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En mi mayor

Lo menos importante: Memorias de Carrie Brownstein

Carrie Brownstein lideró una de las bandas rockeras con más actitud de Washignton y todo Estados Unidos de los noventa: Sleater-Kinney, pero también la conocemos por ser la cara de «Portlandia», la serie más hipster de toda la historia.
Foto: Parker Fitzgerald

Hay gente con la que, aún si no se conoce mucho su vida artística, uno nota que se está ante alguien brillante desde los primeros capítulos de sus autobiografías, justamente esas páginas que —al estar dedicadas a familias e infancias aburridoramente ajenas— uno suele leer con apuro para llegar lo antes posible a los años de gloria. Ese es el caso de Carrie Brownstein, una artista todoterreno evidentemente talentosa, que en su libro de memorias Hunger Makes Me A Modern Girl, se describe —sin intención expresa de presentarse como una prodigio— como una niña hipercreativa (y no menos activa), que ensaya toda clase de actividades expresivas (aún sin tener un gran impulso familiar o preparación técnica alguna) con la misma inquietud que la llevaría luego a formar la elogiada banda de rock Sleater-Kinney y a ser una de las creadoras y protagonistas de ese epítome de la comedia hipster que es Portlandia.

Portada del álbum The Hot Rock de Sleater-Kinney en 1999

Pero todo ese talento e ímpetu precoz de Brownstein llegó acompañado de un particular destiempo: crecida en el fermental ambiente cultural de la pequeña ciudad de Olympia (Washington), una comunidad cercana a Seattle y con una asombrosa escena musical de la que surgieron varias de las principales bandas del grunge y el movimiento de las riot grrrls, Brownstein —varios años menor que Kurt Cobain o Kathleen Hanna (por nombrar dos de sus principales influencias locales— comenzó su carrera musical justo en el momento en que esa escena dejaba de gozar de la atención mundial, coincidiendo incluso los primeros shows de Sleater-Kinney con la muerte de Cobain y la disolución de las principales bandas punk del noroeste estadounidense, que había gozado de una popularidad notable a principios de la década de los noventa. Esto ocasionó que Sleater-Kinney —una banda mucho más original y talentosa que la mayoría de los grupos que la habían precedido— llegara demasiado tarde como para gozar de una popularidad similar a la de Pearl Jam y sus contemporáneos, a pesar de la capacidad musical y carisma de sus integrantes, y de que la crítica la reconoció como una de las principales bandas de los años noventa, aunque por desgracia de la parte de esta década en la que el rock había dejado de ser importante.
Esta paradoja impregna las páginas de  Hunger Makes Me A Modern Girl, un libro en el que Brownstein no se queja de su suerte, pero en el que deja clara la frustración de saber que se tiene un proyecto especial, pero que llegó en el momento equivocado. Es la historia de una gran banda con resultados chicos, y que osciló durante diez años entre el éxito y el desconocimiento, hasta que se disolvieron no con una explosión, sino con un gemido, luego de editar The Woods (2005), un disco colosal, pero al que el mundo le fue más bien indiferente. Brownstein se reinventaría como comediante televisiva y su ingenio la convertiría en una suerte de ícono hipster (aunque está claro que es un personaje mucho más interesante que este superficial ámbito), pero ese éxito posterior no es parte de Hunger Makes Me A Modern Girl. La historia de este libro de memorias culmina con la separación de Sleater-Kinney en el 2006 por motivos que nunca llegan a quedar claros, y que consistirían, al parecer, en una mezcla de problemas físicos, estrés y expectativas comerciales no cumplidas, y ni siquiera llega a mencionar su encuentro con el comediante Fred Armisen, con quien desarrollaría más tarde Portlandia.

Sleater-Kinney en 2015 por Danny Clinch

El libro es entonces una paradójica crónica de frustraciones e inseguridades de una mujer en definitiva exitosa y que se caracteriza en vivo por exudar una gran confianza en sí misma, todo lo contrario de lo que parece en este texto de prosa vivaz y algo melancólica. Brownstein combina una introspección intimista y detallada de sus sentimientos y miedos, con una gran reticencia con relación a su vida afectiva y romántica, apenas tocando el tema de sus relaciones al mencionar —algo más bien inevitable— su noviazgo con la otra guitarrista/vocalista de Sleater-Kinney, Corin Tucker, durante los primeros años de la banda, y aun así con pocos detalles y mucho pudor. Esta reticencia también abarca el terreno ideológico, lo que suena un tanto extraño en una artista emblemática para muchos del feminismo de la tercera ola, un tema que Brownstein descarta bastante rápido al admitir desde un principio que se considera perteneciente a la primera generación de músicas de rock para las cuales el género no fue un obstáculo ni un distintivo. También lo político, una temática habitual en las letras del grupo, es tratado con distancia, como un componente de los textos y un interés artístico, pero con el que la compositora mantiene una distancia crítica.
Hunger Makes Me A Modern Girl  impresiona, entonces, como libro de memorias rockeras, como un relato tímido, un tanto falto de autoestima y muy reservado en relación a lo íntimo-objetivo. Brownstein dedica páginas a hablar sobre emociones y dudas existenciales en abstracto, pero trata con celeridad y distanciamiento temas como los problemas mentales de su madre, la tardía salida del closet de su padre o su propia bisexualidad, dando una visión un tanto más incompleta de lo que se podría esperar sobre un periplo vital y artístico que también parece lejos de haberse cerrado. Deja un poco de gusto a poco y, algo muy distintivo de ese hipsterismo generacional y superficial al que suele asociársela (posiblemente en forma injusta con relación a su auténtica capacidad artística) y muchas veces gira alrededor de la pose y no la esencia. Aunque esperábamos un poco más, lo hace con encanto, porque le sobra.


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