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Reconocidas

María Josefa Mujía, la Ciega, primera poeta boliviana.

Olvidadas, negadas, ignoradas o abandonadas. Así son las historias, la vida y la producción literaria de muchas mujeres y personas trans. Ilustrada por Aymará Mont, Gabriela Borrelli comienza una columna dedicada a todas ellas, acercándonos en esta nota la poesía de la boliviana María Josefa Mujía, la Ciega.

María Josefa Mujía, la Ciega. Ilustración de Aymará Mont.

La ceguera encarna algo del mito de origen de la literatura occidental. Es Homero el que funda con sus dos poemas épicos lo que siglos después se denominará como literario. Sin embargo, se duda de la existencia de Homero. Es decir, no hay certezas acerca de la existencia de un  Homero real, nacido y criado probablemente en la zona colonial griega del Asia Menor. Bajo el nombre de Homero se agrupan un conjunto de tradiciones orales en dos relatos: La Ilíada y La Odisea. Sea cual sea el caso, en esa invención o en la realidad, un rasgo se mantiene: Homero era ciego. Con las mismas incertidumbres que ofrecen los datos de su nacimiento, se intuyó o se dedujo o a alguien se le ocurrió: Homero quedó ciego después de los 20 años, como consecuencia de una enfermedad. Podemos desde ese punto inicial de la literatura tender algunos puentes al pasado y al presente. Destacar cómo en la mitología griega, antecedente de su literatura, la ceguera funciona como develación de la verdad y cómo cualquier vidente, varón o mujer, es ciego o ciega, como si la privación de ese sentido fuese una condición necesaria para que aflore lo sobrenatural. Con la pérdida de lo real, con la fuga del color, aquello que no se ve es develado, el interior tal vez. El origen como ceguera, la continuidad como la apertura de la ficción. Borges, el gran escritor latinoamericano que Europa no pudo tener en el siglo XXI, ciego, afirmó que lo que más extrañaba era el color rojo y negro, y dijo para siempre que la ceguera no es negra sino amarilla. John Milton, James Joyce y una seguidilla de escritores tan modernos como Homero, perdieron la vista y su literatura se conjuró como develación. Cegueras que eligen qué historias contar.

Nosotres en este feliz apartado invocamos a la Ciega, nuestra ciega, boliviana y poeta. La ciega que funda la poesía boliviana. Una mujer nacida en Chuquisaca en 1812. Ciega desde los 14 años, pidiéndole desesperadamente a su hermano Augusto que le leyera poemas. El mismo Augusto que sería quien después escribiera los que ella dictaba. Porque en el nacimiento de todo poeta está primero la pasión lectora. Maria Josefa Mujía inaugura con su poesía la literatura boliviana cultivando una pasión por la escritura que no se condice con el reconocimiento fuera de su país. Es ésta una mirada, unos anteojos para ponernos y a través de los cuales leer de nuevo nuestra historia, tal vez la de las mujeres que escribieron aunque ciegas o cegadas y las de las lectoras a las que nos impusieron una lectura ciega. María Josefa expresó desde muy pequeña su creatividad literaria, y fue la enfermedad que le quitó la visión la que la condenó a la asistencia de Augusto, quien sin el consentimiento de su hermana le muestra el poema «La ciega» a un amigo y entre los dos logran publicarlo en el diario Eco de la Opinión en 1850.

 

«La ciega»

Todo es noche, noche oscura,

Ya no veo la hermosura

De la luna refulgente,

Del astro resplandeciente

Sólo siento su calor.

    No hay nubes que el cielo dora,

Ya no hay alba, no hay aurora

De blanco y rojo color.

Ya no es bello el firmamento;

Ya no tienen lucimiento

Las estrellas en el cielo;

Todo cubre un negro velo,

Ni el día tiene esplendor.

    No hay matices, no hay colores,

Ya no hay plantas, ya no hay flores,

Ni el campo tiene verdor.

Ya no gozo la belleza,

Que ofrece naturaleza,

La que al mundo adorna y viste;

Todo es noche, noche triste

De confusión y pavor.

    Doquier miro, no quiero piso

Nada encuentro y no diviso

Más que lobreguez y horror.

Pobre ciega, desgraciada,

Flor en su abril marchitada

¿Qué soy yo sobre la tierra?

Arca de tristeza encierra

Su más tremendo amargor;

    Y mi corazón enjuto,

Cubierto de negro luto,

Es el trono del dolor.

En mitad de su carrera

Y cuando más luciente era

De mi vida el astro hermoso,

En eclipse tenebroso

Por siempre se oscureció.

    De mi juventud lozana

La primavera temprana

En invierno se trocó.

