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ajuste de cuentas / canciones desnudas

Keith Richards y el Mayo francés

El pasado mayo se cumplieron cincuenta años del emblemático Mayo francés. Tabaré Couto nos habla de ese momento que lo ilusionó, como a miles alrededor del mundo, y lo desilusionó otro tanto, cuando todo aquello por lo que se peleaba parecía haber sido en vano. Como no podía ser de otra manera, la música está presente, sobre todo la de los Stones.

The Rolling Stones con Jean Luc Godard

Hace mucho tiempo pensábamos que el rocanrol podía cambiar el mundo. Y otros pensaron que la revolución del Mayo francés del sesenta y ocho también podría hacerlo. Nos equivocamos en todo. O en casi todo.

Personalmente, a pesar de su lejanía generacional, siempre me interesó el Mayo francés, hasta que un día dejó de llamarme la atención. Básicamente, me aburrió. Como a otros les aburrirán otras historias de revoluciones perdidas. Pero ahora que estamos de aniversario, con tantos libros interesantes sobre el tema, también reaparecen canciones que recuerdan esa época directa o indirectamente. Por ejemplo, Jacques Dutronc y su «Il Est Cinq Heures, París S’éveille» o «Sympathy for the Devil» de los Stones, que sirvió de apoyo musical para que Jean Luc Godard retratara esa época. O la onda expansiva de la influencia de Bob Dylan, los Beatles y el Verano del Amor; Raimon y «Al vent»; en España, Serrat y la prohibición de cantar «La La La» en catalán para Eurovisión; Viglietti y Los Olimareños por nuestro barrio… y tantos otros.

Sin embargo, en mi cerebro, la revuelta francesa se ubica sonoramente con «Street Fighting Man» de los Rolling Stones y con un Keith Richards en llamas. El tema tiene olor a Mayo Francés y a revuelta social y es, sin dudas, una de las canciones de los Stones más reconocidamente políticas en su concepción y en su ubicación temporal. En su estructura musical, es una canción que hoy rebosa electricidad, y que, a pesar de transmitir un shock de energía, curiosamente (¿irónicamente?) se construyó en su grabación original con instrumentos acústicos, muchos de ellos exóticos, salvo el aporte del bajo eléctrico que tocó el propio Richards. Esa sensación de distorsión que se escucha, por ejemplo, y, aunque parezca mentira, no es producto de un andamiaje de guitarras eléctricas, sino de la superposición de capas de grabaciones de guitarras acústicas y la sumatoria de los arreglos donde conviven, entre los colaboradores: Nick Hopkins al piano, Dave Mason de Traffic tocando una flauta shehnai y el sitar y el tambura a cargo de Brian Jones. Áspera, machacona, incordiante y con un Jagger subversivo y ondulante que se muestra, sin embargo, escéptico y desafiante: «Everywhere I hear the sound of marching / charging feet, boy / ’Cause summer’s here / and the time is right for fighting in the street / Oh, boy / But what can a poor boy do / Except to sing for a rock’n’roll band / ’Cause in sleepy London town/There’s just no place for a street fighting man/No».

Empecé escribiendo profesionalmente de música para tener discos gratis, lo confieso. Y para soñar con conocer a Keith Richards algún día. Me atrapó la impronta social y revolucionaria del rock y su derrota desde su concepción. Su contradicción vital. Como la del Mayo francés, aquella revolución (¿política y cultural?) surgida desde los estudiantes y que arrastró y sumó al movimiento obrero para terminar tras negociaciones, concesiones y logros, meses después, con el apabullante triunfo de De Gaulle, el más viejo y férreo exponente de la vieja guardia política, social y cultural de Francia. Igual que el rock. Luché contra la ley y la ley ganó.

«No hay lugar para un luchador callejero», cantaba Jagger. Los Stones tendrían su golpe contra la realidad brutal, su «dream is over», su triunfo de De Gaulle apabullante escenificado en el show de Altamont un año más tarde, y en la cuchillada a Meredith Hunter y su muerte. Era el asesinato del sueño hippie. Y Keith Richards, el mejor reflejo de aquellas contradicciones del rock, ese tipo que en lugar de arrugas hoy tiene tantas grietas en la cara como millones de dólares en su cuenta bancaria, ese abuelo con onda que interpreta al padre de Jack Sparrow o revive aún con placer a ese joven Keith fanático del blues americano, es el mismo hombre que desde hace más de treinta años tiene una inimaginable cantidad de obituarios prescritos listos esperando para ser publicados, y sigue rockeando.

Parafraseando a Jean-Pierre Le Goff, activista del Mayo del sesenta y ocho, que revisando los cincuenta años de la revuelta estudiantil habló acerca de la importancia de esta, destacando que «desafió el autoritarismo, el moralismo del siglo XIX, las jerarquías y las burocracias», Keith Richards, uno de mis más grandes ídolos del rock, parece ser hoy la viva imagen de un «conformista del anticonformismo». No sé bien a qué se refiere Le Geoff (mi intelecto rockero es limitado), pero me suena bien. Y Keith Richards, si alguna vez fue un luchador callejero —y lanzó riffs como adoquines—, hoy ya no lo es, ni lo puede (o debe) representar. Richards, como los estudiantes del Mayo Francés, tampoco cambió el mundo. No le exijamos tanto. Tan solo lo hizo un poco más divertido y tolerable. Y no es poco.


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