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Intimidad y espectáculo según Paula Sibilia

Goce: la visibilidad resplandeciente del pequeño «yo»

Facebook, Instagram, blogs, reality shows, redes sociales que acaparan y se imponen en nuestro hacer cotidiano. La construcción de la subjetividad en la era contemporánea muta veloz y radicalmente; nuestro yo se exhibe, necesita parecer, desarrollar una ficción que lo convierta en singular. Santiago Cardozo reseña La intimidad como espectáculo, de la investigadora argentina Paula Sibilia. 

Goce: la visibilidad resplandeciente del pequeño «yo»

El aburrimiento es el pájaro del sueño que incuba el huevo de la experiencia”.

                Walter Benjamin, El narrador

 

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?

Cuando la mentira es la verdad.

            Divididos

 

1.

La intimidad es una noción moderna. Las relaciones entre lo público y lo privado, ciertamente complejas. Con al advenimiento de Internet y de las redes sociales, las cosas se vuelven aun más complicadas. Lo cierto es que el yo parece un histérico galopante que solo puede alimentarse de su propia exhibición superficial, de la necesidad de la mirada igualmente superficial del otro, una complicidad sin relieve que llega al paroxismo del self capitalista. El espejo ya no devuelve la mirada problemática que activa reflexiones existenciales sobre quiénes somos, cómo llegamos a los diferentes momentos de nuestras vidas, qué hemos reprimido para poder seguir adelante o para tolerar el mundo. La luz de la pornografía alcanza los recodos más alejados de nuestras vidas, de nuestras almas; no hay más espacios para las sombras, las penumbras o, sencillamente, para la oscuridad. Somos una filigrana.

La relación es inversamente proporcional: cuanto mayor la producción imaginaria de nuestro yo en la forma concreta de las imágenes que lanzamos al mundo en «escenarios sin drama» como Facebook o Instagram, menor espesor como sujetos. Personajes de nuestros propios guiones mediáticos, perdemos toda la sustancia dramática de la experiencia, que ya no se ofrece sino en fragmentadas y sucesivas dosis de exposiciones vitales insignificantes de alguien que se muestra recién levantado, con los ojos apenas despiertos; de otro que graba un videíto tirándose a una piscina y escribe al pie «El sabor del verano», o de una tercera que, de viaje, en un sugerente bikini, se yuxtapone a los aborígenes de la tierra visitada y proclama la intensidad de la vivencia que supone haber conocido a ese otro completamente ajeno.

 

2.

En La intimidad como espectáculo (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, reeditado en 2017), Paula Sibilia sintetiza su tesis sobre la escritura de la intimidad en una bellísima expresión que Virginia Woolf escribiera en sus Diarios: «recoge tu sedimento». Pero ¿de qué sedimento se trata?, ¿qué es lo que se ha sedimentado?

La metáfora woolfiana es contundente: pone sobre la mesa precisamente lo que la escritura de los diarios íntimos, antecedente ilustre de lo que ocurre en la escritura en las redes sociales, según argumenta extensamente Sibilia, trabaja: eso que, con el paso del tiempo, se ha ido sedimentando como un yo, bajo un conjunto de fuerzas que han presionado y erosionado la experiencia vivida en recuerdos, sensaciones, dejos, marcas concretas en el cuerpo, etc. Sin embargo, la propia idea de sedimento como estabilidad es la que entra en crisis en la escritura de los diarios íntimos, porque el yo que se escribe a sí mismo sabe que lo mueve a la escritura una incomprensión irreductible: la incomprensión de sí y del mundo, la sedimentación de angustias, represiones, traumas, vacíos, dudas, deseos que no ha podido coagular y que lo alejan irremediablemente de la estabilidad presupuesta en la figura del yo

 

3.

La hipótesis que desarrolla Sibilia sigue los pasos de Benjamin: la muerte de la narración, puesto que la banalidad de la experiencia termina por derribar a la propia experiencia, introduciendo claridad en todos los rincones opacos de la vida y haciendo de esta, en consecuencia, el espectáculo superficial de su ocurrencia, de una exhibición crónica, cuasi-patológica, que prescinde del yo dividido, «traumatizado» por la represión que lo constituye, a partir de que narrador y personaje se superponen sin restos, sin fallas.

