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picado fino

Partícula VI

Cerramos el ciclo de Partículas escritas por Aldo Mazzucchelli, en las que la literatura y las palabras se mezclan con los sueños.

“Los sueños de inexperiencia”, de Grete Stern, en «Idilio», n.º 77, 9 de mayo, 1950

Pero no se sueña de cualquier modo, en este caso. Porque hay también un contenido o estilo de ese soñarse del fúnebre atardecer. Hay un lo que se sueña. Esa semántica del crepúsculo acuciante y sucesivamente determinado es una unción. De uña, pues, en la que se cargaba el óleo que se emplearía para propiciar el rito. Deslizada metonimia que conduce al estado de ánimo, como mirando para adentro, del oficiante que se pliega frente a su dios, pero de modo interno, una suerte de doblarse en la propia víscera para no dar flancos al afuera y lograr, después de ser untado, la unción, tan cercana a la acción de unirse con uno mismo o en sí mismo. Digo, que ese unirse tiene no obstante un contenido, y también está especificado sustancialmente. Ma non troppo, pues tratándose de un Nirvana, este resulta vago. O, mejor dicho, Nirvana vago no es el contenido de la unción de otro, el tramonto, sino lo que se unciona en sí como un tramonto fakir cataléptico y apile de dorada indeterminación. ¿Hemos llegado de esta manera al enrarecimiento máximo, sublime, que ha podido dar de momento cualquier lengua en cualquier parte? Pero hay más. Porque si esa carretada superanalítica es puesta en melodía y en música, se le agrega a la sensación un número indeterminado de pisos. Y es entonces que empieza a subir el hipérbaton y el encastre de los paralelismos, las sugerencias insólitas de la rima, y la alegría sin explicación del ritmo. En túmulo de oro vago, cataléptico fakir, se dio el tramonto a dormir la unción de un nirvana vago. Ah, la milhoja de mundo que solo ocurre en letra.

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