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La retórica y los signos

Apuntes fuera de lugar II

Aldo Mazzucchelli teoriza sobre el lenguaje y el poder de las palabras. Cuando un discurso se queda en el terreno de la retórica, y no en terreno real, desvía el foco de lo que se está diciendo, de su realidad, para centrarse exclusivamente en el poder del cómo se dice.

Apuntes fuera de lugar II

Un elemento central en la ideología hegemónica en la academia en los últimos cincuenta años tiene como secreto un fenómeno que llamaré «desprecio por las resistencias de lo real a los discursos».

¿A qué me refiero? Un estudioso argentino del deporte, hablando de la relación entre deportes y representación de la nacionalidad, escribe el siguiente párrafo:

Al mismo tiempo, deportes como los ecuestres, en donde el caballo es central, remiten a un tipo de «modernidad parcial» ya que este no es solo un animal «aristocrático» o «noble», sino que el imaginario que puede generarse tiene referentes pastorales y rurales inmediatos. […] En esta hibridez entre lo nuevo y lo tradicional habría espacio para otros deportes que los únicamente colectivos.

 

En esa forma de observar un fenómeno determinado, resaltado por el uso oportuno de comillas donde los signos se desenganchan de sus referentes (el caballo no es noble, sino «noble»), todo es discurso, representación. No interesa al párrafo si los deportes se practican bien o mal; si el jockey que corre sobre el caballo tiene una destreza remarcable o no; si los jugadores de fútbol o de tenis alcanzaban o no alguna maestría específica: el deporte como manifestación real desaparece en la trivialidad de lo indecible. Todos ellos pasan a ser signos —o, peor, «significantes»— de un discurso que despoja al fenómeno estudiado de su única dimensión resistente, para subsumirlo en meras formas discursivas.

Otro ejemplo deportivo: hablando de los incidentes desatados luego de la final de fútbol de 1930 entre argentinos y uruguayos, algunos historiadores pintan toda la discusión histórica sobre lo sucedido en base a cuestiones de nacionalismo o de intereses políticos y comerciales de cada medio de prensa, sin intentar discutir el punto concreto de cómo ocurrió el partido, supuestamente, la piedra del escándalo. Una vez más, todo es representación abstracta: las posiciones de los periódicos o cronistas responden siempre a cuestiones extrafutbolísticas.

En estos casos, y en otros muchos que se puede señalar en todas las disciplinas sociales y humanísticas, el recurso es siempre el mismo: reducir el mundo a discurso desenganchado del examen de las resistencias concretas; en especial, despreciar la consideración de los hechos que, específicos a cada fenómeno, estarían en la raíz de las representaciones. No existe raíz para las representaciones, sino solo habilidad para producirlas. Por ejemplo, no interesa si en la final de 1930 el fútbol ocurrió de esta o aquella forma, si se ganó por bien o por un error del árbitro, si la formación y maestría técnico-táctica de los rivales era una u otra. Se trata de un mundo en donde los únicos datos son el poder y los intereses, y su representación en el teatro de los signos.

De ese modo, se termina cayendo en un problema importante, pues el resultado previsible de ese modo de proceder es una especie de cinismo del poder. El mundo que se representa no es un mundo donde los mejores ganaron con justicia, o perdieron con injusticia; donde las mejores ideas triunfaron por suerte, o fueron derrotadas por desgracia. Se trata, en cambio, de un mundo en donde no interesan los hechos, en donde los signos que afirmarían valor se ponen entre comillas, cosa de jamás afirmar una posición u otra; no interesa sino el uso retórico que se haya intentado hacer de ellos. En lugar de ejercer la crítica a la retórica, se procede a su absolutización. Todo es retórica, discurso. Nada fue sustancial, real, mejor o peor.

La apariencia de «no juicio» que arrojan semejantes puntos de vista es nada más que un modo secreto —e ignorado a menudo por los mismos que así proceden— de deslegitimar todo esfuerzo destinado al bien. Pues claro, con esa mirada, no hay bien ni mal: solo hay poder, o falta de él.

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