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El legado de Nick Drake

Príncipe solitario

Cantautor, músico e incluso poeta maldito, a Nick Drake le llegó tarde el reconocimiento. Sin embargo hoy, su breve carrera musical sigue recibiendo elogios y su fantasma planea en los límites del mito. Federico Medina nos invita a profundizar en su historia a través de Nick Drake. Recuerdos de un instante (Malpaso, 2017) un compendio de cartas, diarios, letras y testimonios de amigos y familiares del artista.

Príncipe solitario

Ni bien supe de la aparición de este libro me ilusioné con la posibilidad de encontrarme con algo realmente valioso. No era una ilusión nueva, sino la reedición de la misma que se me aparece cada vez que recibo noticias sobre el misterioso compositor inglés y principal protagonista de Nick Drake. Recuerdos de un instante.

Una tarde noche, un poco antes de las ocho, me hice con un ejemplar y, ni bien llegué a casa, comencé a confirmar, en una lenta ojeada de estreno, que tenía en mis manos un libro importante.

Nacido en Birmania un 19 de junio de 1948, Nick Drake alcanzó la fama mundial como cantante folk, casi veinte años después de su muerte por sobredosis de antidepresivos (25 de noviembre de 1974). Su discografía está compuesta por tres discos oficiales editados por Island Records: Five Leaves Left (1969), Bryter Layter (1970) y Pink Moon (1972), y una decena de recopilaciones, con rarezas, covers y grabaciones perdidas.

En las casi quinientas páginas —envueltas en unas tapas que en su interior emulan la tela de una frazada con la que alguna vez fue retratado el artista— el lector podrá encontrar una cantidad muy considerable de ensayos periodísticos, fotografías, cartas, manuscritos, recortes de prensa y material del archivo familiar, seleccionado y editado por Gabrielle Drake, su hermana mayor, y Cally Callomon, uno de los principales responsables del cuidado —y la difusión— de la obra de este cantautor. 

Son dos las preguntas que atraviesan y le dan sentido a esta ambiciosa aventura editorial y a cada uno de los relatos de amigos, familiares, colegas, y periodistas elegidos. La primera refiere a las razones de la muerte temprana del artista, acompañada de una juventud de retraimiento severo y profundo dolor anímico que lo llevó en sus últimos años a recluirse en el cuarto de la casa de sus padres. La segunda, al misterio de su música, por su particular belleza, su poder hipnótico y por la extraña ejecución de voz y guitarra, cercana a la perfección, con la que Nick logró asombrar y sorprender desde la primera vez que se animó a mostrar su material a otros.

Con ambas interrogantes y el afán por encontrar sus respuestas, el lector puede recorrer la vida de Nick, desde el mismo día de su nacimiento y hasta su última noche, y puede que incluso logre acercarse, o al menos contemplar, a esta rara avis en momentos de su vida cotidiana: sufriendo, entusiasmado, dolido o en silencio. Puede, por ejemplo, leer la correspondencia entre el pequeño Nick y sus padres (Rodney y Molly), que se inicia tempranamente cuando este ingresa a los ochos años en un internado, y se convierte en profusa y sostenida también en su adolescencia.

Su hermana Gabrielle seleccionó y editó buena parte de este material. Dice Nick, un 10 de noviembre de 1963 desde CI House, Marlborough:

Queridos mamá y papá: [...] Ayer por la tarde fui a ver una película que pasaban en la Jazz Society. Era un concierto de la orquesta de Duke Ellington. Me pareció fabuloso. He oído decir que tiene la mejor sección de saxos del mundo, y desde luego en la película queda más demostrado [...] Tengo que dejarlos. Besos de mi parte para Naw [su niñera]. Si pensaban traer alguna tarta el próximo fin de semana, una de frutas sería estupendo [...] Tengo ganas de verlos.

El libro también incluye un diario escrito por su padre Rodney, que en los últimos años de la vida de Nick y con el fin de ayudar en el tratamiento psiquiátrico de su hijo, tomó nota de su rutina y describió al detalle los cambios en su estado de ánimo. También relató sus sentimientos más genuinos de padre-hijo, las rabietas de las que era víctima la madre, Molly, o las repentinas escapadas sin aviso, interpretadas a veces como preocupantes, a veces como esperanzadoras.

Por raro que parezca, no hay nada de monótono en la vida breve de Nick. A través de su propia palabra, la de sus padres y la de sus amigos, quedaron registradas una buena cantidad de peripecias, concentradas en la segunda mitad de los sesenta y primera de los setenta: su etapa más hippie y experimental en la efervescente Universidad Cambridge, su encuentro con los Rolling Stones en Marruecos, las grabaciones de sus discos en el célebre estudio Sound Techniques, junto a tres personajes claves en su carrera (Robert Kirby, arreglista; John Wood, ingeniero de sonido y Joe Boyd, productor), y sus días más luminosos en Aix-en-Provence, donde dicen sus más allegados que terminó de definir su personalidad artística.

Entre el montón de fotografías puede verse la de su humilde cuarto en Tanworth-in-Arden, pero quizás la mejor de todas sea la que aportó el poeta danés Gorm Henrik Rasmussen, a través de una hermosa narración de su encuentro con los padres del músico. Gorm, con magistral sentido cinematográfico, nos mete en la peculiar dinámica familiar de los Drake: de visita por su hogar en 1979 conocemos mejor a Rodney, el ingeniero; a Molly, ama de casa, cantante y compositora como su hijo; y especialmente, logramos entrar en el mítico jardín, quizás el protagonista omnipresente de esta historia. El lugar donde Nick lograba sentirse más a gusto y conectado durante su niñez.

Hacia el final del libro se puede encontrar buena parte de las letras de sus canciones, traducidas al español, más un extensa ficha técnica de su discografía.

En casi todos los relatos de quienes colaboraron para concretar esta compilación, además de contar lo más mundano de sus encuentros con el músico, hay al menos una intención de explicar exactamente qué provocaba Nick con sus canciones y cómo lograba poner en práctica su magia. El del periodista Pete Paphides es uno de los mejores:

En la música de Nick la sensación de flotar, de estar despegado de tierra firme, es fundamental. Está presente en muchas de sus canciones («Hazey Jane I», «Free Ride», «Fly», «Which Will», «Pink Moon», «Place to be», entre otras). Generalmente Nick lo logra de dos maneras: variando el énfasis del ritmo en diferentes partes del compás; y recurriendo a frases melódicas que no empiezan o terminan donde uno lo espera. Una y otra vez busca el modo de convertir el primer tiempo del compás —el ancla de toda música popular— en un interrogante lleno de ambigüedad.

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