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La filosofía de Giorgio Agamben

El ser en el lenguaje y el lenguaje en el ser, o la inescrutable mudez de las cosas

No existe ninguna comunidad de seres humanos que haya renunciado al lenguaje: el lenguaje con el que decimos produce la realidad y activa los mecanismos para el funcionamiento del mundo. Santiago Cardozo analiza las relaciones entre el ser y el lenguaje a partir de los ensayos recogidos en ¿Qué es la filosofía? de Giorgio Agamben.

«Torre de Babel», Lucas van Valckenborch

El sistema del lenguaje, cualquiera sea el punto en que lo tomen, jamás culmina en un índice directamente dirigido hacia un punto de la realidad, la realidad toda está cubierta por el conjunto de la red del lenguaje.

    Jacques Lacan, Seminario 3. Las psicosis

1.

Cierta vez caminaba por la rambla de Montevideo, cuando, a mi lado, se detuvieron una madre y su hijo. Mirando hacia el Río de la Plata, la madre le explicó al niño: «eso que ves ahí es el límite entre Uruguay y Argentina». Dejando de lado la imprecisión de ver en el Río de la Plata todo el límite entre ambos países, de inmediato podemos preguntarnos: ¿pero esa cosa es un límite? o ¿esa cosa separa y relaciona a Uruguay y Argentina? La respuesta que daría Giorgio Agamben es que la noción de límite no está en las cosas en cuanto tales, en las cosas en sí mismas, puesto que estas, sencillamente, son, existen en su más radical mudez. Por lo tanto, pensar en términos de límite o de separación o de relación supone ya disponer de un término que nos permita pensar la realidad, vale decir, que nos permita, antes que verla, entenderla. Así, el lenguaje con el que decimos límite produce la realidad que aparentemente está describiendo y pone a funcionar el mundo con relación a esa producción significante. Pero el asunto es más que un pelín más complejo: esa cosa vista como una cosa, en su radical mudez, solo puede ser pensada porque ya estamos en un mundo hecho de lenguaje, de modo que podemos intuir la «cosidad» de los objetos, digamos, de eso que nombramos con el lenguaje, porque las palabras nos permiten, y nos obligan a, diría, pensar en eso.

 

2.

Ante la pregunta, entonces, ¿qué es la filosofía?, Agamben no ofrece una respuesta directa y ni siquiera más o menos oblicua, lateral, sino que la practica: la vemos en el despliegue reflexivo que cautiva por el estilo discursivo y por el rigor conceptual, conjunción que, lejos de repeler al lector no especializado, lo captura; la vemos también en un aspecto central que, en Agamben, es constitutivo de su pensamiento: el lugar que la asigna a la reflexión sobre el lenguaje. En esta línea, parece decir Agamben, toda filosofía necesariamente es filosofía del lenguaje, pues el filósofo es aquel que trabaja con los sentidos, con los equívocos, aquel que forja conceptos tratando con las palabras, con su materialidad, sus resistencias y reticencias, con sus tradiciones y sus engaños, con sus equivalencias y sus traducciones. De esto que Agamben sea un excelso filólogo, cuyas investigaciones siempre recurren a esta disciplina de los laberintos del significado y de las formas de los signos lingüísticos. 

En el primer (y central) ensayo de ¿Qué es la filosofía? (Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2017), «Experimentum vocis», Agamben empuja las cosas más allá de los límites del propio lenguaje, para toparse con el lenguaje como límite, como barrera infranqueable. Esto es lo que el filósofo italiano llama «estructura presupositiva» del lenguaje, vale decir, el que el lenguaje, para poder funcionar, debe plantearse un exterior, un «más allá», concebido como no lingüístico, como hecho de objetos, acontecimientos, entidades abstractas, etc., pero un exterior al que no podemos acceder sin mediación lingüística alguna: siempre ya ese «otro lado» del lenguaje es algo que «vemos» porque, ante todo, lo entendemos, esto es, lo decimos:

Este es el mitologema originario y, a su vez, la aporía con la que tropieza el sujeto hablante: el lenguaje presupone algo no lingüístico, pero esta no-relación se presupone dándole un nombre. El árbol presupuesto al nombre ‘árbol’ no puede expresarse en el lenguaje, sólo se puede hablar de él desde que tiene un nombre.

Y enseguida añade:

Cuando el pensamiento intenta aferrar lo incomprensible y lo indecible, en realidad está tratando de aferrar la estructura presupositiva del lenguaje, su intencionalidad, su estar en relación con algo que se supone existente fuera de la relación.

 

3.

