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Entre bicis, baldosas y arrugas

Bellezas de la vida

¿Dónde se esconde la belleza? En primavera florece y Virginia Mórtola la atrapa en instantes, en miradas, en colores. También se encuentra con ella en los libros y hoy nos recomienda tres lecturas conmovedoras: «un paseo en bicicleta, baldosas rotas recuperadas con coloridos trozos de azulejos y los recuerdos que guardan las arrugas». 

Ilustración de Lucía Franco en «El señor de las baldosas».

Lo bello nos provoca felicidad, a través de la contemplación. A mí me alegran, todas las veces, las flores de los jardines, los campos, los floreros, las terrazas. Todas. Otros encontrarán deleite en otras bellezas, es que hay como deseos. ¿Dónde encontraos belleza? Podríamos hallarla en una sonrisa, en la espuma que escapa de las olas, en el silencio luego de que un bebé se duerme. Podríamos, también, encontrarla en algunos libros, lista a ser descubierta apenas se desplieguen las páginas. Elegí esta vez, tres libros que me conmovieron a partir de sus bellezas: un paseo en bicicleta, baldosas rotas recuperadas con coloridos trozos de azulejos y los recuerdos que guardan las arrugas. 

 

Vuelta manzana a la vida         

La gran carrera (Alter ediciones 2020) es un el recién publicado álbum sin palabras del ilustrador uruguayo Ca_teter. Todo en blanco y negro, con lápiz grafito de trazo veloz que aporta movimiento a una historia que se mueve. Es un libro circular que avanza sobre ruedas y a través de las páginas  recorre el ciclo de la existencia. Pues, se trata de la gran carrera de la vida. Cambiar de página es como saltar un mes o años. Vemos niños con  mochilas que avanzan en bicicleta, adultos que van y vienen, algunos lentos, otros veloces, hay quienes hacen piruetas y quienes deben cargar su bici: las singularidades del andar. También el autor retrata los entreveros donde todos quedan atrapados a la sombra de molinos de viento y los picnics plácidos alguna tarde de primavera. Los munditos microscópicos que habitan las casas donde transcurren intimidades. Las muertes, los nacimientos. Y el nuevo inicio. Los niños de mochilas vuelven a la escena, inician un nuevo camino.

Las guardas, muy pintorescas, retrata a los personajes acompañados de sus nombres, algunos: Don Laurentis, La señora de abajo, El árbol, Los hermanos Coluchi, El uniceja, Carlitos el tímido. Es la historia de ellos, pero también, es la carrera de quienes estamos vivos.

Este libro nace de la serie de ilustraciones ganadora del Primer Premio de Ilustración de literatura infantil y juvenil (2018). O antes: «Aquella tarde, sobre la mesa de la cocina, con mi padre, pintamos de color rojo y le pusimos rueditas laterales a mi primera bicicleta. Yo tenía 4 años», cuenta el autor. Ca_teter piensa que ilustrar tienen que ver con las metáforas. Aparecen una y otra vez, dice. Percibe el peso de algo importante que lo emociona y necesita expresarlo. Como la primera vez que se subió a una bicicleta y sintió la velocidad al ir por la vereda, esquivando baldosas flojas, hasta llegar finalmente a la esquina para retornar y volver a empezar. Igualito que este libro. Bello en su sutileza al narrar tanto. Develando la belleza de los encuentros y el transcurrir variopinto del tiempo y nuestros avatares.

 

Mundos diminutos

El señor de las baldosas (Planeta junior, 2020), escrito por Laura Chalar e ilustrado por Lucía Franco, es un libro ilustrado, de tamaño generoso y edición bilingüe.

En la tapa, el misterioso señor que da título a la historia, atraviesa con su maleta llena de misterios una calle de la Ciudad Vieja. Nuestra Ciudad Vieja. Porque esta es una historia que cuenta una realidad muy bella de nuestra ciudad. ¿Han visto las delicadas y dedicadas decoraciones que habitaron las baldosas rotas? ¿Se sorprendieron con su belleza? ¿Les sacó una sonrisa? ¿Provocó preguntas? Todo transeúnte, apurado, distraído o concentrado, que haya transitado por esas calles se ha topado con la belleza y el interrogante que la acrecienta, de las baldosas cubiertas de azulejos de colores. ¿Cómo? ¿Quién? ¿Cuándo?

Laura Chalar elige contar esta historia. Cuenta la tristeza de un hombre que ve a la gente apurada, que no repara en la hermosura de las alturas de la ciudad: ni sus torres, ni miradores, ni balcones, ni azoteas. Nada. Ese personaje junta trocitos de mosaico y mayólica y embellece los agujeros cascados.  «Porque en su mundo también había roturas y añicos, pero se empeñaba en mantener sus colores». Sale en las noches, iluminado por los faroles o las estrellas, con una pequeña linterna, o incluso en tiempos inciertos y oscuros. Sale y embellece las calles hasta que llega a todas las miradas. Hasta que los mosaicos coloridos destellan en el piso y detienen la vertiginosidad de los transeúntes. Y acaricia almas, ilumina días, entibia tristezas. Porque, para este señor, «Mirar es el primer paso para reparar una herida».

Las ilustraciones de Lucía Franco, de tonos pastel, con celestes, naranjas, amarillos y rojos, crean un clima que empieza vertiginoso, atraviesa el misterio y logra la pausa que requiere la mirada. Podría decir, que cada página está construida con tanta delicadeza y dedicación como las baldosas del misterioso señor.

 

El escondite de los recuerdos

Una arruga es mucho más que una arruga. Cada pequeño surco de un rostro guarda una historia, un secreto: son pliegues del tiempo. La idea es muy bella. Simona Ciraolo, autora italiana de  Las arrugas de la abuela (Andana, 2016) empieza esta historia con una fiesta: el cumpleaños de la abuela. Hay globos, torta y la abuela sostiene una maceta con cuatro flores, una de ellas marchita. 

—¿Te molestan abuela?

Pregunta la pequeña nieta a su abuela refiriéndose a sus arrugas.

—En absoluto —responde— En realidad les tengo mucho afecto. Es en estas arrugas donde guardo mis recuerdos. ¿Sabés?

Así inicia el dialogo que se desarrolla durante las siguientes páginas y recorre la vida de la abuela a través de cada marca que se dibujó en su rostro. Las arrugas son el dibujo de la vida.

«Aquí tengo aquella mañana, a comienzos de una primavera, en que descubrí un gran misterio», cuenta sobre una arruga de su frente. Y lleva a pasear a su nieta por el mejor picnic, la noche en que conoció a su abuelo, la primera vez que tuvo que decir adiós.  El dialogo transcurre y en la doble página siguiente aparece la escena que recrea el recuerdo. La cara de la abuela es un mapa con surcos poblados de  afectos, toda la existencia. Hay marcas tristes, desconcertantes y marcas que se arman al costado de la boca, allí donde se despliega la sonrisa.

Los tres libros hablan sobre la existencia y los modos en que transitamos nuestros días, el tiempo y todas aquellas cosas que se vuelven significativas. Y nos acompañan con sus bellezas.

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