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mochila al hombro

A ritmo de champeta en la costa Caribe

Inauguramos una nueva sección viajera en el portal, y nuestra mochilera oficial, Tania de Tomas, nos cuenta de Colombia y de cómo bailó champeta después de recorrer un mercado de libros, descansar en la playa y tomar Costeñitas.
A ritmo de champeta en la costa Caribe

Es mayo. Cartagena exuda calor y turistas, como casi siempre. Me levanto temprano, la noche repleta de yanquis hambrientos de fiesta me aturde un poco así que intento evitarla.

Desayuno y voy hasta una feria en la que aseguraron iba a encontrar algunos libros que estaba buscando. Disculpen el cliché, pero necesitaba releer El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, andaba también en busca de algo de Rafael Pombo y me habían recomendado el libro Changó el gran putas, escrito por Manuel Zapata Olivella.

Camino por calles de adoquines que exhiben orgullosas fachadas de colores y balcones coloniales decorados con flores. Respiro el aire de la ciudad amurallada y me gozo con su despertar. Me hubiese gustado encontrarme en el camino al par de palenqueras que la tarde anterior paseaban con gracia con sus latones de frutas sobre la cabeza, pero solo alcanzo a ver a un veterano sentado en el cordón de la vereda. Paso al menos una hora mirando y oliendo libros (ya no me importa que sean nuevos o no) y entre charla y charla los libreros deslizan un buen plan de domingo.

Parece que ese día, a veinte minutos de donde estaba, había una fiesta local en la que la gente «saca todo a la calle y se pone a bailar». Taxi de por medio llego a la playa La Boquilla. Vacía. Nadie. Ahí no había fiesta, al menos no a esa hora. El taxi se había ido, el calor era cada vez más insoportable así que decido almorzar en uno de los bolichitos frente al mar.

Me siento en una de las sillas de plástico vacías y al instante un chico se acerca para contarme un menú que para mí resulta prohibitivo. Le digo que no tengo ese dinero. Me da una pereza enorme regatear y más cuando estoy sentada en una mesa, pero la verdad es que no había llevado suficiente efectivo. Arreglamos un precio que, aunque me sigue pareciendo elevado, puedo pagar y trae la prometida limonada de coco.

Leo, miro el mar, vuelvo a leer y me regocijo de estar ahí. De estar viajando sin demasiados planes hace más de cinco meses, de no saber qué voy a hacer mañana y de que sea mayo y yo esté en bikini tomando limonada en una playa de Cartagena.

El mozo se invita a la mesa. Habla mucho y lo hace con una voz extremadamente seductora. Lo escucho, la tonada costeña me fascina, hasta que me pierdo con el juego de mis pies sobre la arena. Cuando hace una pausa, le pregunto por «la fiesta», en definitiva, había llegado hasta ahí para eso. Sabe de lo que le hablo, dice que es más tarde y que la de hoy es en el corazón del barrio, no en la playa.

Al rato, no sé bien cómo, cinco lugareños me invitan a la fiesta mientras beben su tercera cerveza de la tarde. Quizá no sea seguro, pero va a ser divertido. Levante la mano la turista inconsciente con ganas de vivir una movida local.

Van rápido. Se mueven como peces en el agua. Derecha, tres cuadras, izquierda. Me da vértigo. A los costados hay muchos lugares para comer y la mayoría están llenos. Seguimos y ellos siguen saludando, evidencian, por si no me había dado cuenta, su pertenencia al barrio. Hará diez minutos que estamos andando pero creo que es una eternidad. Ya no sé dónde estoy.

Ellos van delante mientras yo intento seguirles el paso. Las miradas caen directamente sobre mí. Es evidente que no vivo ahí, que es la primera vez que los visito. Nos detenemos en una esquina. Se quedan parados y compran cervezas para todos (me incluyen). Los parlantes están en la calle y la música está a tope. Pregunto qué estamos escuchando, qué estilo de música es. «Champeta», contestan. Suena como una cumbia colombiana mezclada con reguetón. Más tarde leo que se trata de un fenómeno musical y cultural que tiene sus orígenes en zonas afrodescendientes de los barrios pobres colombianos cercanos a Cartagena de Indias.

Están quienes piensan que es un ritmo que incita a la violencia incluso las autoridades han querido restringir y hasta prohibir lo que se conoce como bailes con picó que, según explican en el documental El Picó, vendrían a ser las discotecas de la clase popular en donde, principalmente, se escucha champeta.

Menean, mueven los brazos y los pies con un swing que parece difícil de imitar. Bailan en pareja, sus cuerpos se deslizan al rozarse. Sudan. Aún hace mucho calor. Están empapados y descalzos. Toman Costeñita (una cerveza pequeña, típica de la zona) como si fuese agua. Quiebran la cintura, y la calle de tierra, en la que hay puestos ambulantes que venden pinchos de alguna carne, se convierte en una gran pista de baile. El ritmo les corre a todos por la sangre. También bailo, necesito el movimiento. El barrio hierve. Hervimos todos.

Los nuevos amigos me protegen de cualquiera que ose venir a hablarme o sacarme a bailar. «Está con nosotros», repiten mientras sonríen. Dos por tres me observan, parece que quieren asegurarse de que la estoy pasando bien. Me siento cuidada pero comienza a caer el sol y creo que es una buena idea irme; es mejor quedarme con ganas de más que volverme sola, a media noche y con varias Costeñitas arriba.

Me acompañan a tomar el colectivo (una especie de taxi pero compartido con otras personas), antes de que la oscuridad de la noche invada. Me dicen que soy bienvenida siempre que quiera, les doy un abrazo, subo al coche y veo cómo sus siluetas se pierden entre la polvareda.


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