Mil placeres halagüeños,

Bellos días y risueños

El porvenir me pintaba,

Y seductor me mostraba

Por un prima encantador.

    Las ilusiones volaron

Y en mi alma sólo quedaron

La amargura y el dolor.

Cual cautivo desgraciado

Que se mira condenado

En su juventud florida

A pasar toda su vida

En una horrenda prisión;

    Tal me veo, de igual suerte,

Sólo espero que la muerte

De mí tendrá compasión.

Agotada mi esperanza

Ya ningún remedio alcanza

Ni una sombra de delicia

A mi existencia acaricia;

Mis goces son el sufrir:

    Y en medio de esta desdicha,

Sólo me queda una dicha

Y es la dicha de morir.

 

Del mismo modo que Homero, el mito fundante se hace de pequeñas historias que sostienen la ficción biográfica. El padre de María murió poco tiempo antes de que la ceguera se instalara en la joven. En Chuquisaca se decía que se había quedado ciega de tanto llorar a su padre muerto, un dolor como metáfora física y real. Sus biógrafos insisten en su vida retraída, alejada de cualquier relación social. A los 38 años empezó a hacerse conocida y aún así muchos dudaban de su existencia ya que se la veía poco fuera de su casa. Sin embargo, escribió sobre el amor de una manera que ninguno de sus contemporáneos, muy dedicados a la política, pudo lograr: con identificación por el sentimiento sin estar poseída por él.  Comparte con el amor la justificación del que no ve: no poder juzgar lo que se ama, no conocer los tonos de lo amado, al menos con los ojos. «Jamás canté tus triunfos, niño ciego» le escribió en el poema «Al amor». Le discute como a un amigo, como a un niño con el que juega:

 

Ídolo falso que el mortal adora

Y que insensato te erigió un altar,

Por quien el hombre su miseria llora,

De quien recibe solo un gran pesar.

Jamás cante tus triunfos, niño ciego;

No herirme pudo tu terrible arpón;

De tus saetas, de tu ardiente fuego,

Conservo ileso y libre el corazón.

Nunca manche las cuerdas de mi lira

Regando en ellas llanto de dolor

De engaños mil que tu deidad respira,

Con que penas sin fin causas traidor.

Mi puro labio de tu copa impía

Jamás gusto la emponzoñada miel,

Que al brindar viertes con sagaz falsía

Muerte, veneno y amargura y hiel.

Nunca mi oído se inclinó a tu acento;

Siempre tu halago lo creí falaz.

Mi alma inocente no perdió un momento

Su dulce calma, su tranquila paz.

Nunca cantar, tirano, tu victoria

Ni tributarte vil adoración

Es mi laurel, mi orgullo, dicha y gloria

Y el más grato placer del corazón.

Si mi mejilla en llanto se humedece

Y si en el corazón hay amargor,

Si en el la angustia, la dolencia crece,

No es del acíbar de tu copa, amor.

No te conozco, y de esto me glorío!

Tu nombre odioso escucho con horror,

Y, al ver que causas males mil, impío,

Te dice el labio: ¡Maldición, amor!

Se que interés te vence, abate, humilla;

Se que los celos te dan gran temor;

Se que el mortal te inclina la rodilla.

Yo te desprecio y te maldigo, amor!

 

Augusto, ese cómplice lector que transcribió sus poemas insistió para que fuera ella quién escribiera el poema para homenajear a Simón Bolívar en sus exequias. María Josefa Mujía murió en 1888. Tenía 76 años. Si hoy esta nota o el encuentro con sus poemas te inspirara la aventura de ir hasta Bolivia y rendir un homenaje en el cementerio, sabé que sus restos desaparecieron. Su cuerpo fue sorprendentemente robado o sacado de su tumba, como si para cumplir el rito homérico ella misma se hiciera sólo de este relato que la nombra: «¿Qué soy yo sobre la tierra?» se preguntó tal vez en el momento que muerta o viva se iba de su propio mausoleo.  

Dejamos como prueba de su existencia, de su mirada, de su literatura, el poema a Bolívar.

 

Aquí reposa el ínclito guerrero:

Bolivia triste y huérfana en el mundo,

Llora a su padre con dolor profundo,

Libertador de un hemisferio entero.

Al resplandor de su invencible acero,

Cayó el león de Iberia moribundo;

Nació la libertad, árbol fecundo,

Al eco de su voz temible y fiero.

De los soberbios Andes el coloso

Yace en la tumba, mas su ilustre nombre,

Grande cual ellos inmortal, glorioso.

Honra a la historia y enaltece al hombre

¡Bolívar! Genio de eternal memoria,

Nombre que dice: ¡Libertad y gloria!

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