En el ámbito burgués de la familia y del cuarto propio (el silencio, la soledad, el verdadero ser, el auténtico pathos), intimidad y escritura encuentran en el diario íntimo el lugar que las acoge, formato moderno que supo ser cultivado por doquier, devenido pura mostración en y por sí misma, negocio: marketing, nichos de mercado, publicidad, algoritmos que definen perfiles de consumo. «Pero no se trata de meras “evoluciones” o adaptaciones prácticas a los medios tecnológicos que aparecieron en los últimos años», por lo que «En todos los casos, no obstante, esa subjetividad deberá estabilizarse como un personaje de los medios masivos audiovisuales: deberá cuidar y cultivar su imagen mediante una batería de habilidades y recursos. Ese personaje tiende a actuar como si estuviera siempre frente a una cámara, dispuesto a exhibirse en cualquier pantalla, aunque sea en los escenarios más banales de la vida real». Entonces, ya nada hay para narrar, nada queda de memorable, como se quejaba Benjamin en El narrador. Y por esto, por la superficialidad de la experiencia, que es una negación de la propia experiencia, la exhibición espectacular de las vidas privadas en las redes sociales (y no solo en ellas) no es más que el griterío constante de un yo que se desvanece a pasos agigantados, que se borra en su propia mostración y al que este borramiento le importa un comino.  

La profundidad abisal con la que solemos caracterizar el espesor de nuestro yo es algo literalmente inconmensurable: «Eso que inexplicablemente nos constituye está hecho de la materia de los sueños, es volátil, fluido, espectral. Sus contornos apenas pueden intuirse ocasionalmente, como el destello que súbitamente reluce y enseguida se apaga, entrevisto de manera oblicua, nublada, confusa, ya sea por casualidad o tras un arduo trabajo de introspección». Pero en el nuevo espectáculo de la intimidad, esa profundidad cede su lugar a la planitud de ocurrencias vitales efímeras que duran lo que canta un gallo. El valor que se busca es la visibilidad absoluta, que supone falta de relieves, de rugosidades: hemos pasado del ser al tener y, ahora, del tener al parecer. Visibilidad y celebridad son los nombres de la lógica que domina el espectáculo de la intimidad. Y en esta lógica, la temporalidad del pretérito pierde ante la exhibición del ahora: junto a parecer, entonces, debemos añadir actualizar.

Actualización constante del presente, que lo transforma en un ahora radical: esta es la ecuación básica de funcionamiento: «Se desea la eterna permanencia de lo que es, una equivalencia casi total del futuro con el presente, cuadro sólo perturbado por el feliz perfeccionamiento de la técnica. Como consecuencia, el presente se volvería omnipresente, promoviendo la sensación de que vivimos en una especie de presente inflado», explica Sibilia. Finalmente, la cuestión se esclarece: la falta de experiencia –o su muerte– ha conducido a la demanda de veracidad, como si se tratara de la constatación de que estamos vivos: «Cuando más se ficcionaliza y estetiza la vida cotidiana con recursos mediáticos, más ávidamente se busca una experiencia auténtica, verdadera, que no sea una puesta en escena. Se busca lo realmente real. O, por lo menos, algo que así lo parezca. Una de las manifestaciones de esa “sed de veracidad” en la cultura contemporánea es el ansia por consumir chispazos de intimidad ajena». Pero esa autenticidad, paradójicamente propuesta al margen de una puesta en escena (donde se pierde todo drama), parece estar afuera del propio lenguaje, es decir, de la narrativa que nos constituye o que nos permite constituirnos como personajes de la vida; esa autenticidad, en suma, parece estar afuera del tiempo, en ese ahora radical en el que, tristemente, ya hemos muerto.

Y entonces, el final, no menos paradójico, no menos trágico, se yergue desconsolador: la hipertrofia de la visibilidad, del régimen de la exposición constante y de la consecuente construcción superficial del yo (un yo radicalmente dérmico), es directamente proporcional a los montos de soledad que somos incapaces de tolerar: así, el confinamiento a la soledad que otrora permitiera desarrollar cierta introspección, leer y escribir en la tranquilidad del dominio íntimo, ha mutado: intolerable, la soledad se vive como una carga con la que ya no sabemos lidiar. El imperativo es el de la construcción de un personaje capaz de cambiar cuando las circunstancias lo requieran, evitando ser atrapados por la ansiedad de la búsqueda de la singularidad («el personaje nunca está solo», sentencia, lacónica, Sibilia). Por ello, la permanente exhibición produce el imaginario de una compañía tan ficticia como encarnada, somatizada. Sin espesor, relieve ni dobleces, el personaje de la intimidad espectacular está condenado a la muerte efímera de la fama. Y, paradoja suprema, está igualmente condenado a la muerte en el anonimato.

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