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LITERATURA INFANTIL PARA ADULTOS

La directora Tronchatoro y el orangután del marinero

Humanos animalizados y animales humanizados: Virginia Mórtola rescata de lecturas juveniles e infantiles dos personajes aparentemente diferentes que, sin embargo, cuentan con muchos puntos en común. Lo salvaje, la oscuridad y el terror constituyen el escenario de esta reflexión.

La directora Tronchatoro. Ilustración: Quentin Blake.

«El horror del asesinato pierde fuerza ante la fascinación del enigma».

Espido Freire

¿Qué lazos pueden unir a Matilda (1988) de Roald Dahl y Los crímenes de la calle Morgue (1841) de Edgar Allan Poe?

Podría ser el gusto por los libros de ambos protagonistas, o el método casi mágico del pensamiento analítico de August Dupin y la suspicacia para interpretar los actos de los adultos de la pequeña Matilda. O los poderes mentales, que también están en ambos. Pero no, no voy a centrarme en estos personajes. Serán protagonistas aquí el orangután asesino y la directora Tronchatoro: ambos desafían el equilibrio entre la animalidad y la humanidad, y tocan un horror que fascina.

El asesinato, en el caso de Los crímenes de la calle Morgue, esconde el enigma que Dupin develará sobre los crímenes acontecidos en la calle Morgue. Los actos de violencia, en Matilda, serán desmantelados frente a toda la clase cuando la niña hace público el pasado y el fraude de la directora Tronchatoro.

En el cuento de Poe un animal -el orangután del marinero- es confundido con un humano y en la novela de Dahl, un humano -la directora Tonchatoro- tiene aspecto, nombre y comportamiento animal. Ambos destilan horror y están rodeados de escenarios oscuros. 

La voz de la temida directora, escribe Dahl, «tronó profunda y amenazadora», es como «un bufido». Todas las referencias a su modo de comunicarse remiten a las de un animal: un toro, un caballo, hasta un gorila. «En tiempos pasados fue una famosa atleta y, aún ahora, se aprecian claramente sus músculos. Se le nota en su cuello de toro, en sus amplias espaldas, en sus gruesos brazos, en sus vigorosas muñecas y en sus fuertes piernas. Al mirarla, daba la impresión de ser una de esas personas que doblan barras de hierro y desgarran por la mitad guías telefónicas» (Dahl, 2015, p. 83). ¡Desgarra por la mitad guías telefónicas! Descripción que se acerca más a la  de King Kong que a la imagen de la directora de una institución educativa. El autor elige para este personaje una caracterización que la asemeja a un animal violento y desagradable.

 En Los crímenes de la calle Morgue, cuando Poe se refiere a los sonidos en la escena del crimen, escribe: «Eran gritos agudos y prolongados, no breves y precipitados (…) una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible» (Allan Poe, 2002, p. 236). El sonido animal es humanizado interpretado como leguaje desconocido. Es Dupin quien descubre que no es un hombre el asesino, sino el  orangután, siguiendo una dirección diferente a la de los policías: el extraño desorden del aposento, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, cabellos que no son humanos y el tipo de marcas en la garganta de Madeimoselle L’Espanaye.

«Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor» (Allan Poe, 2002, p. 249). El orangután de Poe, parece ser  una especie de Frankenstein al que se ha juzgado por su condición de monstruo, pero para Dupin fue el miedo el que desató su reacción, que acompañado de su fuerza y su tamaño, provocó el destrozo de la habitación y la muerte de las mujeres. No hay una intención, sino un animal asustado.

Tronchatoro le arranca el pelo a varios niños, como el orangután desacatado. A la pequeña Amanda la toma de sus bellas trenzas, por ser bellas, y la hace volar. Con intención y decisión, insulta y castiga sin piedad a los niños. Se dirige a ellos llamándolos: «puñado de nauseabundas verrugas», «ignorante babosa», «asnos estúpidos», entre otros insultos. Sin embargo, Poe como de Dahl, presentar una dicotomía entre lo salvaje y lo artificioso,  el accidente y la intención.

Ilustración: Daniel Urrabieta Vierge         Ilustración: Quentin Blake 

Roald Dahl construyó la historia basándose en varios escenarios que le permitieron avanzar en el argumento y proponer un esqueleto arquitectónico de la novela. La ratonera, escenario de tortura, condensa el espíritu de maldad de Tronchatoro. Hortensia cuenta a Matilda: «es un espacio muy alto pero muy estrecho. El suelo solo tiene setenta centímetros cuadrados, por lo que no puedes sentarte en él ni ponerte en cuclillas. Tienes que estar de pie. Tres de las paredes son de cemento, con trozos de vidrio incrustado en ellas, por lo que no puedes apoyarte (…) La puerta está erizada de miles de clavos puntiagudos clavados desde afuera, probablemente por la misma Tronchatoro» (Dahl, 2015, p.102).

Del aposento de las señoras L´Espanaye quedan los restos de un descontrol: muebles rotos, el colchón tirado en mitad del piso, una navaja manchada de sangre sobre una silla, espesos mechones de cabello sobre la chimenea. Lo lúgubre de las calles de París y del cuarto piso, así como la violencia de las escenas del crimen, no dejan indiferente a quienes leemos el relato. Tampoco la ratonera de Tronchotoro.

Poe mezcla raciocinio e imaginación con una estética de claroscuros. Dahl retrata el horror de un cierto universo adulto, llevando a los personajes a un extremo grotesco, que produce escalofríos o risas nerviosas.

Ilustración: Arthur Rackham              Ilustración: Quentin Blake

Aristóteles, en La Poética, dice que la tragedia como género literario logra la catarsis de las afecciones por medio de la compasión y el temor. De Quincey traduce catarsis como purificación: «Cuando uno va al teatro y contempla los hechos tan horripilantes que se muestran, siente una compasión enorme ante el mal en general y un temor increíble, por lo que al salir del teatro siente alivio». Y sí, tanto niños como adultos, como buenos humanos,  disfrutamos del horror al sabernos fuera de escena.


Dahl, R. (2015). Matilda. Chile: Alfaguara juvenil.

Allan Poe, E. (2002). Cuentos. Madrid: Alianza editorial.

Báez, F. (julio, 2001). Thomas de Quincey: el crimen como hecho estético. Conferencia presentada en Escuela de Criminología, Universidad de los Andes.

 

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