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el balance perfecto entre drama y humor

Un hombre llamado Tom Gauld

Humor gráfico elevado en las tiras de Tom Gauld, con personajes de la literatura clásica inglesa y universal, problemas cotidianos en la vida de un escritor, y otro tipo de intríngulis intelectuales, contados en esta nota que promete robarnos risas y sonrisas por Rodolfo Santullo.

Un hombre llamado Tom Gauld

Fenómeno en redes sociales —es el autor de chistes que muchos comparten sin saber quién los hizo—, y cada día más presente con estupendos libros editados, Tom Gauld es un fenómeno que suena más y más entre lectores de historietas, amantes del humor gráfico o simples mortales que disfrutamos reírnos un rato con humor de calidad.

Personajes de novelas victorianas que reflexionan sobre su condición. Escritores que combaten con métodos no tradicionales el bloqueo de la página en blanco. Policías lunares que se pasean sin nada que hacer por el satélite. Dragones que buscan su lugar en los mundos de fantasía. Sorprendente, tierno, existencial y siempre original, así es el humor de Tom Gauld (Aberdeenshire, Escocia, 1976) una de las «nuevas» (las comillas corresponden a que anda en la vuelta hace bastante más tiempo del que uno imagina) voces dentro del humor gráfico, un autor que primero por el boca a boca —y las redes sociales— y luego por la edición de sus estupendos libros en varios idiomas, se ha ganado un lugar de excelencia y la categorización de «autor a seguir».

Con claros paralelismos dentro del humor gráfico latinoamericano —el argentino Liniers el primero—, el humor de Gauld parte desde variados lugares. El primero es el por completo tradicional formato del golpe y porrazo; el humor clásico, los enredos, todo esto es usado por el británico tanto con originalidad como con el encanto que da lo simple, lo clásico. El humor tradicional recibe de Gauld una pátina de maravilla, como de niño-grande que se ríe con el chiste del hombre que cae cuando le sacan la silla al momento de sentarse. Como si escuchara estos chistes por primera vez. Pero ese humor tradicional tiene además el aliciente personal del autor, un salto al vacío cargado de referencias culturales —la literatura inglesa, la más importante, al punto de hacer de las hermanas Brönte, Jane Austen o Charles Dickens personajes en sus chistes— que buscan y generan complicidad con sus lectores. Un humor diferente, que no siempre causa la carcajada, pero que, al mismo tiempo que despierta invariable una sonrisa, deja muchas veces una emoción, una idea, una reflexión.

Tom Gauld es, sin duda alguna, un maestro del humor gráfico; un autor a buscar y leer, y aquí les comento dos de sus libros (ambos editados por Salamandra) a modo de ejemplo.

 

Un policía en la luna (2006)

Nuestro protagonista es un policía lunar —el único— y esta breve historia nos narra su día a día. Aunque uno imagina las más variadas aventuras siendo el policía de una base lunar, se nos presenta un contexto casi vacío, desierto, ya que los mejores días de la base han llegado a su fin y casi que ni va quedando gente allá arriba. Entonces, nuestro poli se dedica a buscar perros perdidos, autómatas que se desprograman, comer donas y tomar café, mientras —día a día— el lugar se va vaciando. Es notable que con tal economía de recursos —pocas páginas, pocos trazos, pocos diálogos— Gauld transmita tal sensación de divertida melancolía (el balance entre humor y drama es perfecto), mientras asistimos al abandono de un lugar que supo tener mucha más vida, tal cual ocurre con esos pueblos creados junto a una mina que se agota, una vía de tren que se cancela o una fábrica que se clausura.

Todo el mundo tiene envidia de mi mochila voladora (2013)

Aquí el humor de Gauld no es tan accesible —incluso en ocasiones (con todas sus referencias a Dickens o la literatura clásica inglesa) se vuelve hermético— pero si uno se encuentra en la sintonía correcta, funciona de manera irresistible. Parado a medio camino del golpe y porrazo, de la referencia sutil, del humor introspectivo y de la emoción pura y dura (tierna, incluso), Gauld se vuelve el impulsor temprano de un estilo que hoy día es muy popular dentro del humor gráfico. Aunque no todos los chistes del volumen tienen el mismo nivel —cosa harto difícil— tampoco los hay malos, y, cuando funcionan (algo por completo relativo a quien lea el libro, por supuesto, tanto si funcionan o cuáles funcionan), lo hacen de forma estupenda. Yo en lo personal me quedo con los que juegan con otras artes —literatura, cine— y tanto se ríen como reflexionan sobre los procesos creativos.


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