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La improvisación en el remolino

Música extrema

Frente a las técnicas cada vez más sofisticadas de control y predictibilidad, sobrevive la improvisación como práctica creativa de libertad. Federico Medina reseña En el Maelström. Música, improvisación y el sueño de libertad antes de 1970, de David Toop (Caja Negra, 2018) y nos invita a sumergirnos en el remolino de lo imprevisto.

Fragmento de portada del libro «En el Maelström», de David Toop (Caja Negra, 2018)

Una noche de mayo de 1987 el saxofonista Lee Konitz lo intentó una vez más. «Por algún motivo me asusté», se animó a responderle al autor de este libro, el músico y profesor David Toop, en una de sus incontables madrugadas escaleras abajo hacia sótanos pequeños bañados en humo.

David Toop estuvo allí una y otra vez, o eso parece, y su presencia está lo suficientemente probada en cada página de En el Maelström. Música, improvisación y el sueño de libertad antes de 1970 (Caja Negra, 2018), en ocasiones especiales de los artistas más laureados de la música experimental, el jazz y las artes plásticas. Si bien no deja de ser sorprendente su presencia en cada uno de los acontecimientos narrados, poco importa, si de esa forma, Toop nos permite sentir la misma emoción de esos instantes de prueba y error.

Esta es la historia de la improvisación —esa es la mejor forma de resumirlo— condimentada con algunas teorías sobre su poder liberador. Si bien el autor aclara que la mayoría de los eventos catalogados y relatados para este libro suceden antes de 1968, se permitirá referencias más recientes, linkeando a sus más admirados, con Kraftwerk, o The Who, aunque siempre volverá a una noche o una mañana iniciática, lejana y misteriosa.

Esta es una colección de momentos de improvisación frustrante, individual o colectiva, que en su conjunto, termina por dar cuenta de una obsesión y de una misteriosa atracción provocada por un lugar, en teoría, desconocido.

El Maelström es un peligroso remolino nórdico del que existen cientos de leyendas populares, y cuentos de Edgar Allan Poe y Julio Verne. Aquí, le sirve al autor como perfecta analogía para describir el miedo y la incertidumbre de acercarse a la improvisación, pero también la adrenalina y la locura del artista que se anima a sumergirse en su caos.

Para sus definiciones iniciales Toop cita, por ejemplo, al filósofo francés Jacques Derrida, que en una entrevista de 1982 dice: «Todos los hombres están ya preprogramados. Son ya los nombres los que inhiben nuestra capacidad para poder alguna vez improvisar realmente. Uno no puede decir lo que se le antoja, uno está siempre más o menos obligado a reproducir el discurso estereotipado. Por eso creo en la improvisación y lucho por la improvisación. Pero siempre con la creencia de que es imposible».

El autor, aunque eximio investigador, acompaña esta fe y la define como «una dinámica potencialmente transformadora». Para sus testimonios probatorios, recortó de unas notas incrustadas en el sobre interno de un vinilo de The Spontaneous Music Ensemble, palabras de John Stevens sobre la música improvisada, quien la definió como «una oportunidad para el autodesarrollo. Es otra pequeña vida, en la que es más fácil desarrollar el arte de dar, un arte que te hace más feliz cuanto más lo practicas» o recuerda la vez que Miles Davis le preguntó a Wayne Shorter «¿No sientes ganas de tocar música que no suene a música?».

La narración, sin una sola casualidad, avanza desordenadamente y sin rumbo, pero de forma natural, y a medida que se suceden los encuentros ficticios y reales —hechos de fragmentos de entrevistas, recuerdos y apuntes bibliográficos— el remolino encuentra su propio ritmo y el lector, inclusive, podrá hacerse amigo de estos pobres hombres un poco perdidos, un poco entretenidos y siempre creyentes, que lo volverán a intentar hasta el hartazgo por los años de los años, en una tradición de apariencia absurda aunque igualmente cautivante.

Sus personajes y sus costumbres coinciden en unos rasgos muy peculiares, y sus hábitos pueden resultar insólitos, aunque el lector atento descubrirá un hilo común en el juego y el experimento. Si todavía no tiene el gusto, podrá conocer al médico Franz Anton Mesmer, un teórico del magnetismo animal, inspirador de la palabra mesmerismo, que durante el disco XVIII utilizó su armónica de cristal para hipnotizar a sus pacientes. O mi preferido, el compositor italiano Giacinto Scelsi, quien según un colega muy cercano acostumbraba tocar «un piano roñoso».

Al final de libro, generosamente, Toop nos regala unas valiosas páginas con la lista de discos que escuchó y disfrutó para este catálogo. Su recorrido entre el minucioso detalle histórico y bibliográfico, y la experiencia artística de la que fue más o menos testigo devienen en un relato entretenido y fluido, gracias a su notable capacidad para retratar cada ocasión trascendente como un día más, con sus olores mundanos y su humanidad, apoyando sus propios codos sobre las mesas de los bares, «comiendo las orejas» de sus colegas más célebres, sin vergüenza y sin vanidad, como uno más en la fila, dispuesto a arrojarse al remolino.

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