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Hablar con la lengua

Razonamientos impecables no aplicables

El lenguaje tiene sus reglas y lo mejor es aplicarlas de manera lógica, sin embargo, también tiene sus excepciones. La Barra Equis anduvo investigando y puso en el centro del debate las irregularidades de algunos verbos. 

Razonamientos impecables no aplicables

La Barra Equis caminaba por las veredas del centro, como de costumbre, cuando un grupete bastante singular se cruzó en su camino. Un niño y una niña de túnica y moña y delantal a cuadritos caminaban a los saltos; detrás de ellos, una señora de pelo blanco que sonreía mirándolos y no se esforzaba por seguirles el paso.

—¡Ayer andé en bici con mi hermana! —comentaba el niño, con el pecho inflado de orgullo. La niña abrió los ojos enormes, emocionada.

—¡Uau! —enseguida su expresión se transformó en desilusión—. A la mía todavía no le ponieron las rueditas… —fue entonces que la señora decidió intervenir, mientras le acomodaba la mochila en la espalda a la niña.

—No le pusieron las rueditas, Agustina —corrigió sin perder la sonrisa. Cuando volvió a mirar al frente, sus ojos se cruzaron con las tres miradas confundidas de los detectives. Agustina los ignoró por completo y se dio vuelta, irreverente.

—No, abuela. Poner, ponieron —razonó, con total lógica. Alfa, Bravo y Charlie, los detectives de la Barra Equis, se miraron entre sí y frenaron en seco a los niños y a su abuela.

—Hola, Agustina —dijo Alfa mientras Bravo sacaba un papel—, tu abuela tiene razón, pero vos también. Lo que vos hiciste es conjugar el verbo poner de forma regular: si de comer tenés comieron, es evidente que de poner se desprende ponieron.

—Pero hay algunos verbos que tienen formas irregulares. Esto quiere decir que no se conjugan como la mayoría de los verbos, sino que toman formas distintas. Poner es uno de ellos: la raíz del verbo en infinitivo es pon-, pero si lo vas a conjugar en un tiempo pasado es pus-: puse, pusiste, puso… —explicó Charlie, animado.

—Lo que pasa con poner es que tiene un pretérito fuerte: el nombre se debe a que cuando lo conjugamos en pretérito, el acento está en la raíz. En muchos pretéritos fuertes se altera la vocal de la raíz: el fenómeno que vemos acá, donde la o del presente es una u en el pretérito, se llama cierre vocálico. Estas formas del pretérito son heredadas del latín.

—Matías dice andé  y la maestra me dijo que estaba mal… —acusó Agustina, con cara de pícara.

—Lo que sucede con el verbo andar es muy parecido a lo que pasa con poner, pero no igual. También es un verbo con pretérito fuerte, anduve, pero no es de herencia latina, sino que surgió en el romance castellano; esto es una excepción dentro de este tipo de verbos.

—Felicitaciones, señora —dijo Bravo, mirando a la abuela con cariño—. Sus nietos entienden perfectamente cómo funciona la regularidad de los verbos en español y pueden aplicarla a verbos que todavía no conocen. Es verdad que esto no funciona con todos los verbos… ¡pero el razonamiento es impecable!

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