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mochila al hombro

Todo pasa en la Khao San Road

La mochilera de Escaramuza, Tania de Tomas, viaja a través de la meditación al momento en que, con su hermano, conocieron Tailandia y recorrieron, rodeados de estímulos, espiritualidad y luces de neón, la famosa calle Khao San Road.

Tuk-tuk en Bangkok. Foto: Tania de Tomas

El famoso barrio mochilero de Bangkok se convirtió por unos minutos en un templo. El bullicio de la Khao San Road se detuvo, aunque en mi cabeza seguían repiqueteando las voces incansables de los vendedores ambulantes. El local era pequeño y la moquette azul del piso lucía aún más desteñida gracias al tubo de luz. Las repisas abarrotadas de objetos innecesarios destilaban desorden y abundancia en partes iguales. Más lejos, cerca de la ventana, estaba un hombre de chaleco mostaza parado sobre una silla.

Templo en Bangkok

Hi, good morning —dijimos con mi hermano, pero nadie respondió. Nos miramos y esperamos. Nadie, nada. De tanto en tanto escuchábamos una campana y una voz que repetía algo parecido a un mantra. Bhagavad-gītā, se leía en letras azules. El libro estaba sobre una mesa redonda de vidrio, detrás de una pila de revistas europeas. Sabía lo que era, en algún momento, durante mis clases de yoga, nos habían leído algunos pasajes. Este texto sagrado, para muchos el más importante de la literatura hindú, es en grandes y torpes palabras un manual interesante para la vida. Me lo quedé ojeando, pero por supuesto no entendí nada, estaba en sánscrito. Nos sobresaltó la voz del hombre. Con su cuerpo prácticamente pegado al mío (la ley de la proximidad en este lado del mundo es bien distinta a la nuestra) nos dijo:
—Disculpen, es mi trabajo matutino. El rezo a Shiva es mi alimento. Todos los días diez minutos.  —Y desplegó una sonrisa que le hizo achinar aún más los ojos. Luego desparramó al menos diez tipos de telas y empujó a mi hermano al probador para mostrarle los trajes. Yo, sentada en el sillón rojo que estaba cerca de la puerta, apenas alcanzaba a ver cómo los brazos de Franco iban subiendo y bajando al compás de la cinta métrica de aquel pequeño hombre. Las tiendas especializadas en trajes son en esta parte de la capital tailandesa tan corrientes como las casas de masajes o los tuk-tuk. Los tailandeses son capaces de hacer trajes a medida en menos de veinticuatro horas y a un precio extremadamente económico, incluso para nosotros, los sudamericanos. Salimos de la tienda con la promesa de que tendríamos el traje al día siguiente y el ritmo volvió a acelerarse. La Khao San Road es un gran buffet que promete atragantar con su oferta.
Puestos de artesanías que venden estatuitas de Buda, Ganesha o Shiva, pantalones con diseños de elefante pasando por lámparas y monederos con mostacillas. Hoteles, casas de cambio, discotecas y tiendas de tatuajes completan la oferta. Y la fiesta a las nueve de la mañana desconcierta un poco y más si se mezcla con olor a pescado, pancakes y kebabs. Aunque basta alejarse un poco del caos para ver imponentes templos y cientos de locales pobres que parecen conformarse con las sobras de los turistas.
El primer día, cuando bajé del avión y llegué a una terminal de taxis repleta de autos fucsias, azules y verdes metalizados advertí que estaba en la otra punta del planeta y que cada recoveco de la ciudad lo iba a hacer evidente. Y no me equivoqué.
La radio en tailandés, el taxista hablando un inglés peor que el mío y las gigantografías del rey y la familia real en marcos dorados al costado de la calle habían dilatado mis pupilas.
—Sagrado, sagrado, sagrado —decía el tachero y señalaba una de las tantas imágenes de Bhumibol Adulyadej.  A lo largo de mi estadía me enteré de muchísimas cosas que debería haber sabido antes de llegar, una fue que hablar mal del rey en Tailandia no solo podía ser motivo de multa, sino también de cárcel.
Era la cuarta noche en la calle de la fiesta y aunque mi hermano (ocho años menor) parecía estar en un parque de diversiones, yo estaba algo hastiada. Mientras esperaba mi pad thai vegetariano (un plato salteado en wok a base de tallarines de arroz y verduras), Franco se comió un escarabajo, me ofrecieron cocaína y a los chicos de al lado los invitaron tres veces a ver Ping Pong, un show en el que las mujeres destapan botellas y lanzan dardos con la vagina. Me dieron el pad thai en un plato de plástico y me senté en el cordón de la vereda. Los carteles de cerveza Chang y de KFC encandilaban. Tres chicas, que no tenían más de quince años, estaban con un par de hombres viejos, y evidentemente extranjeros, sentadas en una mesa. Un grupo de turistas bebía de un balde con pajitas de colores. Sabía que esa noche había luna llena pero apenas lograba verla. Me alejé del centro, de las luces, del ruido. Casi en penumbras y con una lata de cerveza en la mano me quedé mirando la luna. Al otro lado de la calle un puñado de turistas esperaban sobre unas reposeras a que les hicieran masajes en los pies.


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