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En mi mayor

Steven Tyler: Fotografías en blanco y blanco

Steven Tyler, el egomaníaco frontman de la legendaria banda originaria de Boston, Aerosmith, escribe una biografía sin pelos en la lengua, arrepentimientos ni frustraciones, que Malpaso Ediciones tradujo al español como ¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera? y que Tüssi Dematteis nos presenta en su columna En Mi Mayor.

Foto: Victor Chavez

La imagen ocasionalmente bufonesca de Steven Tyler y su banda Aerosmith, a veces opaca un tanto el formidable proyecto artístico que fueron y que tal vez no llegaron a cumplir completamente. Aunque nunca fueron muy estimados por la crítica, los bostonianos se presentaban como la combinación casi perfecta —y estadounidense— entre el carisma y estilo de los Rolling Stones y Led Zeppelin, las dos bandas de rock más influyentes del otro lado del Atlántico, aportándole, además, un cierto toque glam heredado de los New York Dolls. Tyler, un cantante exhuberante y desinhibido, dueño de la boca más grande que el rock haya visto, junto a las de Mick Jagger y David Johansen, era además un músico con una buena formación técnica, y un notable conocedor del blues y las raíces de la música popular estadounidense, que impregnaron el sensual hard rock con toques funky de sus primeros discos que, sin ser geniales o particularmente influyentes, son de lo mejor que se hizo en su tiempo y su género. Pero a mediados de los setenta, los Aerosmith comenzaron a dedicarse más al consumo de cocaína y alcohol (preferentemente, pero no exclusivamente), desapareciendo en una nebulosa de desatención y música mediocre, hasta que a fines de los ochenta tuvieron uno de los más inesperados y exitosos retornos de la historia del rock, aunque ahora reprocesados como fabricantes de baladas heavy efectivas e indistinguibles entre sí.

Aerosmith en 1980

¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera? —traducción de título insoportablemente coloquial del original mucho más simple Does The Noise In My Head Bother You?— es el repaso que Tyler hace de esa vida aventurera, que desde hace décadas es asociada con la desmesura personal y la irregularidad creativa, pero también con una cierta alegría hedonista (léase, montañas de cocaína y ejércitos de groupies) y atorrante que su frontman parece conservar.

Steven Tyler por Victor Chavez

Aunque el relato está en lógico orden cronológico, la historia que narra el libro parece compuesta por un hilvanado de anécdotas más o menos presentables en las que Tyler se asemeja a un viejo lobo de mar que narra, ante un círculo virtual de público extasiado, sus aventuras en los turbulentos océanos de la vida del estrellato de rock en los años setenta y ochenta, las décadas en las que, para un hombre joven, el estar al frente de una banda rockera era acceder a una condición semidivina y llena de privilegios, pero también de peligros.

Aerosmith en 2016. Foto: Victor Chavez

Si la cocaína es la droga de la autoindulgencia, los efectos de esta sobre Tyler se prolongaron luego de que dejara de consumirla, porque no hay rastros de autocrítica en este repaso de su vida de artista glamoroso y excesivo. Tyler fanfarronea por todo, por sus talentos musicales, su capacidad para consumir drogas y alcohol en cantidades letales, su éxito con centenares de mujeres, su desinhibida y ocurrente personalidad, y hasta el tamaño de su pene. No se puede decir que el cantante tenga poco aprecio por sí mismo, más allá de lo autodestructivo de algunas de sus conductas, pero hay que reconocerle que maneja su ego elefantiásico con mucho sentido del humor, hasta el punto de que su vanidad termina siendo algo más próximo a la autorreferencialidad burlona de un espectáculo de stand un que el monumento a la arrogancia que podría ser. En su autobiografía, Tyler termina presentándose como un personaje tan simpático y extravagante como el que se vio revisando cuadros desechados y mezclándose entre los caminantes de la Ciudad Vieja, durante su visita a Montevideo, y dando la impresión de que de tanto parecerse a su notoria figura pública, posiblemente esta ya sea realmente su auténtica personalidad.
Apología bastante descarada de una vida de excesos y desastres monumentales, ¿Acaso molesta el ruido que retumba en mi sesera? solo parece oscurecerse y madurar un poco en los últimos capítulos, en los que se narran algunas de las consecuencias físicas y mentales de sus décadas de adicciones acumuladas, que se prolongaron —por lo que sabemos— hasta muy poco tiempo antes de la escritura de este libro divertido, sin arrepentimientos, muy poco ejemplar y, de una forma tortuosa y tóxica, enamorado de la vida.

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