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En mi mayor

Phil Collins al ritmo de la clase media

La historia de un hombre bueno y trabajador que hizo cantar a miles de personas alrededor del mundo, sobre todo en los ochenta, y que, a diferencia de todas las estrellas del rock y el pop que han pasado por En Mi Mayor, su momento de excesos fue un alcoholismo reciente, que parece haber superado.

Foto: Lynn Goldsmith

Al leer en Aún no estoy muerto acerca de la primera vocación artística del polifacético Phil Collins, la actuación, es fácil pensar que habría sido un estupendo hobbit en las adaptaciones de los libros de Tolkien que realizó Peter Jackson. No solo tiene el físico menudo y el aspecto simple y bonachón que uno asimila a los habitantes de La Comarca, sino que —al igual que los hobbits para J. R. R. Tolkien— Collins ha encarnado mejor que nadie de su generación la imagen y los valores de la clase media británica, consiguiendo el extraño logro, sobre todo para un artista de los años setenta-ochenta, de competir en ventas con Madonna o Michael Jackson, sin diferenciarse en aspecto y —como el libro parece demostrar— en intereses, de cualquier parroquiano de un pub inglés que va a jugar a los dardos para relajarse luego de un día en la oficina. Pero uno que, al otro día, está amenizando con su batería un cumpleaños del príncipe Carlos o tomándose un Concorde para poder tocar con Led Zeppelin en un Live Aid transmitido en vivo a quinientas millones de personas.


Phil Collins en Nueva York, en 1973. Foto por: David Gahr

Toda su autobiografía es un registro de esta normalidad hiperamplificada y, si se cumple el pacto de creer en lo que dice, la demostración de que Phil Collins ha vivido una vida totalmente excepcional en su normalidad dentro de entornos extraordinarios. Ya desde el arranque Collins expresa su remordimiento por sus múltiples fracasos a la hora de mantener una familia estable (se casó tres veces, lo que tampoco es precisamente una cifra como para entrar en el libro Guinness de los records) y, luego, esta será prácticamente la única nota de inestabilidad en una vida dedicada con una notable disciplina a la música y el espectáculo. Esto no quiere decir que Aún no estoy muerto sea un libro soso o burocrático, al contrario, Collins tiene un notable sentido de la comedia escrita y su autobiografía es una de las más graciosas, y mejor escritas, que haya producido uno de los grandes nombres de la generación del rock y pop que está llegando o llegó a la tercera edad. En cierta forma, su sentido del humor para describir anécdotas risueñas solo es comparable con el desopilante libro de historias del extecladista de Yes, Rick Wakeman (Grumpy Old Rock Star), lo que podría indicar que los músicos provenientes del ámbito del rock progresivo son bastante menos serios de lo que se podría creer.

Genesis en 1972. Foto por: Michael Ochs Archives

En realidad Collins presenta su vida como una de grandes contrastes, entre el chico modesto, afable y entusiasta que se sentía satisfecho con ganarse el jornal como músico, al músico capaz de llenar estadios en todas partes del mundo y que, al menos en algún momento de los ochenta, parecía convertir en oro todo lo que tocaba. Entre el baterista polirrítmico y elaborado vocalista de una banda de aspiraciones artísticas tan complejas como Genesis, y el baladista pop solista que revolucionó el sonido del mundo con los tres acordes de «In the Air Tonight». Entre el humilde pelado de overol que respondió a un llamado de baterista de una banda, y que no había terminado la secundaria, y un Peter Gabriel intelectual y aristócrata que le hizo la prueba de admisión en la mansión de sus padres. Pero estos contrastes no implican choques, y Collins se presenta como alguien sumamente adaptable y capaz de sintonizar con casi todo el mundo, en parte por esa simplicidad de trabajador de la música que encarnó en un tiempo de estrellatos desproporcionados.

 

Phil Collins en Londres, en 2017. Foto por: Brian Rasic

Es por esta misma moderación y esta jovialidad que resulta más chocante, como si un libro de aventuras deportivas se convirtiera en uno de horror de un capítulo al otro, cuando Collins narra cómo a fines de la década pasada, llegando a los sesenta años y en la crisis de su tercer divorcio, el hombre que se enorgullecía de no haber tocado jamás borracho y no había contado ni una anécdota sobre algún exceso de drogas en más de treinta años de carrera, cayó en una espiral de alcoholismo capaz de aterrar a Ozzy Osbourne, y que —sumada a varios problemas de salud de causas más naturales— casi lo mata y lo dejó con varias secuelas físicas. Pero este extraño, y aparentemente superado, desbarranque tardío no opaca la sensación general de que Aún no estoy muerto es el retrato de un hombre querible, familiero y profundo conocedor no solo de los recursos musicales para conectar con la sensibilidad popular, sino también de los resortes íntimos de esa sensibilidad que maneja tan bien simplemente porque es la suya.

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