En el segundo ensayo relevante del libro, «Sobre lo decible y la idea», cabe la siguiente pregunta: ¿qué hay del «otro lado» del lenguaje? La respuesta es, según Agamben, una realidad hecha de lenguaje, o sea, en cierto sentido (y repárese en que hablo de sentido), nada, porque nunca podemos acceder a ese otro lado desde el momento mismo (mitológico) en el que entramos al lenguaje (pero el asunto es, se sabe, que siempre ya estamos en el lenguaje). En todo caso, el otro lado, el afuera del lenguaje, solo es intuible: sería algo así como un lugar de ruido, en el que no hay ni objetos ni no-objetos, ni mundo ni no-mundo, para decirlo a la Sandino Núñez. Por ello, sostiene Agamben, «El problema que la filosofía siempre debe volver a afrontar no es lo indecible, sino lo decible. Lo indecible, de hecho, no es más que una presuposición del lenguaje. Desde el momento en que hay lenguaje, la cosa nombrada se presupone como lo no-lingüístico o lo irrelacionado con lo que el lenguaje estableció una relación. Este poder presupositivo es tan fuerte que nosotros imaginamos lo no-lingüístico como algo indecible, no-relacionado y de algún modo tratamos de aferrarlo, sin percatarnos de que con ello no hacemos más que intentar aferrar la sombra del lenguaje».

Dos afirmaciones de Agamben resultan fundamentales en el juego de la reflexión respecto del pensamiento de Platón, Aristóteles y los estoicos sobre el lenguaje, a los que se les suma el lingüista francés Émile Benveniste, figura siempre presente en los textos del filósofo italiano: (1) «El lenguaje es ontológicamente débil; ello significa que si no desapareciera en la cosa que nombra, en lugar de designarla y develarla, obstaculizaría su comprensión» y (2) «Y así como el ser y la lengua quedan presupuestos en su desarrollo histórico, así también la presuposición determina el modo en que Occidente pensó la política».

La primera observación tiene que ver con el hecho de que, cuando empleamos las palabras, estas parecen funcionar según un movimiento que va del lenguaje a la realidad (algo así como un etiquetamiento), en un jugo de designación que le da la preminencia a los objetos designados (lo que el lingüista ginebrino Ferdinand de Saussure, el fundador de la lingüística, criticaba como una perspectiva nomenclaturista). De este modo, la creación de la realidad por parte del lenguaje (el lenguaje crea eso que llamamos realidad) queda subsumida en la denotación más trivial de las cosas que componen el mundo (real o ficticio): se pierde de vista que el lenguaje no indica, como si fuera un dedo índice, los objetos que componen el mundo, sino que los hace aparecer como objetos. La segunda observación, por su parte, introduce un problema crucial ya tratado por Aristóteles: que el lenguaje y el hombre se determinan recíprocamente y que el resultado de esta determinación da lugar a la política, puesto que es gracias al lenguaje que el hombre puede distinguir lo justo de lo injusto, lo conveniente de lo inconveniente para la vida en común, definición misma de la actividad política. Así pues, la racionalidad de la política se funda en la existencia del lenguaje, coextensivo con lo humano. De esto el notable oxímoron de Aristóteles para describir al humano: zoon politikón.

 

4.

Así, en ¿Qué es la filosofía?, Agamben se adentra, como lo hace en muchos otros lugares (Teología y lenguaje, El sacramento del lenguaje, La potencia del pensamiento, Infancia e historia), en la inherente opacidad de la relación entre el ser y el lenguaje, a partir de un conjunto de autores clásicos en la materia, a los que lee con singular mirada. Y en este su dominio de la reflexión filosófica, es recurrente su dar vueltas y vueltas alrededor del concepto de la cosa en sí, a partir del cual se articulan lenguaje y realidad. Añádase como cuestión central la interrogación acerca de la naturaleza misma del hablar como actividad concreta y como acto en potencia, respecto de la cual se define el lugar del hombre en los hechos de la vida:

Nosotros hablamos siempre desde el lenguaje y a través del lenguaje y hablando de este o aquel argumento, predicando algo de algo, siempre olvidamos el simple hecho de que estamos hablando. Sin embargo, en el instante de la enunciación el lenguaje no se refiere a ninguna realidad lexical ni al texto del enunciado, sino únicamente al propio tener lugar.

Una obra de ineludible y necesaria lectura, de una hondura y una fineza cautivantes; una obra excepcional y fundamental, en todos los sentidos de las palabras, para el contexto nacional en el que el lenguaje ocupa el lugar de un mero instrumento de comunicación.    

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