encorseta la literatura y la despoja de historias. Se pierde la posibilidad de lo inesperado, del encuentro sorpresivo que genera efectos.

Ilustraciones de Philippe Brasseur para El pequeño libro rojo

Ana Garralón desde su blog polemiza y parodia cierto lugar que los adultos adjudicamos a los libros. En su artículo «Superlij al rescate» escribe: «¿Su niño no controla los esfínteres? ¿No quiere ir a la cama? ¿Quiere trabajar las emociones de manera adecuada? ¡Superlij al rescate!» La Literatura infantil y juvenil salen al cruce con capa y espada a salvar adultos que no saben cómo habar de ciertas cuestiones con los niños. No quiero desmerecer a los libros, ni a la lectura, ni sus posibilidades. Pero en ocasiones el uso de un libro se vuelve estereotipado. ¿En qué lugar ubicamos los libros? ¿Y cómo nos posicionamos los adultos? ¿Y los niños?

Si muere la madre de un amigo, ¿le regalan un libro que trate sobre la muerte? Si su tía comienza una demencia, ¿buscan cómo trabajar con él el tema del alzhéimer?

Cuando la utilidad toma la escena, la lectura se vuelve fármaco y el libro mediador. El libro, al quedar como mediador, toma protagonismo, se transforma en tabla salvadora en un mar desierto y desplaza al adulto que lo sostiene para sostenerlo a él.

¿Qué se le exige a un libro? ¿Qué puede escuchar un niño? ¿Qué evaluamos los adultos como «bueno» para ofrecerles? ¿Necesitamos agarrarnos de un libro para mirar a los ojos a un niño, escucharlo sin censura y sabernos sin respuestas?

Michèle Petit ha investigado las situaciones de crisis como paradigmáticas para pensar las formas de afectación de la lectura en los seres humanos. La antropóloga analiza sus procesos reparadores y colabora así en la definición del papel de los mediadores. De los adultos mediadores, aquellos que sostienen el libro. Entonces el momento de la lectura se transforma en un encuentro con la presencia de un otro que reconoce, escucha y habilita la palabra. La palabra y el silencio.  Y no importa tanto el tema, porque, ¿cuántos temas puede tener un buen libro? ¿Qué efectos puede provocar una historia cuando se comparte con afecto?

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